Esta sesión empezó con la Marbella de Málaga, célebre mucho antes de la llegada de Banús y con los afanes por llegar a su significado, tras rechazar la propuesta árabe-andalusí de “Marbal la”, de las más antiguas registradas, que no significa otra cosa que la referencia a un nombre anterior escrito con grafía árabe.
No había nada de “mar” en esta Marbella ni en las otras de Almería, Córdoba, Carmona ni en el afluente Marbella del Guadajoz.
Tampoco parecía haber nada relacionado con la belleza, aunque ya prematuramente y por simple experiencia en miles de topónimos estudiados, parecía posible la referencia a las minas -o canteras- de magnetita que afloraban en algunos peñones de la sierra, de superficie arañada que hicieron famosos sus hornos de hierro. Imagen del siglo XIX del Peñoncillo.

Antes de que comenzara la minería industrial con dinamita y máquinas de vapor, cuando los mineros trabajaban con pico y pala, la gran superficie de roca desnuda compuesta por lentejones de magnetita, anfiboles, gneis y mármoles blancos, mostraba un caleidoscopio de trazos y cuerpos de distintos colores y texturas, debido a los diferentes materiales y a las condiciones de la metamorfosis geológica que habían sufrido, resultando que caras enteras de la montaña parecían haber sido comprimidas y molturadas, quedando expuestas a la vista cuando las partes superficiales se derrumbaban.
El hecho de que “marr” en euskera signifique marca, trazo, raya…, que “me” indique finura o delgadez y “eia” equivalga a comprimido, triturado y en Los Peñoncillos entre Ojen y Marbella se den curiosidades geológicas como la descrita, hace que la posibilidad de un nombre prehistórico tal que “mar me eia”, luego evolucionado hacia los lexemas más frecuentes, pueda haber dado en Marbella.
La existencia de lugares y poblaciones llamados Marmellar (“mar me lar”, el prado de los trazos finos), apoya esa posibilidad, sin perjuicio que una original “beia” referida al suelo, a la superficie, haya podido evolucionar a las formas que se citan a continuación, porque como se razona más adelante, el hecho de que solo en muy pocos de los casos de nombres terminados en “bella, bello, belo, bell, vella, vello, velho” estos complementos puedan aceptarse como referidos a una cuestión estética, sustenta el que tuvieran otro significado.
Por ejemplo, este lugar cerca de Olot, concentra el planteado “beia” (Pla d’en Beia, suelo plano) como original y los alterados “Bianya” y “Bella”.

Hay cerca de trescientos lugares que terminan en “bella”, pero apenas una veintena de Vista Bella, Vistabella, pueden defender que ese final sea un adjetivo que indique belleza.
Con terminación en “bello” sucede algo parecido, si bien su número no llega a un tercio del aparente femenino, así, algún Cerro Bello, Molín o Monte Bello y algún solitario Portobello podrían porfiar por indicar belleza; el resto, no. Para el gallego “belo”, de entre los más de ochenta nombres terminados así, no hay uno solo en que se pueda entender como el adjetivo de la belleza.
En cuanto al catalán “bell”, de entre una cincuentena, apenas Castelbell en Borrás, pudiera entenderse como atributo de belleza.
Si se recuentan los terminados en “vella”, sorprende que casi lleguen a un millar, pero de todos ellos, solo uno en La Rioja (Munivella) y otro en Aragón (Marivella); el resto, el 66% en el entorno gallego, básicamente en el huso 29 y el 33 restante en el Catalán y Valenciano (huso 31), lo que indica su corrección a la ortografía de esas lenguas, donde “vella” significa vieja, pero que la supuesta antigüedad no suele ser un claro atributo; por ejemplo, en Bellavista Vella, un lugar en La Garriga, muy cerca de L’ Abella, la redundancia se hace sospechosa.
Con final “vello”, los cuatrocientos lugares que lo exhiben están en el entorno gallego, coincidiendo con su expresión en esa lengua y los más de setecientos que lo hacen con “vell”, están en el entorno catalán y valenciano, pero en ambos casos hay infinidad de incoherencias si ese morfema fuera el adjetivo que indicara vejez.
Con final “vieja”, el número se dispara a casi mil novecientos; algunos incoherentes, como Cerro Arrascavieja, Juanvieja, La Unvieja o río Cantavieja, pero muchos otros -sobre todo los compuestos-, en los que la otra parte es la interesante, como en el Teso de la Vieja, merecen ser analizados, porque pudieran esconder mensajes como “lapi etza”, alterado a “labiexa” y “la vieja”, con el significado de pizarral tumbado (“etza”, raíz de echar, tumbado) o de buzamiento horizontal, una disposición adecuada para extraer lajas a mano, pero que los sistemas mecánicos han rechazado, prefiriendo la estratificación vertical, como se ve en la siguiente imagen.

Para complicar las cosas, la persistencia de más de un centenar de sitios que acaban con “eya, ieya”, especialmente en Asturias, obligan a situar otro origen cercano a “eja, ieja”, pero no ligados a vejez alguna, sino a la trituración de las rocas aflorantes.
Por algún motivo, las terminaciones en “viejo” no son tan numerosas; muchas, neologismos, nombres recientes o históricos, pero igualmente incoherentes en su gran mayoría, como Cerro Viejo, Cura Viejo, Calzaviejo, Hierroviejo o Murió el Viejo…
Como principal resumen, ni la mayor parte de las bellas, bellos y variantes se refieren a belleza ni -excepcionando edificios, construcciones y algunos lugares con funcionalidades concretas- los viejos y viejas lo hacen a la antigüedad. Imagen de portada, Bustarviejo (supuesta dehesa boyal antigua).
La búsqueda de los verdaderos significados es un desafío agotador pero desafiante.
