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Los caminos del mar y de otras aguas.

Para la gente que vivimos en las zonas templadas del globo, es poco menos que imposible imaginarse el mundo de hace veinte, treinta o cien mil años en lo que a la lucha y dominio de las tierras y las aguas se refiere, porque hace ya muchos siglos que -aparte de a la guerra-, los mayores esfuerzos de la humanidad se han dedicado a canalizar y ordenar los ríos, a desecar las tierras pantanosas, a hacer puertos y a rellenar las orillas del mar combatiendo a mareas y temporales y esta es la tierra que conocemos.

Milenios de duros trabajos han llenado la corteza de la tierra de presas, diques, canales, puentes, túneles y zanjas, carreteras, aeropuertos y ferrocarriles que, junto a la agricultura y selvicultura, han alterado drásticamente los equilibrios originales entre tierras y aguas, haciendo desaparecer la mayor parte de los entornos donde unas y otras pugnaban por reinar, resultando que la intervención humana ha favorecido casi siempre a generación de nuevas tierras a costa de mares, ríos y lagos.

Aparente excepción son los embalses, pero hay que comparar en cada caso las tierras anegadas con las “liberadas” aguas-abajo.

Si difícil es imaginarse aquella corteza cuajada de pantanos en las temporadas de lluvia, igual de difícil es crear en la imaginación ríos impetuosos que tardaban meses en dejase cruzar u otros menos violentos pero que apenas ofrecían un estiaje de respiro…Casi todos los antepasados nómadas tenían un contacto frecuente con el agua, así que no es de extrañar que -desde muy antiguo- trataran de ayudarse de instrumentos para flotar y de usarla para transportar e incluso de canalizarla para secar unos lugares y empapar otros. El euskera nos puede ayudar a explicar los numerosos indicios.

Imagen de aguas someras temporales y su atractivo para algunas aves.

Aunque casi todas las inmensas estepas, campiñas y laderas de Afroeurasia se han transformado en tierras de cultivo, aún quedan restos suficientes que nos dicen que antaño y durante cientos de milenios, los movimientos de gigantescas manadas de rumiantes y de los predadores y parásitos que los perseguían estuvieron tan condicionados por el clima, como por el estado de tierras y ríos, así que nuestros ancestros cazadores -que pronto aprendieron las claves del pastoreo-, supieron cómo seguir aquellas sendas y a leer en diversas señales el estado ambiental y trófico de los entornos cercanos y a comprender y prever las incidencias de la meteorología.

Es seguro que miles de horas de observación los llevaron a copiar de lo que hacían los animales más avezados sobre cuando cruzar un pantano o vadear[1] un río para evitar riesgos inútiles. En esas largas horas no sería raro ver con cierta frecuencia grandes animales muertos flotando con sus vientres hinchados, lo que debió de servir de idea a diversas tribus y pueblos, como estos punjabíes de la siguiente imagen del siglo XIX, que cargan con sus “mussacks”[2] para cruzar el río Beas.

 

En los entornos costeros y de grandes lagos, donde se veían tierras en frente, la observación de cetáceos que las cruzaban y de aves que volaban contra el viento, debió de ser una provocación (o al menos una invitación) a emularlas y cruzar brazos de mar, no siendo arriesgado pensar que se improvisaron las primeras balsas, uniendo los pellejos inflados con parrillas de varas como en la almadía de la imagen siguiente, de uso en China hasta hace sesenta años.

Los acuerdos surgidos desde el siglo XVIII entre arqueólogos, coleccionistas y antropólogos, para “redondear” una forma de vida que les satisficiera, llevó a plantear un esquema dinámico elemental para las primeras poblaciones de homínidos[3], que apenas se ha discutido, pero que los continuos descubrimientos están saturando de incongruencias.

En la siguiente imagen se representa el núcleo científicamente aceptado de nacimiento de los humanos “sapiens” y los itinerarios fundamentales que han hecho estudiar a generaciones de escolares. Modelo incapaz de explicar la presencia en Atapuerca de restos de “Antecessor” de 800.000 años y de numerosas y continuas intrigas, modelo que hace agua por todas partes.

En tal esquema se propone África meridional hace entre 2 y 2,5 millones de años como cuna de los sapiens, a los que hace -tan solo- doscientos mil años les dio por abandonar su biotopo original y partir “por tierra” a explorar el mundo.

