La primera noticia sobre los bárbaros del norte se debe a Hecateo de Mileto (500 A.C.), que se refería a ellos con el nombre de “Keltoi”.
Más adelante, Heródoto (450 A.C.) y los romanos los llaman “Galli”, si bien dicen que ellos mismos se proclaman y denominan “Celti”, aunque más tarde César dijera que se llaman a sí mismos “Celtae”.
Habrían de transcurrir veintitantos siglos, para que, durante el pasado siglo XIX, el romanticismo alemán agitara los fondos históricos y las reseñas disponibles para crear una historia argumentada y coordinada sobre los celtas, que satisficiera la sed de datos sobre el pasado europeo, que en esa época comenzaba a verse ninguneado por los continuos descubrimientos arqueológicos en Egipto y en el creciente fértil.
Entonces, se tejió a toda prisa un modelo que venía a aportar grandes valores artísticos, épicos y libertarios para un supuesto pueblo nacido en el centro de Europa y que ante la imposibilidad de expandirse hacia el sur porque las organizaciones helenas, etruscas y romanas, eran hostiles, optaron por irse al este (Gálatas), pero sobre todo hacia el oeste, Francia, España, Portugal, Gran Bretaña e Irlanda. Mapa.

El modelo tenía sus expresiones artísticas plasmadas en oro y bronce, su cerámica característica (imagen de portada) y sus armas e indumentarias, sus creencias y ritos basados en chamanes o druidas y en el enterramiento de los suyos en urnas, así como una organización del territorio en la que los fortines o “brigas”, eran el referente principal.
Este modelo ha dado lugar a lo largo de los dos últimos siglos a una fiebre cultural que se ha dotado de música, personajes recreados e historias fantásticas, que haciendo olvidar lo endeble de su origen, ha creado todo un ambiente, una cultura, que ante la ausencia de otros referentes, ha inundado la Europa occidental.
En las últimas décadas, la profundización en aspectos científicos y la disponibilidad de nuevas herramientas de análisis, ha puesto en duda el origen centro-europeo de tal mito, proponiendo otra dinámica netamente occidental y marítima.
La duda creada no es capaz –de momento- de remover el producto creado en dos siglos en los que los eruditos germánicos y sajones, pero también artistas y comerciantes fomentaron un “eje cultural” al que se arrimaron investigadores y estudiosos franceses, italianos y españoles, que dieron por buenos los indicios que apuntaban hacia el caso céltico y reforzaron el modelo con cuanto desde el mundo de los registros históricos, de la arqueología y la toponimia pudiera encajar en la alternativa “centroeuropea” para que pudiera emular a otras culturas desaparecidas.
Los estudiosos españoles (siguiendo el rastro de los alemanes), se apresuraron a certificar la terminación “briga” de ciertos lugares como un calificativo inequívocamente celta que se refería a fortificaciones que se limitaba a media España, pero también se empeñaban en ver otros de “genética celta” como “dunum” y “durum”, aunque bastara con los dedos de una mano para señalar los encontrados en España…
A falta de criterios y de una perspicacia mínima, los sabios se han echado en brazos de cualquier artefacto que pudiera servir para apuntalar su idea prefabricada; así, han recurrido a la onomástica, para pretender que la distribución de unas docenas de nombres en lápidas en medio millón de kilómetros cuadrados, puede ser una función matemática confrontable a una toponimia millonaria y concluir que si hay otra toponimia documental que se parece a esta y se distribuye en la misma zona que las lápidas, el territorio es celta.
La onomástica –a no ser que sea masiva- es inútil como elemento vinculable al territorio, porque hasta épocas muy “recientes”[1] a efectos de denominación de lugares, las poblaciones no han sido sedentarias; es decir, los nombres de lugar que fueron asignados por grupos nómadas, tienen 6, 8 ó 10 mil años y los nombres de los difuntos locales, menos de 2.500; así, tipos tan célebres como Untermann, partiendo de unas docenas de nombres, determinan que la Semi-España Celta tiene epigrafías como “trit…”, “louc…”, “luc…”, “calae…”, “bouti…”, “arqui…” y sus flexiones, que no se dan en la otra media España.
