Aunque los diccionarios de euskera apenas la citan como sufijo modal o verbal, “la”, al principio o en medio de variadas palabras y conceptos, lleva implícita la idea de “aunar, atraer, sujetar, trabar, enlazar, contener” de forma reversible, materiales, elementos, objetos y personas.
Quienes conocen la lengua podrían comenzar por “laako” (en Bizkaia), clavija, cavilla, cuña, o por “larako” (general), perno, clavija, ambas voces indicando lo mismo, “para sujetar” y seguir con el verbo “laga”, soltar, aflojar, ceder, donde el sufijo “ga” actúa como expresión de la ausencia de sujeción. También el el sustantivo “lagun”, uno de los más usados, que expresa sin recortes, una “gran unión” entre dos personas a partir de “la”, atracción y “un”, grande: “la un, la(g)un”, gran atracción; amigo.
También hay neologismos como “lapiko”, un tipo de olla de barro con dos asideros: “la bi ko”, la de dos asas, junto a voces antiquísimas como “las, lasai”, relajación (originada en “la ez”, sin sujeción), que ha dado el “laxo” (suelto) castellano y latino y el “laxus” latino, que los latinófilos dan por nativos generados en el Latzio.

En castellano, son también muy abundantes y variadas, encontrándose desde el “lacre” y la “laca”, dos gomas prehistóricas que los sabios quieren que hayan sido traídas por los portugueses en la era Moderna, cuando sus nombres pueden tener varios milenios: “la ka”, sin fuerza de unión: “la kre”, unión que se agrieta. Imagen de portada.
O la (en otros tiempos) célebre ladilla cuyo nombre asignan los sabios lingüistas a que son bichitos anchos (“latus” en latín), cuando el euskera define con precisión “la (d) il a”: “Se agarra al pelo”, una descripción prehistórica que definía elementos, lugares y procesos, por aquello que mejor los definía. Ver imagen de ladilla agarrada a un pelo púbico.

O el mismo lago que los académicos vascos imbuidos de complejos no quieren incorporar “laku” a los diccionarios, mientras nos obligan a usar como voz común “aintzira”, una de las modalidades lacustres menos potente e interesante… Se entregan al “lacus” latino que nada significa, inventando un precursor indoeuropeo en lugar de consultar al euskera, donde “la” es la acción de reunir, contener y “u” es el agua: “la (g)u”, concentración de agua.
También la universal lana que en los diccionarios vascos aparece con el artificioso nombre de “artilea” ( pelo de oveja), es una voz neta vasca que omiten estos afectados libros creyendo que procede de la lana latina (y esta de otro engendro “IE”, sin identificar), cuando esta breve voz guarda el secreto de la lanolina que los pastores paleolíticos descubrieron que tenía el poder de hacer que se adhirieran unas fibras a otras para crear una mecha original y con varias de ellas se creara un fuerte torzal o cordón, precursor de lo que milenios después serían las sogas, cuerdas y cables de esparto, cáñamo, lino y acero.

¿Y la lapa?… ¿Puede haber explicación mejor que la del nombre “lapa” en vasco, castellano, gallego, catalán (llapa)… en latín, “patella vulgaris” y que los sabios se empeñan en querer que derive de la herbácea bardana o lampazo (con la que no hay relación), cuando en euskera se explica con delicadeza su nombre “la pæ”, se sujeta por debajo…, explicando el efecto de vacío de su viscoso botón que caracteriza a muchos otros moluscos…

El propio lazo, que en euskera hemos olvidado función y nombre y se usan términos tan imprecisos y equívocos como “korapil”, “sare”, “lokarri”…, cuando “la ʤo”, la forma original guardada por los romances dice claramente “sujeta en el acto”; el verdadero valor distintivo del lazo, cuando se creó en ambientes pecuarios… Imagen laceando.

Como resumen, “la” debe figurar en los diccionarios vascos como raíz elemental de los procesos de atracción, sujeción, enlace y contención.
