Cualquier amante de la investigación que busque en los diccionarios vascos esta partícula, quedará sin respuesta[1], o con la parca explicación de que es un sufijo que se usa para señalar aquel sobre el que recae la acción, no importa lo modernas o participadas que sean las versiones que maneje, cuando este aparentemente desvalido fonema, ha sido ya desde su creación, quizás hace docenas de miles de años un morfema inamovible y tan importante para la vida social de las tribus, como que representaba el mando, el gobierno, la autoridad y la dirección a seguir, con numerosas variantes, utilidades y aplicaciones.
Las revisiones bibliográficas de lenguas romances aportan poco o nada porque sus productos han sido elaborados a partir de la edad moderna (digamos, empezando por Antonio el de Lebrija) y sometidas a filtros físicos e ideológicos que han restringido el área y el fondo de la investigación a las lenguas clásicas, evitando cualquier asomo del euskera en sus guiones. Pero el euskera es susceptible de soportar una feroz arqueología del lenguaje y dar innumerables respuestas tan coherentes como extraordinarias, que son capaces de invalidar los trabajos “académicos” tejidos durante siglos bajo la influencia de dogmas y hacerlo con la suavidad y contundencia de lo que se torna evidente ante las pruebas y la razón.
Es interesante analizar voces vascas a la vez que otras castellanas (incluso el latín y otros romances), en las que interviene el lexema “le”, deduciéndose inmediatamente, que responde a los conceptos relacionados con el mando, que se citan arriba.
Las sospechas sobre la participación del euskera en este concepto, puede arrancar en que el timón de las embarcaciones se llama “lema”; literalmente, “lo que genera el mando”, lo que gobierna, (ya que “ma” es el generador) lo que dirige.
Esta voz ha dado origen a una muy usada en Castellano en los ambientes náuticos, pero ya olvidada, tal que “leman”, equivalente a los “prácticos” o pilotos portuarios encargados del gobierno de los barcos en su arribada y salida de los puertos, como se ve en este facsímil de una Real Orden de 1875.

La obsesión centrífuga de los académicos de la lengua siempre ha querido ver en estos “lemanes”, la combinación del “man” británico con el también inglés “helm”, rueda del timón alterada a “lem” para dar ”lem man”, timonel, cuando el origen es puramente vasco, sin necesidad de alteraciones: “le ma ena”, literalmente, “el del timón”.
Para el león -en euskera “le hoi”- se dicta en todas partes con seguridad absoluta, que deriva del latín “leo-leonis”, tomado del griego “léon” y sugiriendo que los griegos lo tomaron a su vez del egipcio “labo”: Una cadena de hipótesis sin otro fundamento que epigrafías manipuladas para dar una solución académica. Imagen de portada.
Su nombre vasco, compuesto por “le”, mando, dominio y el adjetivo “hoi”, habitual, lo define como un animal en lo alto de la pirámide; un predador que la literatura de los imperios ha investido de atributos como la nobleza o la valentía, pero que en esencia era una especie felina cazadora de naturaleza cruel, que basaba la estabilidad de su grupo en la capacidad de matar o de intimidar a los que pretendieran sustituirle; un mandón.
“Le-hoi” ha dado en el “leo” latino y griego por aféresis de la “i” final. En el castellano, “oi” se ha transformado en “on” (como en “abioi”, avión, “botoi”, botón, “bastoi”, bastón, “ʤaboi”, jabón, “meloi”, melón, “arratoi”, ratón, etc., dando león, parecido al francés “lion”y al portugués “leâo” y a nadie con conocimientos se le oculta que en pleno Pleistoceno había leones en la costa norte del mediterráneo y hasta en el propio país vasco, como lo atestigua el grabado de un “león de las cavernas” en la pared de “Armintxe” en Lekeitio. Imagen siguiente, no siendo extraño que aquellos antepasados conocieran bien la etología de estos animales antes de animarse a cazarlos.


Pasa algo parecido con la denominación de la ley en euskera, “le ege” (suena “le egue”), formada por “le”, mando, gobierno y “ege”, literalmente, adecuado, funcional, imprescindible para el gobierno; definición impecable de la esencia de la ley, forma que dio la “lex legis” latina y luego, ley y todas las variantes posteriores, ninguna de las cuales es capaz de explicar cabal ni someramente un significado convincente.
Incluso la misteriosa letra que se dice (sin otra opción) venir de la “littera” latina, rasgo, marca, siguiendo la fórmula griega de “grammi”[2], rayas, trazos, no es general y absolutamente aceptada, pues muchos opinan que la letra diferenciada, fonética y sonora en latín se llamaba “elementum”, siendo más creíble que su origen etimológico estuviera en la función de lo que los signos transmiten: “Le dará”, donde “dará” es el traslado, lo llevado y la frase equivale a “transmisión de la orden”, ya que “dará, drá”, tenía ese valor en euskera, quedando finalmente como “le dra, le tra”.
La unidad absoluta de la enseñanza, la lección tampoco vendría de “lectus”, escogido, sino de “le esi”, donde “esi” es educación, enseñanza a través de “le esi oi”, “leción”, entrenamiento, preparación para el gobierno propio (como en león, con evolución de “oi” a “on”).
También es dudoso que lego procediera del “laikos” a través del latín “laicus” (y éste del griego “laikos”, popular), porque los legos no eran del pueblo, sino que estaban enraizados en las órdenes, siendo probable que su denominación se refiriera a la carencia de mando alguno, por ser los últimos del “ranking”; así, del original genérico “le ga”, sin autoridad, las lenguas con diferenciación por géneros como el castellano, hicieron lego para el masculino.
[1] Quizás en alguno de los anteriores a la corriente académica del último medio siglo vea una respuesta breve y tímida entre interrogaciones.
[2] “Gramma” tampoco es griego en origen, sino una frase vasca tal que “garra ma”, lo que produce el arrastre o roce
