- A un ritmo parecido al que iba desapareciendo la Euskadi rural, la de caseríos, serrerías, txakolíes bajo parras, carros de vacas por las carreteras y “pruebas de bueyes” en cada anteiglesia, la cadencia a la que las ciudades y las poblaciones grandes, las academias y sociedades arrebataban los testigos de la cultura tradicional vasca y del euskera, se ha ido implantando una corriente popular de rechazo a los juegos y corridas con reses bravas, no tanto por la aparente brutalidad de algunos de sus momentos, sino por considerarla exógena, por ser una muestra de la “degradante cultura española heredera del imperio romano” de la que era urgente renegar.

Contra la idea de que todo era extranjero, en este ensayo se aporta una muestra de cómo gran parte de la terminología que se maneja en la tauromaquia, es de origen vasco y que cada vez es más evidente que la “historia oficial” puede ser corregida por disciplinas -tan- aparentemente inocentes, como la Etimología:
Toro, abanto, acicate, aviso, burladero, becerro, buey, capa, citar, corrida, coso, cuerno, dehesa, derribar, estoque, jaula, lance, latigazo, lidia, monosabio, morlaco, muleta, olé, peón, rejón, toro, traje de luces, yegua… y muchas más, son voces de origen vasco relacionadas íntimamente con el toro.
Los que hemos vivido muchos años tenemos más probabilidad que los jóvenes de haber observado fenómenos y comportamientos sociales diversos, unos lógicos, otros absurdos, pero todos ellos didácticos.
La que se llama “fiesta de los toros” en España, Portugal, Sur de Francia y algunas islas, es un resto prehistórico de una cultura extinguida, que muchos ahora ni imaginan ni comprenden y que –por tanto- está sometida a los vaivenes de la política y a los caprichos de los intereses de cada momento. Imagen de portada, La Tauromaquia de Goya.
Primero, las memorias: Mis recuerdos de niño estaban más a favor de “aita” (que nos decía que era un “vestigio de barbarie”) que de “ama”, (que nacida en el entorno rural de Matxitxako, de joven vivió en Madrid y la invitaron “a los toros” entre piropos y agasajos) por lo que lo narraba de otra manera.
“Aita”, culto, teórico y soñador nos aseguraba en los años cincuenta, que algún día seríamos como Noruega, que los políticos pasearían por las calles sin protección, se prohibirían los toros y el mundo disfrutaría de libertad y abundancia. Más adelante, desaparecido el dictador, cuando le contaba que en mi trabajo siguiendo grandes líneas eléctricas había visto docenas de dehesas donde toros y vacas bravas sesteaban y también, como contraste, enormes granjas donde no había sementales y las vacas lecheras eran fertilizadas con una jeringa de cristal y tras criar tres veces eran sacrificadas sin haber visto el cielo, moderó sus líneas argumentales y me comentó al oído que creía que la lidia era voz vasca.
Tenía razón.
Los sabios que lo son en base a leerse de cabo a rabo mil libros como el de Petete y no por razonar y ser críticos, nos dicen que el nombre del toreo procede de la época de los Hititas y -en concreto- de la zona occidental de Turquía llamada “Lydia” en latín. A nadie le importa el tema y como son voces similares así queda escrito y repetido por una caterva de necios que viven del caldo gordo.

¿Qué relación tiene un antiguo imperio con el toreo y qué motivos habría para llamar así a la lidia en lugar de hacerlo como los lidios lo llamaran si hubiera sido cierto que se inventó allí?
No hay relación; en cambio, el análisis del euskera junto a informaciones cada vez más reveladoras como los restos de uros de hace hasta 10.000 años encontrados en varios lugares de España, apuntan a que pudo ser una actividad muy extendida (puesto que las poblaciones pastoras eran muy dinámicas), pero aquí, hay casi certeza de que se practicó profusamente.
Es necesario comenzar este análisis por la primera voz de la lista: “Toro”, que en todas las bibliografías disponibles se hace proceder del “taurus” latino, originada – ¿cómo no? – en una raíz indoeuropea, tal que “tauro” que los griegos adoptaron como “taûros”.
Asunto resuelto.
Se suele completar esa información, diciendo que Cesar en sus crónicas sobre las guerras de las Galias y concretamente sobre las selvas Hercinianas, cita que los celtas hablaban de grandes toros salvajes “qui uri apellantur”, más grandes que los bueyes y más pequeños que los elefantes, animales de los que no hay noticias fidedignas, pero se considera que vivieron en Dinamarca y Polonia hasta el siglo XVII, siendo la primera imagen disponible, la conseguida hace más de dos siglos por el zoólogo Charles Hamilton Smith, a cuyo pie figuraba “thur”, toro en polaco y que fue aceptada generalmente como el “urus”, que los germánicos relacionaban con los “aurchs”, que suena igual.
Imagen que adquirió C.H. Smith.

