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Rameras en el campo.

Ya hace una decena de años que habiendo encontrado -sin buscarlo- un topónimo que llevaba en su composición “rameras”, me interesó y su búsqueda me llevó a lo mas occidental de Bizkaia, donde termina Karrantza para estirarse Lanestosa, una zona tan remota como bella por sus prados de diente todo el año verdes y allí, donde los mapas señalaban el lugar, una peña también casi cubierta de hierba. Imagen.

Lugar poco apropiado para las rameras -pensé- al mismo tiempo que los indicios de otras lecturas y otros lugares me llevaban a plantear que el nombre original quizás fuera “larra mer atx”, literalmente, la peña del prado excelente, a partir de “larr”, pastizal, “mere”, distinguido, apreciado, excelente y “atx”, peña.

Estos días, escribiendo sobre Larrioja su etimología y sierras, se ha vuelto a colar entre mil notas, el “Barranco de las Rameras” en las faldas de la Sierra Cebollera; lugar de ensueño para los senderistas y de martirio para los funcionarios estrechos que no pudiendo cambiar el nombre, se han inventado una historieta parecida a la de las rameras romanas, aquéllas que nos dicen los ñoños historiadores, que montaban cabañas con ramas para “atender” a sus clientes. Imagen de portada.

No había chamizos de ramas en las afueras de Roma ni señoras con ramas en sus manos que fueran a recibir a los pastores en el Barranco de Las Rameras de la sierra, sino apresuramientos calenturientos de la hipercultura para resolver desde su ignorancia algo que les parecía inmoral, indigno y desafiante. El hermoso Camino y Barranco de las Rameras, es como en el caso de Karrantza, la descripción de la entrada en una gran zona de pastos de alta calidad; pastos hoy no tan conspicuos porque casi un siglo de declive del pastoreo ha ayudado a los bosques naturales a ganar temporalmente a los pastos en es lucha ancestral que ambas formas de ocupación del suelo disputan.

Pero no queda todo ahí porque en España hay algo más de una docena de “rameras” distribuidas por montes remotos y por vegas inundables, donde -si las hubiera- ninguna ramera se atrevería; hay una La Ramera cerca de Reinosa, otra en el Valle del Pas, también La Ramera en Saldaña, en Valdecañas del Cerrato, en las antiguas playas de Cabañas de Ebro, cerca de Ciudad Rodrigo, la hay también -por duplicado-, cerca de Avilés: La Ramera de Baxu y La Ramera de Riba.

También hay una Peña de la Ramera en los Montes de Ordunte y Rameras en plural en Santa Marta de Tormes.

Y una veintena adicional de nombres de la misma línea, que merece la pena estudiar.

¿Conclusión?… La hipercultura es un mal hábito, se obsesiona en sacarlo todo del latín, godo, griego o árabe y hace una morcilla poniendo la piel por dentro y el relleno por fuera.

Ya su fallo comenzó en el Renacimiento cuando algún obispo empeñado en salvar el mundo planteó -en un alarde de ciencia- que las rameras tenían que ver con rama y yacijas bajo ellas, cuando el origen de esta palabra es mucho más inteligente, basándose en el servicio que aquellas mujeres hacían a los mozos sin pareja: “arra mera”, que significa ni más ni menos que “apreciadas por los varones” de “arr”, macho, “viris” y “mera”, aprecio.

La “a” inicial se perdió en una aféresis muy corriente y quedaron las rameras sin que nadie explicara su historia.

About the author

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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