Pero si se repasa la “toponimia integral”, la de cientos de miles de nombres, resulta que topónimos con todos esos morfemas y sus colas, todos ellos excepto el rarísimo “calaetus” están presentes en los tres husos horarios de nuestro país, algunos con pocos ejemplos (4, 10, 29…) pero otros con 575 o incluso 1743 repeticiones.
¿Qué quiere eso decir?… Que los sabios hacen trampas (quizás sin saberlo, pero guiados por su ansia de razón) y con su endiablada capacidad de anular a los investigadores que destacan, rodeándose de pasmados admiradores que les creen dioses y boicotean los trabajos discrepantes.
Así, tras dos mil años de olvido, se volvió a manejar el término “Celta” y transcurridas cuatro generaciones desde esa vuelta, a todos nos parece tan normal como decir vasco, árabe o sajón, pero el caso es que, al comienzo del siglo XVII, “celta”, no era una voz usada en Castellano; basta con recurrir al diccionario de Covarrubias para ver que no existe esa forma sino referida a los galos y que lo familiar, lo conocido, era “Celtíberia”, tal como se recogía en las frecuentes citas romanas.

Esta “Celtiberia”, basada en citas vagas y sin soporte físico ni lingüístico alguno, ha sido desde el Renacimiento dada por cierta y en el pasado siglo elevada a “realidad científica” por la erudición, que a partir de unos pocos elementos epigráficos (mayormente consistentes en listas de nombres) y un par de peculiaridades o rarezas coincidentes con las lenguas “célticas” actuales, ha decidido que en ese territorio se hablaba una lengua del tronco indoeuropeo.
El ovillo –imposible de ser devanado- sigue creciendo a base de elucubraciones cada vez más inextricables, pero en los medios universitarios ha calado la dicotomía Celtíbero-Ibero y sin tener ni idea de ambas posibles lenguas, todo el mundo da por cierto que cada una ocupó en la época previa a la dominación romana e incluso en su declive, una parte de España.
Esto es un disparate no ya solo por lo endeble de las argumentaciones para asegurar de qué tipo eran las lenguas, cuando ni siquiera las transcripciones que se manejan para sus signos tienen otra garantía que el haberlas asimilado a las fenicias y haberse inventado condiciones extravagantes para salir de los apuros, negando la existencia de vocales adicionales o de sonidos genuinos como los correspondientes a “ll, ñ, p o m”, que en la toponimia integral figuran por millares en todos los territorios españoles.
Pero la duda etimológica sobre el término “celti, celta”, permanece y los propios británicos ignoran su origen, relacionándolo con el carácter guerrero atribuido a esa gente y que sugieren deriva, bien del Lituano “kalli”, pelearse, o de “chisel”, una espada o similar, supuestamente en el Latín primitivo.
Así son las coordenadas en que se mueve la erudición; un mar de ensoñaciones que a base de repetirse resultan familiares y se aceptan como una base de partida.
El recurso al Euskera ofrece unos puntos de vista radicalmente diferentes y muy sugerentes, porque tienen un gran soporte lógico.
Lo primero, el nombre más antiguo conocido es el griego “keltoi, geltoi” y pudiera parecer una broma, pero esta voz tiene en la lengua vasca un claro e inequívoco significado, definiendo a un conjunto de elementos “sedentarios”. En efecto, “geld” es la raíz preferente para indicar el proceso de detención, el estado que alcanza algo que se movía, al parar.
La desinencia “oi”, transmite una condición de repetición, de continuidad, de habitualidad; por tanto “geldoi” o su equivalente “geltoi” y la forma muda “keltoi” designa a un grupo que se ha establecido, que se han asentado, que ya no son nómadas.
