Esta palabra no aparece en los diccionarios hasta finales del siglo XVIII y lo hace -quizás- con la primera crítica a la moda caprichosa y consuntiva que, si entonces ya detectaban los ilustrados su perjuicio, hoy en día es uno de los tres principales males que deterioran el mundo[1] y crece de forma imparable:

De entre todas las formas que sugiere Terreros, el abanico de lamas deslizantes acabó venciendo a todos los demás y otras formas desaparecieron del mercado y del recuerdo, quedando este como modelo perdurable, que los encargados eclesiásticos de mantener el latín en la UCI a base de neologismos bautizaron como “flabellum”.

En lo que a etimología se refiere, los sabios españoles, miran por una vez a Portugal y juran que “avano” era el nombre inicial de los abanicos en la lengua de Camoens y que de ahí pasó a “abano” y a su diminutivo “abanico”, dejando sentado que “avano” procede del latín “vannus”, una criba o zaranda que usaban los agricultores para tamizar el grano y quitar arena, polvo y materias volanderas…
Pero los postulados no sirven sin comprobaciones y los portugueses dicen esto del avano: “Rede de malhas estreitas, em forma de bolsa, fixada a um semicírculo provido de cabo e destinada principalmente à pesca do camarão”, así que ya dirá el lector donde está la semejanza formal o funcional entre una red para quisquillas y un abanico artístico o -si se acepta la fuente latina-, de una criba y un abanico…

No ha sido por ahí por donde al modelo plegable de pai-pai, flabelo o ventalle le vino su nombre contundente que desplazó a todos los demás, sino por la grandiosa idea de elaborar su semicírculo a base de finas lamas de madera, ballena o marfil que sujetas por un buloncillo metálico en uno de sus extremos y que, con un movimiento hábil, las lamas superpuestas se extendían, mostrando una tela continua entre ellas.

Así, una aparente vara de poco más de un palmo se transformaba en una superficie que enérgicamente agitada se extendía como la cola de un pavo real y enviaba frescor al cuello y la cara de las sofocadas señoras de la corte.
“Laban” es un adjetivo vasco que significa “deslizante” y que con la adición de “du”, se transforma en el verbo resbalar, deslizar, lo que hacen la docena (a veces veintena) de lamas, cada una sobre la anterior y posterior. “Laban eiko” no significa otra cosa que “el deslizante” y -al igual que en cientos de otros casos-, la creencia de que la “la” inicial era un artículo apósito (la, ó l’), la actitud económica del pueblo se la retiró y los sabios de “copia y cita” se quedaron sin historia con que cebar sus diccionarios.
Además de en el abanico, el rastro de “laban” se encuentra en las navajas plegables, avance notable (que no inventaron los suizos, sino los herreros vascos) y que en euskera aún se llama “labaiña” (la que se pliega).
[1] El urbanismo desaforado, el progresismo proyectado en la tecnología y la moda.