Con el último uro muerto en 1627, se cerró la historia zoológica y antropológica de este soberbio animal, pero si buscan “Toros y uros” en Eukele.com, podrán contrastar los visos de realidad que tienen las explicaciones sobre el largo proceso de una extinción y el surgimiento paralelo de una nueva “variedad”, el toro, nacido de “to”, pequeño, menor y “uro” el gran macho original.
La gran labor de restauración de una de las pinturas en el abrigo de Villar del Humo nos regala no solo una imagen dinámica de un uro en ataque, sino la de un bravo torero con un artefacto en sus manos y con una erección total que era la demostración de arrojo y bravura[1].


Inmediatamente hay que seguir con la “lidia”, posible contracción (y pérdida de la vocal inicial por aféresis) de “il idia”, la matanza (“il”) del novillo (“idi”), por mucho que en el euskera común y aún en el académico, “idi” sea tomado como buey, porque a veces los idiomas son portadores de aberraciones enquistadas que deben ser estudiadas.
Que el euskera necesita “un meneo” y que hay que sacudir de las instituciones a los mediocres que chupan recursos y esconden las propuestas revolucionarias en los oscuros cajones de sus oficinas, es una evidencia que cuesta instaurar, pero que se hará fuerte al ritmo que la IA llegue a ahondar en el euskera.
Al toro se le llama actualmente “zezena” y al buey, “idia”, pero ambos nombres están invertidos como otros muchos, víctimas de la degradación de nuestra lengua que lleva –quizás- tres mil años perdiendo vigor.
“Sekatú”[2] es la acción de seccionar algo, de cortarlo transversalmente, voz que se origina en “sé”, menudo, cortado y que el Latín copió en su “secare”[3] y “ená” es el genitivo, así que “sek ená”, donde la “k” se ha sonorizado a “z”, como es muy frecuente, viene a decir que estamos hablando de un animal “capado”, al que se la seccionado el epidídimo y con el corte ha perdido la bravura y su interés por las vacas, pasando a ser durante milenios el petróleo que movió el mundo, un animal mucho más importante que caballos y yeguas: El buey.
Buey, cuya etimología oficial partiendo de “bos-bovis” (“buey, vaca”, que nada significan) no se comparte, porque se considera que, siendo el nombre original del bóvido castrado el citado arriba, “zek ena”, era simultaneado con el funcional basado en su enorme fuerza de tiro o empuje instantánea: “bu eix”, donde “bu” es el tiro y “eix” la inmediatez.
En cambio, “idi”, era el toro o becerro entero, como aún se llama (“idiko”, torito) en algunos lugares de Iparralde.
Motivos y proceso por los que se ha producido esta permuta… ¡A saber!, el caso es que la lidia actual, procedente de “il idia”, define una actividad histórica esencial, la matanza del toro, del garañón que protege a las vacas de un grupo y a sus terneros, recentales que así quedaban desamparados y eran fácil presa de los grupos de pastores y cazadores, con lo que había fiesta y carne a la brasa para todos.
“Abanto” tiene varias acepciones, pero una de ellas es del mundo de la tauromaquia y se refiere al toro que al salir a la plaza se muestra temeroso y huidizo: en lugar de ir al centro y desafiar, se arrima a las tablas… La explicación desde el vascuence es inmediata: “Abaindu” es acobardarse, entregarse…
“Aviso”, la llamada de atención del alcaide de la corrida por carencias reiteradas respecto al reglamento se suele dar por originado en la expresión latina “ad visum” (a la vista), sin que nadie pueda concluir la relación entre un aviso y lo que está a la vista…
Esta voz es una frase en euskera, compuesta por “abo”, boca e “itza”, palabra, mensaje; refiriéndose a una mención explícita de viva voz, la original “avisa” que, en el castellano, lengua con género dio también en “aviso”.
El becerro, macho de los bóvidos al que aún no se le manifiestan los caracteres adultos, se explica por los sabios como originado en el latín vulgar, (ese que no existió), “Ibex” (cabra) más el sufijo “rro”, que no saben explicar… Sin embargo, su explicación es inmediata a partir de “bei”, bóvido genérico, completado con el sustantivo “zerra”, trozo, parte, elemento incompleto, haciendo “beizerra” y luego tomando género para dar “becerro”.
El burladero se inspira en la burla, sistema para superar o engañar a alguien, voz que solo se usa en algunas lenguas ibéricas y los latinistas se empeñan en sacar del latín vulgar “burra”, lana basta sin que nadie alcance a saber que relación hay entre una acción inteligente para cambiar el destino inmediato y un manojo de borra…
“Bur” es la apócope de la cabeza en euskera, con el significado de inteligencia y “lee”, el mando o dominio, así que “burlé” como se dice en esta lengua, describe con claridad que se ha aplicado con éxito un engaño; en este caso el del toro que perseguía al torero.