Los análisis históricos se escabullen del tema nómada como si tal estado no hubiera existido, pero la transición entre la vida nómada y la sedentaria ha ocupado del orden de 8.000 años, a lo largo de los cuales han tenido que existir todo tipo de sucesos, tendencias, conflictos y decisiones. La tesis que aquí se defiende, dice que según los grupos humanos de tamaño “micro” (llamémosles tribu y asignémosles media centena de elementos o componentes) iban siendo capaces de dominar la agricultura y “retener” la tendencia migratoria atávica y natural del ganado, la geografía se fue colmando de lugares estratégicos en los que era posible sobrevivir sin abandonarlos y en los que escisiones de las tribus decidían quedarse y probar fortuna.
Es probable que –siguiendo el actualismo que determina la repetición de los mismos sucesos en el tiempo cuando se dan iguales circunstancias- los que seguían la tradición nómada, llamaran de forma despectiva a los sedentarios de igual manera en la sociedad actual se critica a los que se abrazan a nuevas formas. La designación “keltoi” pudo haber sido de ámbito continental, aunque griegos y romanos, presos sin saberlo en sus fronteras, creyeran que se limitaba a sus límites septentrional y occidental.
El por qué se habla de ámbitos tan extensos, no es gratuito, el Euskera vuelve a brindar una opción. Se trata de los “sel” (o “cel”, tal como se escribió cuando se dispuso de signos latinos); unos círculos que posiblemente ocuparon grandes áreas ganaderas[2] de Europa y de los que aún quedan indicios en Extremadura, en Bretaña y –sobre todo- en el Norte de España entre Asturias y Huesca.
Lo poco que se sabe del “sel” procede de registros de la época alto medieval y de algunas incursiones arqueológicas, que –aunque pobres-, apuntan a su existencia anterior a nuestra era.
Es seguro que en esta figura de gestión de la tierra que plasmaba en círculos de un diámetro variable entre el cuarto y el medio kilómetro, la asignación temporal del área circunscrita a algún personaje o clan, pero se desconoce casi todo, el agente o asamblea que la concedía, los plazos o condiciones particulares…
Hay certeza de que el centro del “sel” se materializaba con un mojón, donde se establecía la hoguera, el fogón y –seguramente- el punto de encuentro y de decisiones. También se conocen otros nombres como “saroi”, “korta” o “olha”, este último muy sugerente, porque ese lexema de múltiples significados tiene su principal traducción como “circunferencia” (por ejemplo en la controvertida “aureola”, literalmente “urre ola”, es decir, aro dorado).
Los indicios de “seles” se encuentran por cientos y si esa fue una costumbre pan-europea, su número sería de docenas de millones. Ver imagen en la que figura la grafía “cel” que se alterna con “sel” a tenor de la moda del momento.

Milenios de deforestaciones, agricultura y construcciones, han hecho desaparecer los indicios en las zonas llanas, pero la persistencia de trazos, tonos y texturas en geografías “movidas” los hace fácilmente perceptibles analizando la fotografía aérea, tal como se aprecia en la imagen adjunta.

Los gestores de un “sel”, eran “seltar”, expresión muy cercana a la que César usara para los celtas y que en ausencia de otros rastros, obliga a considerar esta forma de gestión del suelo, como una fórmula primitiva, que dejando paso franco y espacios intermedios abundantes “no privativos”, habría permitido a los primeros grupos sedentarios el uso exclusivo de parcelas, como ensayo de lo que luego sería la agricultura extensiva.
Ante la escasez de información y criterios para analizar la transición entre Prehistoria e Historia, sería muy conveniente el estudio físico de áreas geográficas amplias de Europa y el Norte de África para determinar si esa forma de gestión fue general y si –tal como sugiere el Euskera-, la palabra “keltoi” pudiera estar relacionada con el “gel” de asentamiento o con el “cel” de los seles.
Esto supondría una gran revolución conceptual.
[1] Reciente aquí, quiere decir época histórica, unos 3.000 años
[2] Solo se han encontrado indicios de seles en zonas montanas, pero se sospecha que inicialmente ocuparon llanuras fluviales muy fértiles, siendo los elementos que generaron los “aranceles” o pagos por el uso de los valles.