Para ese modelo, el paso hacia Asia y Europa, fue por el Sinaí hacia Irak, Kazakstán y Anatolia hace unos cien mil, hacia Europa Occidental, Australia y Siberia, entre veinte y cincuenta mil y hacia América por Bering, hace solo quince mil. Imagen de portada.

Este esbozo se construía sobre infinidad de limitaciones para aquellos humanos, quizás la más importante (reflejo de las propias carencias de los investigadores), que se descartaba absolutamente la capacidad de navegació y al mismo tiempo atribuía a ciencias como la arqueología, potenciales que no tiene; así, si no se habían encontrado indicios enterrados de aquellas migraciones en otros itinerarios, se concluía prematuramente, que no habían existido.

Los sabios comenzaron trazando un itinerario de los humanos en su evasión de África, pegado a la costa oriental, lo que -seguramente es acertado, porque cerca del mar hay muchos recursos y los accidentes no suelen ser tan peraltados; así, deambularían por Tanzania, Kenia, Somalia y Etiopía… Pasarían por Jibuti y tras observar durante días la costa de Yemen y el morro volcánico de Perim, unos milenios unido a tierra y otros, siendo una isla, seguirían su camino hacia el norte por Eritrea, Sudan y Egipto hasta llegar al mediterráneo y dividirse en dos ramas, una hacia el Sinaí e Israel y otra hacia Libia.

Primer error de método:

Tener una idea firme e inalterable de que los antiguos temían cruzar masas de agua; así, aunque desde Jibuti distinguieran perfectamente el cabo de Murad y las costas de los mares Índico y Rojo, a nadie se le ocurría que ese podía ser un lugar de paso mediante una moderada navegación de menos de una jornada.

¡Nadie ha relacionado los nombres de Yemen y Jibuti con cuitas que surgen en las migraciones!

Pero un simple vistazo al euskera sugiere que “ie men” significa “el itinerario, el cruce, el paso verdadero” y nada tiene que ver con la explicación árabe de consumo que dice que “yamnt” significa “la derecha”. De forma parecida se explica Jibuti, diciendo que en lengua Afar, viene a decir “mi llanura” (“yi booxal”), pero que el euskera “xib uti” sugiere una frase relativamente humorística que -mas o menos- dice: “horrible chapuzón”, quizás una reminiscencia del desafío que tenían que resolver los emigrantes si decidían subir a las balsas.

Este paso y la continuación por la costa Sur de la península arábiga (lo que durante milenios se ha llamado Arabia Félix”) hacia Irán e India, es un itinerario mucho más agradable y llevadero que el de la costa occidental del Mar Rojo.

El camino que se dirige a Oman (dicen que se deriva de “amün”, equivalente a sedentarios, pero que en euskera puede entenderse como “oma an”, el gran collado, foto siguiente) y que se interrumpe al llegar al “cuerno” de Ormuz, lugar que no debe su nombre a la minúscula isla de Ormuz, apelación que los persas dicen que viene del dios zoroastrino “Ahuramazda”, mal pronunciado, pero que en euskera dice claramente “Morro, cabo elevado”, como se ve en la segunda imagen.

Volviendo al ramal que llegaba al Mediterráneo; durante muchas jornadas debían ver al atardecer las montañas del Sinaí doradas por el sol, siendo posible que ya las llamaran así, pero que nadie sabe si hacer caso a que hacían mención al dios Sin de Mesopotamia o a una frase hebraica relacionada con “sneh”, zarza (por la zarza del Éxodo que ardía sin consumirse, en realidad una surgencia de metano…) pero que el euskera explica mejor, según “sin”, juramento; “ai”, peñas; quizá las peñas de la otra margen que querían alcanzar y cuyo brazo de mar aún no se mostraba benigno para ser atravesado.

Si se llegaba al final, había que decidir entre la marcha hacia hacia Gaza y Siria, que suponía un desierto salado y con pocos recursos y la opción a poniente, casi peor, porque se enfrentaba a cientos de miles de kilómetros cuadrados de marjales de la desembocadura del Nilo, múltiples saltos de masas de agua que había que resolver -quizás durante meses- para llegar a la laguna que luego llamarían “Mareotis” y poder seguir explorando la costa hacia Libia.

