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Sanlúcar de Barrameda.

Este lugar de gran personalidad ha traído y trae de calle a los etimologistas que no encuentran santo que se acomode a “Lúcar” ni barranco, barranca o barral que de algo de luz a este nombre compuesto tan sonoro y sugerente.

San Luis, San Lucas y San Lucio se pueden encontrar en unas cuantas docenas de lugares en España, pero su número es insignificante si lo comparamos con la “presencia” de Santa Lucía en casi quinientos lugares, misterio que algún día se resolverá; lo que no hay es santo alguno con acento en la “u”, como este Sanlúcar; tanto es así que los sanluqueños moderados apoyados por la internacional académica “arabófila”, han prescindido de los santos para proponer que el origen mixto del nombre se base -por una parte- en el nombre del viento de levante, “shaluqa” en árabe y -por otra- en que en esa lengua, a la tierra movediza se le llama “babrha mda”.

Los enfáticos del latín quieren buscar una pista ochocientos años antes y plantean que lo original pudo ser latino; quizás una fórmula laica como “sub lucare”, esto es, bajo o tras el bosque (“lucus”); “sub” que con los años mudó a “san”, quedando “Sanlucare” en un mundo ya cristiano.

Los latinos más religiosos, prefieren que hubiera sido “Sanctus locus” (lugar santo), ya que apenas al otro lado del estuario se encontraron las ruinas de un templo dedicado a Venus (“Astarté”). Para estos, la segunda parte del nombre está clara según la frase árabe, “el pozo de la meseta” que sonaría “bar am ma’ida”.

¿Sería el Pozo Amarguillo?

De cualquier manera, los nombres sugeridos suenan en árabe tal que:

Viento de levante, “riah sharqia”.

Tierra movediza, “taghyir al’ard”.

El pozo de la meseta, “bir alhadaba”

No es difícil entender que un viento que no afecta a una zona a sotavento, una tierra movediza que suena muy diferente al nombre pretendido, un bosque -que entonces era ubicuo-, ni un pozo en la meseta, que tampoco encaja en la rima, son soluciones tan hipercultas como disparatadas, que no resuelven la significación de un nombre contundente y solo son el producto de siglos de endogamia de una cultura encerrada bajo tres espejos[1].

Los expertos en dinámica litoral y fluvial aseguran que la morfología de la desembocadura del Guadalquivir (antes, Betis), esto es, el morro de Chipiona, la duna de Doñana y las marismas tras esta duna y la campiña de Jerez; tampoco el canal principal de desagüe, han cambiado mucho desde hace unos cinco mil años.

En esa época toda esta zona ya era intensamente ocupada y explotada, siendo normal que los lugares tuvieran nombres lógicos y coherentes y que no hubiera que esperar a que los fenicios sufragaran templos, a que llegaran las cohortes romanas o los ruidosos rifeños a sueldo de los omeyas para que ayudaran a los nativos a llamar a sus tierras: Esa fantasía forma la espina dorsal de una cultura fracasada en que los gestores de la misma preferían que los nombres fueran impuestos por los refinados invasores que por los zafios pastores locales.

Imagen “macro” del lugar.

El nombre integral de Sanlúcar de Barrameda es una imagen muy poco alterada de dos nombres; mejor de dos oraciones expresadas en la lengua local (muy parecida al euskera), nombres sincrónicos, lógicos y coherentes que se refieren a la configuración de los fondos del tramo final del Betis y de los costeros de menos calado; esto es a los equilibrios seculares de formas, contenidos y dimensiones de los bajos arenosos.

Seculares -se dice- porque aparte de episodios puntuales de temporales marinos o lluvias extraordinarias, que podían alterar las formas estables previas, los regímenes normales, acababan devolviendo las configuraciones a las de mayor estabilidad en periodos largos.

Simplificando mucho la dinámica, se formaban dos sistemas diferentes; los de playas, barras y dunas paralelas a la costa entre desembocaduras importantes y las de barras y bajíos alargados siguiendo la dirección de las corrientes de llenado y vaciado; principalmente, esta última.

“Barra” es un nombre prerromano de uso neto en Euskera, con el significado de elemento mucho más largo que ancho y grueso y con la superficie principal redondeada o mixtiforme; “barra” eran los lingotes de plomo, cobre, oricalco y luego hierro, que se vertían candentes sobre estrías en la arena, rompiendo la clave de los hornos y se usaban como material bruto para otros usos (figuras en que se muestran barras de oricalco conseguidas en Sicilia y de arrabio, en Bosnia, ambas encontradas en pecios marinos).

Designación que se usa desde tiempo inmemorial, tanto para cierta hechura de pan, como para los depósitos de arena en los estuarios, cuyas formas tenían cierta similitud. Barras de pan y estuario “no alterado” con numerosas barras.

La primera parte del nombre se puede asimilar a “san lu kar”, donde “san” es una morfología inerte de las masas de arena, “lu” adjetivo que indica largura y “kar”, raíz verbal de los acarreos o transporte hídrico; en resumen, “largos surcos en arena”, una especie de canales paralelos o imbricados que se formaban y conservaban desde la antigüedad a lo largo de más de una legua del cauce final del Betis, que analizados y recorridos por los nativos que hacían de “prácticos” o pilotos, servían a los barcos que arribaban o salían de ese entorno de transición.

En el mapa siguiente se representa en amarillo, la probable zona de canales, justo frente a la población de Sanlúcar.

El segundo nombre transcrito como “barra me eda”, viene a ser otra imagen especular de lo que significaba el primer nombre, aquel indicando surcos, mientras éste se refiere a las barras o elevaciones entre surcos, barras que están caracterizadas por ser “me, mee”, esto es, finas, a diferencia de otras barras, como la del Nervión en Bilbao, pero igualmente peligrosas a juzgar por la infinidad de barcos hundidos en este tramo…

La terminación “eda”, se conserva íntegra, significando extensión, ámbito en el que se da el fenómeno, pudiendo resumirse su significado en “zona de barras estrechas”. Ver imagen de portada.

Portada, imagen del siglo XVIII señalando las barras de Sanlúcar.

[1] Griego, latín y árabe.

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Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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