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Ailo !

Ailo es una voz que tiene significado en muchos idiomas: En albanés, rumano, macedonio, kazajo, mongol, irlandés y en gaélico escocés equivale a ¡hola¡, en baluchi y ligur, es ayer; en bretón, tibetano y checheno, ¡no¡, en esperanto llaman así al ajo, como los gallegos y como lo hacían los latinos, en francés es un ala; en galés, “de nuevo”, en lengua tamil, es el color amarillo…

Y en euskera, especialmente en el dialecto bizkaíno, significa estar atento, alerta, vigilante.

Esta voz vasca se usaba mucho, casi continuamente en los ambientes marineros y pescadores cuando yo era niño y es que, en aquel mundo de pequeñas embarcaciones en un mar muy revoltoso con fuertes olas y corrientes, con viento cambiante, con puertos abarrotados, un entorno resbaladizo y con mástiles, cabos y masas que podían desplazarse sin aviso, el estar vigilante era no solo una garantía de supervivencia, sino una cualidad muy apreciada para ser un buen marino.

Una de las voces más escuchada, era ¡Ailo, txo!… y la respuesta, ¡Ailo nago!; esto es, ¡Atento muchacho!… ¡Estoy atento!

En el mar de hoy en día donde se están ensayando los barcos autónomos[1], donde los pilotos automáticos han sustituido a los timoneles, los ordenadores a capitanes, patrones y oficiales; los radares, sonares y sistemas inerciales se encargan de señalar riesgos en la derrota e infinidad de sensores escrutan todos los rincones para garantizar que no haya fuegos, derrames o vías de agua avisando a la tripulación, parece que aquel don de ser atento y vigilante, se ha diluido marginado por las nuevas tecnologías.

Alguien dirá que no solo el mar requería atención y hay que reconocer que sí, que la vigilancia de rutas, de puertos de montaña, de desfiladeros, valles y de lugares estratégicos siempre ha sido una prioridad para las sociedades humanas; el asunto es que, en España y alrededores, muchos lugares que gozaban de dominar grandes cuencas visuales han conservado en sus nombres un indicio de aquel potencial que los bautizó y -ahora, devaluado- solo aprecian los montañeros y excursionistas.

Imagen de portada: Balcón de Pilatos en Urbasa.

Una revisión de lugares que conservan sonidos equivalentes a “ail”, aunque sean con distinta grafía, como “aill, ahíl, ayll, ail…”, nos muestra que muchos son colinas, escarpes, montes y sierras con un dominio visual territorial destacado.

La Sierra de Los Bailones al nordeste de Valdepeñas, aun teniendo una altura moderada, permitía dominar todo el primer cuadrante y parte del segundo y cuarto de su cerro principal.

Su nombre “bæ ailo on”, no es debido a que los nativos bailaran mucho, sino que significa, “baja y buena atalaya”, esto es, un observatorio que dominaba las planicies circundantes sin tener una cota elevada. Imagen siguiente.

Aillón en Pontevedra, es una sierrita litoral que, a un par de kilómetros de la línea de costa, alcanza los 472 metros de cota y es una atalaya formidable tanto hacia el cabo Finisterre y el océano abierto, como al interior, a la ría de Muros y Noia. Imagen siguiente.

El Cerro de Tolaillo entre las sierras de Cazorla y Segura, es con sus 1609 metros, una atalaya natural sobre los primeros kilómetros del río Guadalquivir. Su aparente significado, el mirador (o la atalaya) plegado (de rocas curvadas).

Hay otro pico Maillo sobre un recodo del Tiétar en tierras abulenses.

Ayllón en Guadalajara, no solo es una sierra de gran personalidad que remata al Macizo Cemtral o Sierra de Guadarrama por el Este y que mira al Duero y al Tajo, sino que comprende varios altos que dominan las comunicaciones de las campiñas Norte y Sur, a la vez que observa los caminos de cruce de la sierra por el Puerto de La Quesera.

El cerro Ahíllo en Alcaudete, Jaén, punto más elevado y estratégico de la Sierra de Ahíllo, es un observatorio natural imposible de mejorar, dominando los accesos entre Granada, Jaén y Baena. Mapa y vista del cerro.

Se sospecha que no solo estos nombres esconden la antigua presencia de atalayas u observatorios, sino que de los casi mil quinientos lugares que llevan en su nombre aparentes referencias a frailes, frailas, frailitos, frailecillos, frailezuelos, frailones y frailillas, hay un considerable porcentaje en el que el morfema “ail” se refiere al potencial de visualización del entorno, pero es tan abundante la muestra, que aún se tardará en encajar el resto de componentes y contrastarlos con las características de cada lugar.

[1] Barcos sin tripulación que se despachan de un puerto a otro sin presencia humana.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

1 Comment

  • Con esta sí que me explota la cabeza…. En el centro de los beyos de Ponga, que tantas veces he recorrido, se yergue una montaña cortada a pico con más de 300m de desventio sobre el Sella. Siempre escuché la pugna toponímica entre los pastores oriundos que lo llamaban la Plana, por su pared lisa cual Naranjo, y los montañeros “foráneos “ que lo conocían como Frailón…
    Ahora va y resulta que la teoría “bucólica-pastoril” no es más correcta que la dada por inventada.

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