Aunque no hay ni es fácil que haya en esta zona de delta registros arqueológicos por haberse colmatado las tierras y sumergido muchos metros la costa, es probable que hace un cuarto de millón de años ya hubiera asentamientos de pescadores, cazadores y agricultores en esta zona y que la tolerancia a los viajeros pobres no sería buena…

Siguiendo la costa oriental de Arabia, Barhein, (que mayoritariamente se escribe Barhayn) es el nombre de una isla que los árabes lo dan por suyo porque dicen que en su idioma significa “dos mares” (en realidad, dos mares, suena “bujaran”), pero no hay nada relacionable con dos mares en el Bahrayn actual ni en el que figura en algunos mapas del siglo XVII, donde su territorio peninsular es considerable.

En cambio, sus dunas son un gran reclamo turístico y es posible que hace miles de años estuviera unida por una gran barra de arena a la península de la costa occidental de Qatar (la profundidad es de apenas 5 metros), que las grandes dunas fósiles de la isla actual tuvieran continuidad hacia el continente, lo que hubiera podido dar lugar al nombre “bar a in”, esto es, la gran barra, a partir de “bar”, brazo de arena o sedimentos, barra e “in”, grande. Esquema siguiente.

Además, en crónicas acadias se dice que en Bahrein vivían los “til mun”, un pueblo civilizado, cuya lectura en euskera, a partir de “til”, alto, elevado, colgante y “mun”, duna, los describiría como los de la alta duna.

Imagen de una duna semi fósil actual.

Pasando al Mediterráneo, hay que ver cartografía de detalle de Siria (que los estudiosos citan como Assyria), para constatar la gran densidad de ríos, arroyos y torrentes cortos que tiene la vertiente mediterránea de Jabal an Nusayriya, surcos que -como dientes de una cremallera- vi

sten su cadena montañosa costera… El radical “xiri” en Euskera, se refiere a un conjunto resbaladeros en pendiente de formas y manifestaciones que van desde las independientes a las alargadas y ramificadas, pequeñas gargantas y valles acanalados… de forma que “xiri a” responde a una estructura superficial muy dendriforme de la hidrografía en su costa, como la que se aprecia en el mapa adjunto.

Los lagos tienen material para un capítulo entero, pero aquí solo se va a hacer una rápida mención al Baikal del que nadie osa proponer una etimología más allá de sugerir que “baygal” es una voz buriata muy antigua.

Nuestros antepasados sabían más que muchos oceanógrafos y limnólogos, habían sido capaces de navegarlo y sondarlo completamente para certificar que era el más profundo de los conocidos y eso dice su nombre, “bai kalá”, algo así como “profundo con seguridad”. Ha habido que esperar al Siglo XX para que los batiscafos rusos certificaran que los 1600 metros de profundidad de este lago, lo hacen el más profundo del mundo: Los pastores de hace milenios sabían navegar y construir escandallos para grandes profundidades y cabos o cordeles que aguantaran tal profundidad…

Imagen del corte del Lago Baikal frente a los Grandes Lagos americanos.

Islas

Chipre. La distancia actual de Turquía a Chipre es de unos ochenta kilómetros, pero hace doce mil años, con el mar más bajo, pudo ser de solo sesenta y ser fácilmente visible.

Hay certeza de que ya estuvo ocupada por humanos hace doce mil años, pero quizás lo estuvo mucho antes y que los visitantes introdujeron jabalíes[4]

Se han encontrado restos de ovejas, cabras y cerdos, pero no vacas y los isleños sabían cavar pozos y buscar agua subálvea. En cuanto a su nombre, lo clásico es decir que está relacionado con los cipreses, pero el propio ciprés, “cupressus” en griego, es considerado originario del etrusco o de alguna lengua proto mediterránea, así que, en Chipre, el fonema inicial “xib”, vuelve a sonar a chapuzón, aunque la cola, “beré”, lo hace menos severo, pudiendo significar “chapuzón ligero”: Unas horas en balsa.

Algo parecido sucede en Malta, una de las grandes islas que si bien en algún momento de glaciación (quizás la Huroniana…) estuvo unida a Sicilia, en la fecha en que ahora se reconoce que hay indicios humanos (diez mil…), estaba más o menos como ahora.

Pero lo verdaderamente llamativo es el caso de Creta, isla muy alejada del continente y que  exige una singladura seria, donde se han encontrado pisadas fósiles que se databan en 130.000 años y que algunos elevan ahora a 6,5 millones de años, mucho antes de la supuesta partida de los homínidos de África.

