La etimología de este nombre apenas merece una explicación en los diccionarios, que -simplemente- dicen, “del latín ericius”, debiendo imaginarse el lector, que lo relacionan con “erigo”, construir, levantar y que esto viene de que eriza sus púas cuando le atacan. Imagen de portada.
No se puede negar que así fuera, pero no es lo importante que las erice o las tumbe, sino que esos pelos transformados en agudos pinchos de queratina se clavan en las manos, patas u hocico de quien lo toque y estando -como están- completamente contaminados con una capa microbiana que se adhiere a la mucosidad con que ellos mismos las impregnan (siguiente imagen), es casi seguro que la herida se encona y puede generar dolor y complicaciones.

Su nombre es muy parecido en catalán, francés, gallego, portugués e incluso en italiano y rumano (“riccio” y “arici” respectivamente), pero muy diferente en griego, en lenguas germánicas y en las védicas, haciendo razonable que un nombre de este tipo fuera el que se le diera en la Europa suroccidental.
¿Cómo se llama en euskera?… tiene hasta media docena de nombres, desde “triku” hasta “sarloi”, “sarroi”, “otatu”, pasando por “kirikolatz”, “kirikiño”… según las comarcas, todos los cuales llevan algún mensaje coherente que va desde “denso, apretado”, “pinchador”, “ponzoñoso”, “argomoso”… hasta la propiedad de “aovillarse” haciéndose una bola, pero no está el nombre esencial, el que debía llevar desde la más remota antigüedad el mensaje de peligrosidad a pesar de su apariencia bonachona; un nombre que lo aplican varias de nuestras lenguas cercanas: “Eri djo” (“eriʤio”), donde “eri” es daño, herida, enfermedad y “djo” es la inmediatez, el efecto sin apenas darte cuenta; un aviso importante sobre todo para los niños que durante milenios de Prehistoria, deambulaban curiosos por los entornos de los campamentos y se podían encontrar con erizos.
Ha sucedido con frecuencia en el euskera, que, disponiendo de acepciones certeras, breves y sonoras para ciertos sustantivos, verbos y adjetivos, aquéllas han dejado de usarse por los parlantes de esa lengua, cuando otras vecinas las adquirían y las hacían comunes.
Este fenómeno regresivo ha complicado la etimología tradicional, pero hoy no es un problema serio, porque en un momento se puede disponer no solo de las acepciones de vocablos en docenas de lenguas, sino lo que en estos últimos siglos los etimologistas han escrito en cada una de ellas, siendo el euskera o vascuence, la única herramienta que puede responder a casi todas las variantes.
Aparte del erizo que no es roedor y pertenece a la familia de los Erinácidos, hay en el “viejo mundo” algunas variedades de puerco espín, que sí son roedores (de la familia Hystricidae) y son con frecuencia confundidos con los erizos, aunque sus diferencias son numerosas. En estos, su nombre se suele explicar como combinación del “porcus” latino, cerdo y de espina (por sus pinchos), tomada del latín “spina”, voz que los etimologistas emparentan con una forma imaginaria del indoeuropeo, tal que “*spei” que significaría punta.
En otro artículo de Eukele.com sobre el cerdo y sus nombres, ya se explicó que porcus procedía del euskera “phu erg a”, o “de pedo fácil”. Asimismo, la espina no es una voz latina, sino vasca y formada por dos elementos “hæz”, hueso, elemento óseo y “phin”, delgado, aguzado. Imagen siguiente.

