Hará más de cuarenta años que leí (por encima) el artículo de Ramón Menéndez Pidal (en adelante, RMP) en su libro Toponimia Prerrománica Hispana sobre la etimología de Chamartín, que me pareció igual de alejado del verdadero fondo prehistórico ibérico, como toda su obra sobre etimología y toponimia y lo dejé señalado con una hoja a la que hoy he vuelto.
Mi principal lejanía ante este trabajo y hacia la forma principal en que los filólogos organizan la investigación, buscando nombres de pueblos y aldeas en documentos epigráficos históricos, era porque estas bases de datos y su análisis, inciden en varias carencias que las hacen inservibles para una reconstrucción y explicación de los significados de los nombres, restauración que ha de ser amplia e integral; amplia en lo temporal e integral en lo espacial; no son definitivos los documentos administrativos de rango comarcal o inferior y además, las carencias de los signos empleados en distintas épocas y las correcciones culturales de los escribas y copistas, impiden una comparación continua y heterogénea, esto es, la que se hace con mapas y registros geográficos.
El número de nombres que se baraja suele ser muy corto y la propensión de los eruditos a alterarlos para que se acerquen a su objetivo, invalida cualquier aspiración de esa mecánica contra la forma científico-estadística que ahora es posible recurriendo a las enormes bases de datos del Instituto Geográfico Nacional (IGN), nombres que no se limitan a núcleos de población, sino que recogen desde infinidad de accidentes geográficos hasta apelaciones de fincas, caminos e intervenciones civiles; aquellos antiquísimos y muchas de estas, con varios siglos de persistencia.
Otra carencia muy grave es la deriva que nace al relacionar por defecto civilización con sedentarismo, desvío que lleva a ignorar que en el mundo anterior y a lo largo de la prehistoria, numerosos grupos humanos vivían con patrones nómadas (algunos con movimientos de rango continental) y conocían y nombraban con precisión países, comarcas y lugares para racionalizar su actividad.
Esta carencia suele llevar a los “instruidos” a relacionar todos los asentamientos con fundadores, prohombres, santos, mitos y hechos históricos o marciales, cuando la mayor parte de sus nombres (la totalidad en los más antiguos) suelen indicar alguna característica del lugar o del entorno y cuando la disponibilidad actual de un número elevado de nombres parecidos, facilita la “reconstrucción” del nombre original basándose en raíces vascas con cierta coherencia confirman un significado racional, muy alejado de las elucubraciones “cultistas” como la que aporta RMP para Madrid en otro artículo del libro citado, explicación absurda, que lo único que confirma es que el autor tiene una gran cultura[1].
De hecho, cualquiera que hoy en día busque en las bases del IGN, encontrará más de seis cientos de nombres de lugar que contengan Madrid, Madriega, Madrices, Madrigal, Madriscal, Madriz, Madriceiras, Valmadrid, Vallemadrid, Romadriú, Madrila, Madrilas, Madridejos, Madrigalejo, Madrileño, Madritas, Madriles, Madrila, Madrina, Lamadrid, Los Madricales, Madrigonas, Madriñán, Madrioles, Vaciamadrid, Taladrid, Villamondrid, Aldriz, Baldriz, La Madriz… que no pueden haber sufrido la evolución que se ve en el siguiente esquema, donde se parte de un “Mageterito” imaginado para llegar a un Madrid real en doce pasos disparatados:
El mundo no ha funcionado así.

Bien, pues releyendo ahora lo que esta autoridad en lingüística decía al respecto de Chamartín, compruebo que es poco aunque él ya alertaba de que había otro “oscuro Chamartín” en Ávila, pero el sabio esquivaba criticar o censurar arlotadas (como la que extendió el jesuita Alberto Rico y aún perdura) que se decían y escribían por entonces, sobre si en esta aldea madrileña (¿sin nombre?) había una taberna de un francés apellidado Martín, que llamaban “Chez Martín” y de ahí Chamartín… O la que figuraba en la Geografía Médica de Chamartín de La Rosa, donde según la tradición, uno de los caballeros franceses que acompañaban a Alfonso VI en la conquista de Toledo se llamaba Martín y como pernoctara cerca de Madrid, sus compañeros llamaron Chez Martín a este pueblo que luego quedaría en Chamartín.