Para las Canarias, se asegura que los primeros visitantes fueron rifeños de la familia thamazig y que llegaron el milenio anterior a la era, pero en su vocabulario no hay nada parecido a “cana…”, a “lanza…” ni a otros topónimos, así que la erudición se ha lanzado desde la época medieval a airear expresiones fantásticas difíciles de asumir por la razón, como que “canarias” deriva de la abundancia de perros (canes) corriendo por sus playas… ¡Un imposible biológico!

O que Lanzarote recibió su nombre del desventurado Lanceloto Malocello que -dicen- redescubrió la isla, Isla que en realidad son dos, separadas por apenas once kilómetros, a menos de cien kilómetros del cabo Juby en el continente y de ser como los genoveses dicen, hubieran puesto nombre a ambas, pero, seguramente tenía ya un nombre parecido al actual y los entusiastas de Malocello, aprovecharon el parecido para agasajarlo.

Lanzarote y Fuerteventura, conocidas en meteorología como “las islas bajas”, apenas tienen algún retazo de laurisilva y bosque espinoso como las islas más peraltadas, de forma que a la llegada de los primeros visitantes las grandes extensiones estaban cubiertas de hierbas y arbustos xerofíticos, lo que es coherente con “lanzar…”, “lanchar…” y “lantar…”, componentes muy frecuentes en la Toponimia española y que se refiere a “prados secos de diente”.

Sobre la isla de La Gomera, ya se ha explicado en otra comunicación, que su nombre original (“lago merá”) tiene que ver con el lago muy apreciado que había en lo alto de la isla y que -desecado- se ha destinado a espacios de uso recreativo, a la agricultura y a campamentos juveniles.

Para el Hierro, la más occidental de las islas y allende la cual se abre totalmente el océano, es probable que el nombre sea una advertencia del riesgo que supone traspasarla: “ié errú”, donde la parte inicial se refiere a la acción de traspasar ese meridiano y “errú” equivale a un “gran error”: El error de continuar un rumbo esperando encontrara tierras cerca, que se pierde en el océano.

Tanto para las islas portuguesas de Madeira, como las de Açores, es común la cita que las caracteriza con un “redescubrimiento” en época medieval.

Para Açores que se expone con convicción que el nombre deriva de que había multitud de azores,  no hay duda alguna de que en las islas no existían accipítridos arborícolas como el “azor”, “accipitider gentilis” ni aves de presa de mayor tamaño como la hoy llamada “águila azor” o perdicera, de nombre científico “áquila fasciata”. Imágenes siguientes. Por lo que el nombre es mucho más probable que se deba a lo acantilado de sus costas: “atz or”, peñas altas, hace miles de años, mucho más altas por la bajada del nivel del mar.

En el mapa siguiente se aporta el ámbito de presencia del azor en toda Afroeurasia, viéndose claramente que era un ave continental y que no ha estado jamás en Las Azores.

Mucho más al norte, surgen dudas -de nuevo-, tanto como con las Feroes (Faro), como incluso con las Hébridas y Orcadas, las primeras explicadas por los nórdicos según antiguo germánico, como “abre dey” (borde del mar), lo cual no es nada determinante y podría también referirse a las infinitas grietas de estas islas en el sentido de los paralelos “ebæ (r) itak”, las rasgadas.

Las segundas, dicen que su nombre está relacionado con las focas (“orkn” en antiguo noruego), pero es sospechoso porque antiguamente las focas estaban en casi todas las costas. Sin embargo, su alto grado y regularidad de disgregación, apoya más la idea eúskara de “urraka ta”: las desmembradas.

Imágenes siguientes.

En cuanto a los ríos, parece elemental que las principales rutas terrestres de nuestros antepasados serían a lo largo de corredores ribereños con la menor pendiente posible.

Algunas de estas rutas tratarían de superar las cotas más altas de las cuencas (para descubrir otros ríos importantes) y otras, lo harían transversalmente por cotas medianas y a través de ríos afluentes.

La denominación de los ríos pocas veces menciona el agua y cuando lo hace, en nuestro entorno es para trayectos cortos: Ríos Urbel, Urbeltza, Urbión, Urederra, Urola, Urtxuría (en España); Ural, Ussuri y muchos otros ríos de Asia, África y más cercanos, parecen haber preferido la “s” a la “r”, siendo ambas generalmente intercambiables.

