Esta mañana estaba disfrutando de un precioso vídeo sobre el yacimiento romano de Bañares en que lo último descubierto era un enorme lagar de varias docenas de metros cuadrados, que -tras mil quinientos años abandonado- aún era perceptible la perfecta geometría con que lo trazaron y los detalles funcionales; tanto, que sería reutilizable con solo limpiarlo. Imagen de portada.
Los arqueólogos que lo mostraban y el editor del vídeo, citaban una y otra vez lo maravilloso del “lagar romano”, mientras a mí me venía a la cabeza que el lagar en latín se decía “vinaria” y en las lenguas de los distintos países vinícolas cercanos, en francés, “vignoble”, en italiano, “vigneti”, en portugués “vinícola”, en rumano “teasc” y en gallego, “adega”, mientras los catalanes también usan “lagar”, como los castellanos, terminación muy parecida a la forma vasca actual, “dólar”, en ambas, haciendo referencia a su material, la piedra “har”.
El nombre vasco para esta “piedra-recipiente”, tiene una explicación muy clara, aunque olvidada para la gente de la calle; “doi” es la medida, la dosis, la cantidad precisa y “ar”, ya se ha dicho que es la piedra. Entre las curiosidades fonológicas, está que la “i” se convierta en “l”; así, “doi ar” (piedra de medir) ha hecho “dólar” y dólar es en caseríos y bodegas, en almacenes y alhóndigas la gran marmita o cubo de piedra en la que se vierte la uva a pisar para extraer cierta cantidad de mosto.
En nuestro caserío “Buturtxe” de Baquio, “la” dólar es redonda de una pieza y cabe un quintal y sigue “desubicada” pero paciente en el hueco de la escalera. El nombre de esa “pila” de piedra era muy familiar hasta hace unos sesenta años, pero ya apenas queda algún bar modesto y los diccionarios que lo recuerdan. Siguiente imagen.
Pero el País Vasco no es una excepción, en Verín, Orense, también se usaban piedras talladas y aún se vende este lagar original de la siguiente foto y en La Rioja, Andalucía y otros lugares, se han encontrado lagares al aire libre, anteriores al de Los Bañales, lo que quiere decir que el mosto se elaboraba a pie de viñas y ya en odres se llevaba a las bodegas.

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Tras una ligera búsqueda, resulta que en la zona alta valenciana de Requena hay varios lagares rupestres de más de 2.700 años, quinientos antes de que los romanos se interesaran por el vino hispánico y dejando claro que si había tales estructuras… debían de tener nombre y que, probablemente fuera como ahora, “lagar”.
Porque, veamos cómo razonan la Academia y sus secuaces para argumentar esta bella palabra: “…viene del sufijo “-ar”, relativo a… sobre la palabra lago y esta, del latín “lacus”, estanque, acumulación de agua…” Luego se deshacen en explicaciones sobre una raíz “indo-europea que hubo de existir -aunque no la encuentran-, que debió de ser *laku.
¡Nada de eso es cierto; ni el lagar tiene que ver con los lagos, ni el mosto es agua, ni entra agua y sale agua; los antiguos no eran tan necios!
“La” es la raíz, fonema y morfema vasco para la retención, de igual manera que “ga, ka” es la anulación de lo previo, de manera que “la ga” equivale a soltar, desprender.
Ya se ha dicho que “har” es la piedra genérica, así que “la ga har” es la piedra donde se suelta el mosto; el inicio del proceso vinícola del que aún sabemos muy poco, aparte de que eran muy sutiles tanto con el proceso completo, como con los nombres.
Señores divulgadores: Está bien ser agradecidos con la Academia, pero hay que serlo más con la verdad y a veces, cuesta muy poco buscarla.
