Siendo adolescente leí -de cabo a rabo- un libro que trataba de expediciones vascas a Ingralerra y Escocia para enseñarles a sus pescadores a construir las herramientas y equipos para cazar ballenas y las tácticas, momentos y situaciones para darles caza, llevarlas a tierra y aprovechar hasta el límite ese valioso recurso.
Lo descrito discurría en el siglo XII.
Cualquiera que busque en bibliografía referencia a la caza (más que pesca) de la ballena, encontrará párrafos similares a estos: “for the first time, the earliest documentation demonstrating a well-established industry are from the year 1026 from the Basque coastal regions of Spain and France…”
“The oldest documents demonstrating the existence of organized whaling on the Iberian Peninsula date back to 1026, in the Basque Country. This activity, focused on right whales and carried out from the shore using rowboats and hand-thrown harpoons, continued along the entire northern coast of the peninsula until the 19th century…”
Es decir, el Cantábrico oriental fue la cuna de esa pesca o caza.
Los niños de Bermeo acostumbrábamos a ir a ver el escudo de arenisca desgastada que había en la antigua fuente del Puerto Viejo, donde con un poco de esfuerzo se podían distinguir el batel, los remeros… y una ballena que nadaba en sentido contrario de lo que muestran las modernas banderas y carteles. Figura siguiente.

Siendo los vascos los primeros en cazar ballenas, siempre me pareció extraño que ninguna etimología se atreviera a buscar su nombre entre las infinitas acepciones vascas; los propios vascos hemos llenado nuestros diccionarios con nombres que chocan con la economía tradicional de nuestra lengua, que apura lo esencial hasta el límite; así se le llamaba desde “sain arrain” (pescado para aceite) hasta “bale”, apócope vergonzante de ballena o “lumera”, que se puede identificar con “la de plumas”.
La tradición greco latina se tira al pozo -como es habitual- y siguiendo esa estela, la Real Acaremia Española, asigna su procedencia al latín “ballæna”, nombre que dicen copiado del griego “phalaina”, anulando la postulación previa de San Isidoro que se iba -directo- al griego con ese “bállein”, lanzar, en referencia al chorro de agua que expulsaban al expirar.
La propuesta oficial no oculta que se sospecha (según soplaban Ernout y Meillet) que la voz griega fuera un préstamo mediterraneo o balcánico antiguo…
Por su parte, los lingüistas indoeuropeos que no se quieren quedar sin vela, susurran que quizás haya habido una raíz “IE” tal que “*bhel”, hincharse que se pudiera aplicar a las rollizas ballenas.
Ninguno de estos eruditos ha tenido la tentación de una búsqueda exhaustiva y coherente, sino que han sido -primero- víctimas de sus obsesiones culturales y luego, esbirros que han transmitido y perpetuado sus carencias en las generaciones posteriores: Ninguno de ellos ha conocido ni investigado la lengua vasca, como no han conocido la biología de los animales implicados ni las técnicas de los que los manejaban.
Los portugueses la llaman “baleia”, los gallegos “balea”, los franceses “baleine”, los italianos, “balea”, los daneses, “beil” (hval) y los ingleses, “veil” (whale), mientras los castellanos conservan el nombre más parecido al que pusieron los vascos, “baie ena” (ballena), conservando estos dos lenguajes las características destacadas de su dinámica: Los vascos, la imposición de nombres cortos, compactos y que trasladen alguna característica destacada del elemento; los castellanos, la conservación a ultranza de los sonidos originales y de las palabras asumidas.
Llegado a este punto, hay que ver qué significa ese nombre.
Fue en la escuela primaria, donde el maestro nos explicó algo escandaloso… Nos dijo que las ballenas no comían niños ni peces grandes; que por su estrecha garganta apenas cabía “un chicharro”. Que las ballenas no tenían dientes, sino unas grandes barbas que colgaban de la mandíbula superior y que, nadando con la boca abierta, la llenaban de pequeñas quisquillas (plancton) y otros alevines, luego la cerraban y echando el agua fuera a través de las barbas, los pececillos eran tragados al estómago.

Los niños de Bermeo lo entendieron perfectamente y -ya- vieron menos riesgo en la caza de las ballenas.
La clase terminó con una explicación de lo útiles que eran las barbas para hacer fajas y abanicos para las señoras y tambiés las “ballenas” que por entonces (en un mundo sin plásticos) se usaban para mantener tiesos los cuellos de las camisas y que eran una especie de chapitas alargadas que desaparecieron de las mercerías cuando legó el “Tergal”. Figura siguiente.

El maestro no nos lo dijo, pero luego me enteré que las barbas más fuertes, también se usaban para hacer cribas, unos cajones con el fondo formado por varillas (de madera, metal o ballena) que se usaban continuamente para tamizar… lo mismo que hacían las ballenas. Las cribas se llaman “bae, baie” en euskera, así que el genitivo “ena” añadido a “baie”, daba inmediatamente un nombre contundente a las ballenas: “Baiena”, la que tiene criba.
¿Hay algo que pueda definir mejor a una ballena?
Imagen de una criba antigua de madera.

Ballena con su boca entreabierta, mostrando las barbas que le han dado nombre. Imagen de portada.