Loira-luar Isar, Yser, Elba, Oder, Donau, Sill, Moldava, Balatón, Volga, Don, Ural, Ussuri (U Isuri)…

Aparte de cruzar ríos de todas las tipologías y en muchos de los estados de su variable caudal, es seguro que los antepasados viajeros probarían la navegación en los lagos y lagunas de distinta naturaleza que se encontraran e incluso aprovecharan las características de cada uno para ponerles nombres adecuados, no caprichosos; por ejemplo, el río Volga de más de 3.000 km. de desarrollo, tiene una condición poco común, la de no tener rocas sueltas en los entornos de su cauce.

Para saber esto, había que recorrerlo en su totalidad o cambiar impresiones con grupos que lo recorrían por sectores, acordando que “bol ga”, literalmente, “sin cantos rodados”, es un nombre incontrovertible, breve y muy adecuado.

Algo parecido sucede con el Lago Balatón, cuya característica principal es que todo su fondo es fangoso, para saber lo cual, hay que haberlo navegado, buceado en él y comprobado el tipo de sedimentos; “bæl a (t) oi”, “propenso al limo o légamo”, que ha evolucionado a “bal a ton” (típico “oi” a “on”).

En cambio, el Rhin, parece plantear una duda aún no resuelta, la que se refiere a cuál sea la rama de su verdadero nacimiento, ¿“Herri n”?[5], ¿dónde nace?, que por aféresis y comodidad quedó en “Rin”.

El río Ural, llamado hasta de diez formas distintas, no tiene este nombre por el capricho de una regente, sino por la escasez de agua de su territorio que acabó dando nombre a la ciudad de Uralsk (Oral), “ur ahal”; sin agua.

Lagos o mares, a veces difíciles de determinar, como el Mar Caspio, el de Aral o el Lago Baikal, muestran nombres en los que la dimensión no es lo importante, sino otras condiciones; en el caso del Caspio, un mar tan variado que en algunas zonas es dulce y en otras salado… La zona salada del Sur, concentra a veces vientos marinos que barren la tierra arrastrando partículas de sal que forman gruesas costras.

Esto es lo que llamó la atención de los antiguos y por eso le pusieron “kaz pio”, más o menos, proyecciones saladas”.

El Aral, lago reciente (unos 10.000 años) y ya amenazado de desaparición, lleva el nombre de la amplia llanura que al comienzo del Pleistoceno comenzó a inundarse: “Ara an”, gran llanura, donde la “n” mudó a “l”.

En los altiplanos de Mongolia hay lagos de muy distinta etiología y características actuales; su nombre genérico es “Nu ur” (donde el agua).

Además de la Toponimia, hay en el propio euskera, en los romances y en algunas lenguas germánicas, infinidad de nombres de utensilios, verbos, fenómenos, etc., que adecuadamente analizados con el euskera arcaico, muestran explicaciones sorprendentes relativas a sus características, propiedades o funciones.

En el fascículo del Diccionario Etimológico Crítico del Castellano sobre Mar, pesca y construcción naval”, se aportan hasta doscientas voces de origen vasco relacionadas con esas actividades, que el castellano ha conservado, de las cuales se entresacan diez para esta comunicación y que muestran que sus nombres son antiquísimos y tienen un significado incontrovertible:

Argolla, hoy en día un grueso aro de hierro en el que se amarran los buques se explica como procedente del árabe, pero su historia es mucho más antigua: Las rocas de los embarcaderos se horadaban para pasar por ellas los cabos y hacerlos firmes. Más adelante se tallaban en sillares de los puertos o “nasas”, algunas de las cuales yo he conocido en Mundaka, Elantxobe y Mutriku, mientras en otros puertos eran cubiertas por las nuevas obras y ahí yacen bajo metros de materiales.

Su origen, “harr”, piedra; “oia”, hueco, lecho o perforación, dando “ar (g) oi a” y luego por celo ortográfico, argolla.

El “As de guía” es un nudo marinero fundamental que forma una gaza no corrediza y que por más que se someta a grandes tracciones y estirones, tras su uso, se suelta fácilmente. Su nombre vasco, “lastegia” (sonido, lasteguía), formado por “la s”, soltarse y “egi”, acción.

La universal balsa se formó originalmente con gavillas, haces, fajos o faginas de cereal, cañas o canutos, llamándose “bal” en euskera.

