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Salobreña

Según Ortelio y su Thesauro Geográphico, antes se llamó Selambina, lo que da pie a los enfáticos de lo indoeuropeo a relacionar “sel” con corriente de agua y “amsina” con cercado, argumentos que no hay forma de enlazarlos con el nombre conservado, con las condiciones del entorno de Salobreña ni con la toponimia española en la que no hay un triste “selamb”.

Otros se empeñan en una etimología púnica que, refiriéndose a la diosa Astarté (a cuyo culto se cree que hubo un túmulo en su peñón, como algún otros sugeridos en Cerdeña y Cádiz) y a la frase “rostro de Baal”, Salam Baal, habría evolucionado hasta Salobreña.

La etimología toponímica es una disciplina abierta al disparate, en gran parte porque tradicionalmente se ha “trabajado” opinando “nombre a nombre” y dando una importancia excesiva a las referencias epigráficas en documentos fantasiosos y sin la mínima intervención de tres elementos esenciales: La búsqueda de nombres parecidos, el análisis estadístico-científico de los mismos y el recurso al vascuence o euskera, una lengua cuyas raíces pueden orientar de forma radical sobre los significados de tales nombres.

En el caso de Salobreña, la dinámica impuesta por el río Guadalfeo y su interacción con el mar, es imposible de obviar por su intervención en la morfología superficial de la llanura de deposición. Imagen del tramo final canalizado y el inmenso “delta” que se extiende hasta las primeras líneas de montaña.

Partiendo de que las propuestas cultistas son disparatadas, los componentes de salobreña se hallan en infinidad de topónimos españoles[1] y no se ve la necesidad de cambiarlos por otros extraños e inexistentes en el territorio, si no es por la obsesión de los documentalistas de enlazar citas, mitos y referencias inconexas para proponer fantasías que ni la realidad territorial o funcional ni el sentido común avalan.

Antes de avanzar más, es conveniente recordar que “salobre”, voz inexistente en latín, “totum vel in partibus” y muy diferente en otras de las llamadas romances, solo se encuentra idéntica en gallego, portugués y catalán, es decir, en las peninsulares, lo que sugiere un origen prerromano, pero lejos del  indoeuropeo, púnico o griego, lo que apoya a un término euskériko poco trabajado, “kresal”[2], que se refiere al agua salobre retenida en los bordes de estuarios y costas, en la que “kre, kerre” se refiere a un proceso de precipitación y “sal”, elemento que hoy en día apenas figura en “saltsa”, podía ser la forma de llamar a la sal marina, a diferencia de la continental, de mina o de fuentes salobres, que se llama “gatz” y que ha capitalizado totalmente en euskera, el nombre del cloruro sódico en cristales.

Una primera posibilidad es que “salobre” se refiriera a las lagunas de “trasduna” o “trasplaya” que luego se mencionan y “ña”, lexema incuestionable como pocos, indicaría la emergencia de ese entorno palustre y salado, de una muela rocosa y cortada

De forma parecida, es de asunción general, que “orbe” en una de sus acepciones, es una raíz verbal que se refiere a un proceso de teselado o de cambio de aspecto de una superficie, de forma que “sal orbe” evolucionado a “salobre”, estaría en la génesis de ese adjetivo muy común en las lenguas peninsulares, describiendo entornos en los que la presencia de sal determina un paisaje local, cuyas formas, vegetación y tonalidades, contrastan con el entorno no salino.

“Ña” como sufijo, tendría el mismo valor citado en el párrafo anterior, la presencia de esa muela cortada, que en Salobreña es la principal seña actual de identidad. Imagen siguiente y de portada.

Rebuscando en documentos antiguos, la imagen siguiente del siglo XVIII, muestra la población recostada sobre el peñón mayor, un delta en crecimiento, parcialmente frenado por el peñón menor y hasta cinco venas principales y otras secundarias del Guadalfeo que aún no se había intentado canalizar.

Si bien esa imagen sugiere la aparición ocasional -y posiblemente estable- de lagunas, se sabe que, hace 120.000 años el Guadalfeo funcionaba como un lago situado en lo que hoy sería la zona de Vélez y ya se encontraba formado el Tajo de los Vados.

Más tarde, hace 20.000 años, el mar comienza a subir y el Tajo de los Vados se transforma en una auténtica ría; tras el máximo glaciar (hace unos 17.000 años) el mar comienza a retirarse y en esta zona le ayuda la acumulación de materiales del Guadalfeo y hace 6.000 años -como mínimo- los seres humanos comenzaron a habitar toda la zona de esta comarca y a aplicar acciones de promoción de la agricultura de rambla.

“Como mínimo” es una cita muy conservadora, siendo probable que hace 20, 30, 40 y hasta 65.000 años, ya vivieran humanos en esa costa granadina y malagueña, por lo que el nombre de Salobreña puede llevar todo ese tiempo sin haberse alterado y los “ensayos” de buscar explicaciones en el indoeuropeo, fenicio o latín, son ejemplos de querer ver lo lejano sin mirar a lo inmediato.

[1] En efecto, “salo” se encuentra en casi 700 lugares, “salobre” en más de 150, “lobre, lóbre” en más de 300, “breña” en casi 200 y la terminación “ña” en más de ocho mil…

[2] Ver foto de la calle Kresaltxu en el barrio de Romo  (Getxo), sector urbanizado tras la duna de Las Arenas.

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Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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