Hay voces que perduran conservando trazas de su historia y otras que siendo importantísimas para la sociedad durante milenios, se disipan y ni siquiera en códices o libros viejos quedan rastros de su olvido, así que los sabios de biblioteca tienen una ocasión de oro para verter sus disparates como el sastre que cosiendo a oscuras, monta derechos con reveses.
El bote de hoy en día no es (en lo material) el mismo de hace ochenta años: Hoy es un tarro de cristal con tapa de metal y entonces eta una lata de hierro estañado; sin embargo, su función es idéntica. Imagen de portada.
Pero antes de la “hoja de lata” y de los avances de Pasteur, también había botes de barro con su tapa de la misma cerámica o de madera, que se sellaban con cera, guardando membrillos y otros dulces para el invierno: Material distinto, función la misma.

Y mucho antes, el bote (como el botillo), fue de tripa o de buche… pero se nos ha olvidado, aunque dejó su nombre al pote que heredó su función.

La tripa, excelente para la conserva con sal y grasa, tuvo otras variantes con funciones tan interesantes que quizá algún día vuelvan impulsadas por tecnologías superiores… En una bolsa de piel curtida se ponía a veces leche, a veces agua, sal grasa y algunas hierbas y colgándola de cuatro puntos, se hundían sujetas con un palito piedras rusientes hasta que el caldo hervía a borbotones (hoy se llama “uperizar”, UHT de “upper rise” o “ultra high temperature” a una elevación instantánea de la temperatura de un líquido en un proceso industrial controladísimo). Imagen de cocción sin puchero.

Si es una pena que hayamos perdido esta memoria, no lo es menos que su etimología vaya dando bandazos y los sabios se salgan del guion como pueden, ora diciendo que hay varias acepciones de bote, todas diferentes, ora que (una) viene del inglés arcaico “boat” y este lo hace de una raíz “IE” que tuvo que existir y ser algo así como “bheid”, que significaría partir y eso es lo que hacían con los troncos para ahuecarlos y hacer un bote…
Errados en tiempo y materia, los sabios de gabinete no son nada si no tienen de donde copiar.
Los primeros botes ni fueron de ruda y pesada madera que hubiera que ahuecar “a fuego” ni fueron construcciones robustas para enfrentarse a olas y corrientes; fueron simplemente “botas”, jorobas cosidas de piel y selladas con betún que se inflaban con un canuto y aguantaban las acciones de mar o ríos… cediendo.
El proceso parece sencillo, pero implica tecnologías delicadas y una convicción sin fisuras: Primero se cruzaban las corrientes profundas asidos a las botas y luego, sobre varias botas se plantaba una parrilla de varas y se podía cruzar un río, lago o estuario sin mojarse, como han hecho los chinos hasta ayer mismo.

Luego se dejó de inflar y las “botæs” o jorobas (que así se llama un pellejo con forma volumétrica en euskera) ajustando y sellando las pieles a varas curvas, se hicieron pequeñas embarcaciones parecidas a los “coracle” que se usaban hasta hace un siglo en Irlanda… y siguieron llamándose bota y a veces bote, confundida la función con la esencia, cuando se hicieron de tablas superpuestas o “goleta” (del euskera “go”, superior, “ol” tabla, madera labrada y “eta” plural, conjunto de tablación superpuesta) y hay que decir a los sabios, que las ejecutadas hoyando un tronco, nunca fueron botes, sino barcas, también del euskera “bar”, interior y “ka”, extirpado, aunque la ignorancia no aprecia los detalles y tiende a confundirlo todo.

Figura, coracle de piel que fue usado hasta hace poco.
También errada la sentencia de que el botar y el bote de dar saltos vengan del germánico imaginado “botan”, golpear, sino de los graciosos saltos que daba una bota inflada cuando se zafaba de las manos del botero (nada más lejos de dolorosos golpes…). “Bote” es en el juego de pelota vasca cada vez que esta toca el suelo, bien sea al comienzo para sacar o tras dar en el frontón y bote se llamaba porque las primeras “pusikas” (infladas) o bochinchas (también de bote, boche o buche) con que jugaban los niños eran vejigas curadas e hinchadas que botaban y rebotaban con saltos irregulares.
Para quien dude, solo en las lenguas ibéricas tenemos -en todas- bote; en las cercanas entre aquí y la India, en bengalí, con bote se dice “si”, en bretón, belleza, en checo, zapato; en danés, sueco y noruego, curar, sanar, en francés, una caja, en italiano un barco, en latín botella…también surgida de la función del bote, primero para ungüentos y luego, mucho después para el vino.
Por fin, para explicar lo de darse el bote, quizás fuera interesante revivir aquella tarde de playa en que se levantó una galerna y arrebatando el viento repentino el gran balón de goma de colores a mi hermano, desapareció -entre sombreros de paja, toallas y arena que parecía metralla- en segundos y rodeados de sollozos lo perdimos para siempre. Se dio el bote.
Y puestos a rebuscar, el “bode” o carnero de la frase “Besote, bode, porque ha de ser odre”, tiene aspecto de haber dado nombre a los pellejos para el vino y a la “bode ega” o lugar adecuado para los bodes y a la botica que se guardaba en pequeñas bolsas o pellejos… en fin, trabajo para la Inteligencia Artificial que en unos años se dedicará a cuitas como estas de buscar orígenes a las palabras.