La agrupación y atado de varios de estos fajos, aportaba el plural “tza” y -en conjunto-, “baltsa” y luego balsa en numerosos idiomas, fue uno de los primeros elementos flotantes que nuestros antepasados dispusieron.

La “braga” se cita en casi toda la bibliografía como una voz celta con la que se llama a unos pantalones cortos. El análisis desde el euskera, “barra ga” y su forma contracta “braga”, literalmente, “rebajador del ardor”, era un simple delantal de piel que se colgaba a los machos de la cintura, para que les fuera imposible coitar a las hembras cuando los pastores no lo deseaban.

Más adelante y aún hoy en día con la forma de “braguero”, era un trenzado elástico que, intercalado en los cabos de las embarcaciones, suavizaba los tirones violentos “quita la bravura”.

Macho cabrío con “braga”.

La carabela, un modelo de embarcación que se caracterizaba por tener una vela avanzada en el mastelero de proa, se suele querer relacionar con el griego “karabos”, escarabajo (insecto coleóptero con el que no tiene nada que ver), cuando su nombre vasco, compuesto por “kara”, parte frontal de algo y “bela”, vela; es decir, “vela adelantada”. Imagen de carabela.

Para la gabarra, embarcación de servicio por excelencia se suele usar el mismo “kárabos” griego, cuando “gabar, kabar” en euskera, significa llanamente, desnudo, desprovisto de complementos como cubierta, regala, jarcia e incapaz de navegar por sí sola.

Para justificar el origen de la jarcia (“jarri” en euskera es poner, sujetar, afianzar, mantener…), los sabios se van a Bizancio porque el “armamentum” latino lo ven muy lejano. La jarcia es el montaje de palos, vergas, cabos que sostiene el velamen y permite las maniobras.

El palo de mesana, a popa del barco, sin apenas jarcia y con una vela envergada, tenía la misión principal de ayudar al timón en las maniobras cuando la velocidad era baja; de ahí “mes ena”, donde “mes” es la ayuda o favor y “ena” el genitivo: “el de ayuda”.

No tiene sentido alguno que se vayan a Venecia y al palo central de las carracas que dicen se llamaba “mezzana”, tomado del árabe “mizan”, arreglo (¿?). La mesana nunca ha estado en el medio (palo mayor), formando el trío, con trinquete, mayor y mesana. Imagen.

La quilla (que no viene del francés “quille”) es tan antigua como las embarcaciones rígidas y su nombre procede del euskera “kil”, “gil” (sonido “guil”), significando alargado y estrecho, nombre que se ha mantenido hasta hoy en día.

El grito ¡socorro!, que se atribuye al latín “currere”, aunque este idioma ni la mayor parte de las lenguas latinas lo usen, parece más próximo al euskera “txokol orró”, donde “txokol” es el patinazo o caída y “orró” el grito desgarrado, quizás pidiendo una soga: “soka orró”.

Es cómico que se nos diga en libros serios que tripulación se origina en el latín “interpolare”, cambiar (porque las tripulaciones se intercambian), cuando en esa lengua se llama “nautae”.

“Dri, tri”, es en euskera el nombre de los cabos manejables a mano (como las drizas); “pul” es la raíz verbal de empujar o estirar y “zio” es el motivo o causa, así que “tri pul a zio” son quienes manejan las drizas, es decir, la marinería de cubierta y jarcia.

Conclusión, el desafío a ríos, lagos y mares empezó hace milenios y tanto la Toponimia como el Léxico de muchos países se conservan con suficiente aproximación como para ser explicados por el euskera.

[1] El nombre de “vado” se explica desde el latín “vadus ó vadum”, que nada significan, mientras en euskera, “bæ”, bajo y “u”, agua dio el “bæ u” y “bædu”, “aguas bajas”.

[2] Dibujo del siglo XIX portando pellejos curados e hinchados.

[3] Siguiendo los esquemas de las selvas tropicales y ecuatoriales que se estaban estudiando, plantearon que en el mundo antiguo, los grupos humanos primero fueron recolectores y cazadores, luego se establecieron en asentamientos agrícolas y -finalmente- desarrollaron la ganadería como complemento de esa agricultura incipiente.

[4] Nombre neto del euskera a partir de “Xaba ari”, el que hoza, el que rasca.

[5] Herri (ahora pueblo), es el origen o destino.

About the author

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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