De le veintena de lenguas que se hablan en el oeste europeo, solo el castellano y el euskera[1] coinciden fonéticamente en una de sus acepciones para el verbo cerrar, es decir, para impedir el acceso a un entorno (cerrar y zerratu); todas las demás aplican formas muy diferentes incluso entre las llamadas latinas, tales como “pechar, fechar, tancar, fermer, chjude, chiude, inchide…”, siendo muy llamativo que la etimología para el “cerrar” castellano, se pretenda asignar a un supuesto latín tardío, “serare”, derivado de una vara, tranca o cerrojo de las puertas que creen que se llamaba “sera”.
Llamativo, porque el cerrar por excelencia latino siempre fue “claudo clauis clausum”, todos sabemos lo que es un claustro y una monja de clausura, pero esa palabra no se coló en el castellano, porque ya había otra más competente. También es llamativo que los lingüistas que manejan la etimología postulen que este verbo tan intuitivo hubiera de esperar a que los cerrajeros inventaran el pestillo para condicionarlo al efecto y a la acción de cerrar las puertas…¿es que no cerraban el paso desde los tiempos más remotos a los animales que perseguían o a las corrientes de agua de los arroyos?
Imagen de un cierre o represa de río para pescar.

Abstrayéndonos y viajando al paisaje en que se movían los ganados antes de la época agraria, siempre allende las llanuras ha habido una o varias sierras que en cierta manera “cerraban” el espacio abierto. Estas cadenas montañosas se manifiestan en distintas dimensiones; algunas con cientos de kilómetros, organizan el territorio y otras más modestas lo rellenan, creando infinidad de espacios variados.
Imagen de portada, ganado pastando en la campiña segoviana y la Sierra de la Mujer Muerta al fondo.
Su abundancia depende de la historia geológica del país que se trate, siendo numerosas en España, hasta el punto de que como “sierra”, pasa de 5.700 el total de lugares que lo contienen; como “serra”, ya en una primera búsqueda hay más de 6.000. En la forma (también frecuente) de “cerra” se recogen casi 2.500 e incluso “zerra”, figura en dos docenas de sitios, de manera que la modalidad sin diéresis suma en total 8.000 casos, apuntando a que esta fue la denominación original, lo que apoya la tesis de que el origen de la cerca esté en el euskera “zer ka” y no en el latín “circumdare” (como postulaba Covarrubias y todos los posteriores han calcado).
Olvidado el origen de la voz, aunque gallego y catalán lo conservaron (“serra, serrat”), el castellano se inclinó por “sierra”, llamando así a los montes que “cierran” un horizonte y de su alternancia de picos y collados surgió -por similitud o metonimia- la sierra de los carpinteros.
Imagen de cerca improvisada y portátil. En segundo término, el ganado y al fondo la sierra.

En efecto, una de las acepciones vascas de “zer”, es un objeto físico o elemento y “ka” como sufijo, indica una repetición, la cadencia con que se colocan sucesivos objetos para impedir el paso al ganado en algunos puntos, obligándole a pastar y descansar según un patrón decidido por los pastores. Así, las cercas podían tener uno o más tramos, ser rectas, angulares o poligonales o incluso circulares cuando se trataba de confinar a las reses con objetivos concretos y dimensión de estancia reducida, siendo tales objetos confeccionados con ramas, troncos o piedras según el lugar lo exigiera, pero la circular no era -ni de lejos- la forma canónica, por lo que se rechaza la idea general que guía los corolarios de Esteban Covarrubias, condicionando el hecho de cercar a las ciudades y su origen al “circumdare”.
El recurso a las cercas para objetivos diversos ha sido muchos milenios anterior al sedentarismo y a las ciudades, pero la Cultura Clásica tiene una gran carencia fundamental porque la fe ciega de sus agentes en creer que el progreso estaba íntimamente unido al civismo les ha impedido durante siglos (y sigue siendo aún un obstáculo persistente) echar mano a recursos como el euskera, que responden de forma elemental, contundente e incontrovertible a cuestiones como la génesis de las palabras.
En la imagen, extracto del Tesoro de Covarrubias.

