Solo catalanes y castellanos dicen “morro”, ya que los propios vascos, bien decimos “mutur”, bien hemos preferido una alteración casi integral de la voz original para quedarnos con “musu”[1], con ambas vocales mutadas y también la “r” que ha dado en “s”.
Los sabios se agarran a cualquier cosa escrita, sea original o no y así echan mano de un supuesto “murrum o morrum” del latín vulgar (que no existió) y que, por no existir tampoco en latín, proponen que se origina en una raíz onomatopéyica (también imaginaria), “*mur” que dicen ser el sonido que se emite con los labios cerrados. Personaje morrudo; imagen de portada.
El caso es que, en el euskera rural, un nombre que se da a los pámpanos, vástagos, renuevos y retoños, es decir a las partes de la planta que se proyectan, crecen y sobresalen con un ritmo vivo mientras el resto lo hace discretamente, se llama “morro”. Si se procede a descomponer “morro” en lexemas más sencillos, se tiene que “mo”, forma característica, tipología, seguida de “orr”, una desinencia adjetival que señala a una magnitud preponderante sobre otras, por ejemplo, la longitud sobre la anchura, apunta al crecimiento y ambas formas la contracta y la compuesta señalan partes prominentes de las plantas, del terreno o de la cara, como lo es el vulgar morro del castellano.
Morros de vid y de jabalí.


[1] Este cambio deja cantidad de indicios, como que los ratones, referentes mundiales de morro u hocico, inicialmente “mur”, pasaron en zonas y épocas a “mus”.
