Aunque los franceses la llamen “Cors”, los italianos “Córsica” y los griegos “Kallisté”, tengo la sensación de que el nombre más cercano al original es el que usan los españoles: Córcega, que su origen es proto mediterráneo, es decir, “vascoide” y que está relacionado con la dificultad debida a su geografía para establecer itinerarios largos.
La propia metrópoli no tiene idea de lo que significa su nombre, titubeando entre si pudiera ser “lugar boscoso” si la voz fuera fenicia o “promontorio” si griega e incluso, el absurdo “Pecho, daga”, si fuera latina.
Infinidad de veces invadida y otras tantas veces abandonada por los pretendidos ocupantes, la combinación de una orografía imposible, una costa difícil para establecer puertos y la personalidad de los corsos basada en el orgullo de su tradición como forma de supervivencia, la devoción a los linajes familiares y a su lengua y cultura, unida a la imposibilidad de aplicar medios productivos agropecuarios de alta escala, ha devenido en una gran isla poco habitada (ni siquiera 40 habitantes por km²).
Hace un par de años, un amigo filólogo y su esposa, se fueron a recorrer el noroeste de Italia y la isla de Córcega y a su vuelta, no daban crédito a la infinidad de nombres de ciudades, pueblos, aldeas y lugares que “sonaban a vasco”.
Editaron un libro que no tiene desperdicio: Semejanzas con el euskera en Italia y Córcega.

El parecido de los nombres de poblaciones y comarcas de la isla con la toponimia vasca es proverbial, siendo conveniente un estudio sistemático de la “Toponimia Menor” (difícil de conseguir) y el contraste con la “Mayor” de la que hay referencias en la red.
De hecho, hay cierta abundancia en la toponimia española de nombres parecidos a Córcega, como el Alto de Corceja, el de Las Corcicas, el Avenc (cima) de Escorca, Corceiras, Corceras, La Corcetina, La Corcica, la vertiente Paco Corcegalico, la Corsera de Larraburúa, Las Corseras, El Corsé, la Sierra de Corsavell…, todos ellos implicando laderas muy empinadas y abruptas y otros que contienen partes singulares del nombre de la isla, como el Río Cega.
La orografía y condiciones mediterráneas limitan la abundancia de ríos, destacando el Figarella, Golo y Restonica, todos ellos con nombres parecidos en España, como varios Figaredo, Figarelet, Figareo, Figares…, el Golo y los numerosos Golondo, Golosa, Golorons, Penyagolosa, Golonfrina, Golondrino, Golofreu, Golondrón, Golochos, Regal de Golos, Rigololla…; para el Restonica hay menos abundancia, apenas El Restón, La Cresona y Los Crestones.
Otro río es el Taravo que tiene reflejos como Taravil, Taravillas, Taravaus, Taravela, Taravita…
Costa rocosa, hay en ella numerosos aparentes caballos como Punta Cavallata en el golfo de San Florencio, Capo Cavallo…que recuerdan a numerosos “caballos y saltos del caballo” en las costas calizas cantábricas, donde se identificaba “caba” con cueva, caverna y “aya, ayo”, con “roca, gran roca”.

Golfo di Lava, un modelo de los frecuentes indicios de antiguos pantanos en las desembocaduras de los numerosos torrentes, “laba” charca, ciénaga.

Un primer análisis integral de la morfología de la isla y de la “familiaridad” de los nombres con los de la península ibérica y partes de Italia, sugiere que el nombre original pudo ser “korr ze ega”, donde “kor” en vasco, es una modalidad de caminos (entre los que figuran los “cordeles” que recorren las aristas de las cumbres alargadas), “ze” un diminutivo que los condiciona a una dimensión pequeña y “ega” un sufijo adjetival que equivale a “adecuado para” o “limitado a…”.
Así, el nombre de la isla reflejaría la dificultad que presenta para la implantación de corredores a lo largo de sus accidentados valles, indicando que el modelo serían sendas por las cotas altas. Una condición real que ha dificultado la construcción de carreteras hasta que los medios modernos han facilitado el “salto” de barrancos y la perforación de aristas: “Kor ze ega”: Adecuada para pequeños caminos. Mapa de carreteras que evidencia su escasez e imagen de portada de una vía de comunicación corsa a través de la montaña.