Alfonso en el siglo XI en Toledo
En la imagen de portada, la estación de Chamartín, construida en el gran plano de más de 75 hectáreas que caracterizaba a esta aldea.
Siempre me han dicho que el mito se recuerda mejor que la verdad y este caso lo confirma, porque antes de recorrer la Toponimia de España y encontrar cientos de “lugares menores” de la misma genética que Chamartín, la razón ha de desechar estas ocurrencias graciosas que acaban repitiéndose en la bibliografía, hasta el punto de que llegan a erosionar el valor y la importancia de la toponimia como ciencia.
Se ve que RMP era muy respetuoso incluso con los que escribían bobadas.
Más tarde, el mismo jesuita citado, dio en el Nomenclátor de Floridablanca, (compuesto principalmente de nombres de poblaciones y pedanías) con un Chanmartín y persuadido -como estaban laicos, religiosos y cultos de la época- de que ninguno de los numerosos San Martín, nunca mutarían a Chanmartín, siguió manteniendo el enigma del nombre.
Estaban muy equivocados, porque lo que sucedió en cientos de sitios fue lo inverso: Lugares que se llamaban “chanmartín, chamartín, samartín…”, fueron transformados en San Martín por los animosos predicadores cristianos que recorrieron las tierras de España y que a partir del siglo IV veneraban a San Martín de Tours.
Así, se cuentan por cientos los “lugares menores”[2] que llevando acento se llaman Martín Cabra, Martín Vaca, Llano Martín, Cerro Martín, Barranco Martín, Busmartín, Cabeza Martín, Jarramartín, Castro Martín, Cerro Martín, Charca Martín, Collado Martín, El Martín, Fuente Martín, Lamartín, Llamartín, Machamartín, Majamartín, Martín (más de veinte), Martín Laguna, Martinrey, Penamartín, Peña Martín, Punta Martín, Puy Martín, Remartín, Samartín (39 casos), Samartiniego, Sierra Martín, Trasdemartín, Valmartín, Vilamartín, Villamartín…
A veces sin acento, numerosas Martina, Martinas, Martinájero, Martino, Martinet, Martinete, Sanmartina, Martinaza, Martinache, El Martinó, La Samartina, San Martinos, Los Chamartines, Los San Martines, Los Sanmartines, Martinejo, Martinyá, Samartino, San Martinzas…
En la siguiente imagen de una aldea en Siero, Asturias, es fácil concretar que en uno de los cuarenta lugares que se llamaban “Samartino”, ya la aldea edificada se llamó “San Martino” y cuando creció y se dotó de iglesia, esta se advocó a San Martín.

Lugares que contienen San Martín (con o sin acento), hay casi novecientos y de gran variedad, comprendiendo altos, arroyos, barrancos, brañas, cabezos, caminos, campos, cañadas, casas, cerros, collados, coronas, cruces, cuestas, dehesas, ermitas, fuentes, hoyos, iglesias, llanos, lomas, marismas, montes, peñas, playas, puntas, ríos, simas, torres, umbrías, valles, vegas y casi ochocientos San Martín a secas o con algún complemento.
Se ha conseguido encontrar el “Chanmartín” de Floridablanca, que es caracterizado por un “plano relativo” o “chan”, señalado con puntos y que está en la vega de Liébana. El pequeño núcleo o barrio y la ermita, seguramente posteriores y también la Chana de San Martín en La Maragatería, esta, un simple predio muy plano (“chana” o llana).


Otros llanos con el mismo apellido son el Llano de San Martín en La Bureba (imagen siguiente). y otros en Cáceres y Cuenca.

Otros ejemplos, en Cáceres, Cuenca, Llano Martín en Aragón, Asturias y Tenerife y Llanos de Martín, de nuevo en Asturias, en roca pura.
Llantamartín, también Asturias. Plana de San Martín, en Ejea. Plans de Sant Martí en Barcelona. Samartidianes en Siero, Asturias.
El Caz de Chamartín, que es un drenaje mejorado en tierras llanas en el límite entre Segovia y Valladolid. La Chamartín, un predio en Soria. La Samartina, una tierra llana de regadío en Benavente y una ladera tendida en Daroca.
La Laguna de Jarramartín en La Moraña. Lamartín una aldea en Lugo. Los Chamartines, tierra de cultivo en Daganzo. Majamartín, una tierra cultivada en Segovia…
La gran preponderancia de planicies entre estos “microtopónimos” junto con el hecho de que en la zona del norte de León aún se llame “chamarga”, voz híbrida de la prerromana “chan”, llano y “marga”, variante de la vasca “mardo”, tierra blanda a las piezas de tierra muy húmedas, invita a revisar cientos de lugares con nombres parecidos para comprobar si se manifiestan condiciones físicas parecidas y tener un criterio sólido para discriminar aquellos que pudieran tener o se les pudiera presumir un origen antroponímico, en cualquier caso, una rareza.
[1] Ojo, cultura no equivale a conocimiento ni a criterio.
[2] Los que no son o no eran núcleos de población.