La capa, que se explica en los diccionarios como una voz del latín medieval o tardío “cappa”, una capucha que se extendía por la espalda y que tenía su origen en la cabeza o “caput” latinos, no es -obviamente- la prenda con que se distraía a los toros prehistóricos para fatigarlos y desmoralizarlos, porque ese arte a medias entre caza y doma, ya se practicaba milenios antes de que hubiera imperios y de que los telares tejieran mantas, valiéndose de pieles curtidas muy flexibles.
En efecto, en euskera, “kapa”, es tanto una tela grosera, como “kapar” es sinónimo de engaño, seducción, trampeo…, siendo éste el nombre de la piel con que se engañaba al astado violento o a la vaquilla con que se entrenaban los jóvenes.
Lo mismo hay que decir del “citar” o reclamar la atención del toro, que no tiene nada que ver con el “cito” latino, pronto, rápido, sino con “txit”, sonido explosivo que el animal distingue entre los del entorno y se arranca hacia el torero. Y que aún hoy en día se usa con la misma forma o con la variante “chist”.
La corrida ni el correr son patrimoniales de latín “curro, cucurri, cursum”, porque el euskera tiene su “korri” muy cercano al correr, forma acelerada del “ibili” e infinidad de derivados que describen caminos y lugares propensos a las correrías. La corrida no es la exhibición en el coso o plaza (que tampoco deriva de “cursus”), sino de “go- oso”, “ko-oso”, todo elevado, cerco de piedra en los casos importantes, que se hallaba al final de un largo pasillo de difícil escapatoria al que se conducían mediante fuego, gritos y seguimiento con caballería, los toros o novillos que iban a ser toreados.
Lo mismo hay que decir del cuerno, cuya etimología no deriva del latín “cornus” que carece de explicación ni se origina en el supuesto indoeuropeo “*ker”, punto alto, sino que es explicado por el euskera “ku erna”, donde “ku” señala su forma puntiaguda y “erna” el que es viva y crece; esto es, puntas que crecen.

La dehesa, esa maravilla extensa del “bosque mediterráneo aclarado por siglos de sabiduría”, con sus encinas, alcornoques, fresnos y choperas, con sus matorrales y jaras, con sus pastos frescos, pozas y manantiales, es el lugar donde los rebaños de toros y vacas bravas viven felizmente hasta los cuatro o cinco años -ellos- y varios años más, las hembras, está registrada como “defesa” en textos medievales y de ahí han concluido los doctores, que procede del latín “defensa”, significando defensa y venganza, pero interpretando que eran zonas “defendidas” del uso público, cuando su función era la inversa, la de ser accesibles a los ganados que por paso, estancias breves por mercados, etc., necesitaban un lugar público con sombra y agua donde pasar un tiempo.
Las más conocidas, las dehesas boyales, han funcionado hasta los años sesenta del siglo XX y su nombre procede del euskera “debe eza”, literalmente lo no prohibido (“debe”, prohibición, “eza” lo no…), voz, donde la “b” ha mutado a “f” para dar “defesa”, pero la supuesta “n” de defensa, no ha existido jamás.
Imagen de dehesa boyal con fresnos, transformada en parque público.

Siguiendo con palabras de uso muy frecuente en la tauromaquia, “derribar”, o hacer caer a un toro trabándolo con la vara para aplicarle alguna inspección medida sanitaria o de reconocimiento, se suele admitir como originada en el latín tardío (ese que no existió), “deripâre”, entendiéndose como “caer en un ribazo”.
Esta explicación, como miles de otras similares es un fraude a la verdad; “deripâre” no aparece en los diccionarios ni significa que caigas en un ribazo; es un exceso sistemático de los lingüistas que se creen que todo viene del latín y que ellos tienen derecho a inventarse lo que quieran, seguros de que nadie descubrirá su “pufo”. “Derri” es un adjetivo vasco que significa inevitable, irremisible, que va a suceder y “bæ” es el suelo, la parte baja: Vas a caer.

El estoque, la espada de matar es un utensilio de la era de los metales, pero que, probablemente remeda la forma de otro anterior realizado en madera endurecida al fuego. La característica diferencial del estoque respecto a la espada es doble: Por una parte, ha de ser muy aguzado y de pequeña sección porque su destino es penetrar en el tórax del animal esquivando las costillas y por otra, ha de tener una marcada curvatura para poder hacer puntería a un lado del espinazo y penetrar en el corazón y los pulmones.
Se nos dice que procede del holandés moderno “stoken”, clavar, pero es dudoso que una voz registrada en castellano en el siglo XIII, en un país que se toreaba desde tiempos inmemoriales, usara una forma tan indefinida para la herramienta principal.
“Estu” en euskera equivale a estrecho, de anchura reducida y “oke” es el cambio de dirección o curvatura de una pieza o superficie (como el pantoque de los barcos, lugar donde el forro pasa de vertical a horizontal), así que “estu oke” canta, delgado y curvado, vista plana y de canto de un estoque

Tampoco la jaula deriva del francés “geôle”, derivada del latín “caveola”, cavidad, sino del euskera “txa” construcción, edificio, más “aul a”, inconsistente, por estar formada no por paredes, sino por barrotes.
Con el lance, pasa lo mismo, porque se origina en “lantza”, voz testimoniada por Varrón como hispana y que los latinos copiaron como “lancea” que el portador no soltaba, muy distinta de sus “pilum” cuyo destino era ser lanzados.
Idem sobre el látigo, que no se sabe explicar, porque los sabios ignoran que en euskera, “lat a” es un sonido monocorde, cansino, e “igu” equivale a odioso; chasquido de una décima de segundo que el látigo hace al restallar y que para los animales es insoportable; peor que el latigazo en la grupa.
Para los “monosabios”, peones que apoyan al picador, se hace viral la explicación más estúpida; una que se cita hasta con fechas y pone nombre a los valientes oficiales que llegan al límite más cercano al toro y que los bautiza como “monos sabios” por vestir de forma parecida a los micos de un espectáculo en el Café Cervantes mediado el siglo XIX que divertían con sus monadas…
“Mun” es lo apurado hasta el límite y “osabia” es una terminología para los ayudantes o elementos complementarios en alguna actividad: “Mun osabia”, los que se arriesgan ayudando al límite, como en la imagen.

Morlaco es otro adjetivo muy usado en el ambiente toril, con el que se designa a animales de porte imponente. Su origen no tiene nada que ver con el italiano “morlacco”, hombre rústico originario de Morlaquia (Dalmacia), que no aparece en los diccionarios, sino al euskera sencillo, “mur lako”: Semejante a un muro.
En cuanto a la muleta, no hay explicaciones convincentes aparte de que se explique como “bastón” o “apoyo”, pero que, en euskera, lo más parecido es “muletoi”, que se refiere a un bayetón, a una pieza de paño mayor que la bayeta, pero mucho menor que la capa, en la que se enrosca el estoque.
“Olé” es -probablemente- la voz más importante del toreo, que los sabios dudan si asignarla al árabe (Alá), al griego “ololyzein” o a la creación expresiva “hala”…
Así andan nuestros sabios porque desconocen que, en euskera “olez” con admiración, equivale a épico, meritorio, digno de ser cantado. Parece que esta forma fue entendida por el castellano como un plural y se consolidó la repetición “olé, olé y olé”, como equivalente.
El modesto peón, tampoco se cree originario del “pes, pedis” latino, sino de la forma vasca “pe oi”, literalmente, acostumbrado, de hábito en lo bajo (“bæ, pæ” “ohi”), forma esta última que se muda a “on”.
Para entender el rejón, hay que irse a la reja, antigua “har exa” o cuña de piedra a fijar en la punta del arado, pero posteriormente barra de hierro forjado que se usaba como moneda para pago a los monasterios, de la que la “arrexa” superviviente, perdió la “a” por aféresis y hacia finales de la edad Media, la “x” se hizo “j”, quedando reja y su derivado, rejón.
Ridícula como multitud de otras explicaciones hipercultas, es que el traje, la indumentaria para un determinado momento, se explique desde el verbo latino “traho traxi tractum”, arrastrar, en lugar de hacerlo del euskera “tra axe”, donde “tra” es el lienzo o paño tejido y “axe” indica elegancia, distinción.
Para las yeguas del arrastre del toro corrido, se insiste desde hace siglos en que es un derivado (¿cuál?) del “Equus” latino; error histórico para cuya corrección hay que irse a la prehistoria y saber que nuestros antepasados nómadas se valían de las yeguas – a diferencia de otras hembras-, como elemento primordial para la logística, para el desplazamiento, sin perjuicio de que se aprovechara su leche y se sacrificaran los potros machos como alimento: “ie” es el trayecto y “kua”, lo que corresponde.
Yegua, la de los viajes.
[1] En efecto, “barra” (apócope de “barrabillak”) es una de las denominaciones de los testículos o cojones y “bo” equivale a “sí”, es la afirmación: “barra bo”: ¡Tiene cojones!
[2] Íntimamente relacionado con el segar y el seccionar.
[3] Voz que se alterna con “amputo, redo, scindo, obscido, proecido….”, algunas de ellas también tomadas del euskera.
