Es saludable asomarse de vez en cuando al Diccionario Etimológico de Monlau y buscar entre el gran surtido de desinencias[1] qué se manejaban por los ilustrados de hace siglo y medio y si esos apuntes han dejado señal en lo que ahora se consume en vocabulario vulgar y si hay algún tipo de biyección, alguna influencia en los nombres de lugar
“Aca” no es una terminación muy abundante en la toponimia, recogiendo poco más de mil nombres que se reparten según: Baca (16), caca (6), chaca (20), daca y daka (13), faca (3), haca (1), iaca (18), jaca (63), kaka (2), laca y llaca (35), maca (15), naca (30), ñaca y ñaka (23), oaca (1), paca (34), rraca y raca (421), saca y saka (26), taca y taka (128), uaca (10), vaca (329), xaca (24), yaca (3) y zaca(7), dejando apenas el recado de que en Iberia gustaban sobre todo la “r, b-v y t” como inicios de desinencia, pero poco más.
Así suenan muchos lugares con barraca, vaca, urraca, placa, traca, casaca, estaca, petaca, resaca, espinaca… y en léxico algunos adjetivos en los que aporta un tono despectivo, como maníaca, bicharraca, etc.
Es curioso que se pasa de puntillas sobre la variante “aco”, que describe como de origen italiano y sentido despectivo.
Tampoco menciona “eca”, abundantísima en toponimia, hasta el punto de que contabilizando solo los nombres de lugar que terminan con “eca” y los que recientemente (nomenclátor vasco) han sido modificados a “eka”, se dan más de 3100: Ateca, Barceca, Checa, Deskarga Erreka (y todos los ríos “Erreka” en Euskera), El Diaseca, Enseca, Fonseca, Hoya de la Muñeca, Illueca, La Meca, Leizateka, Manteka, Ozeka, Pataseca, Rivaseca, Sueca, Zuqueca…
“Ica” sí está en la lista, pero el autor solo apunta a su relación importante con ciencias o artes (Música, retórica, botánica…) y como diminutiva en su forma doble, “ica-ico”, no siendo coherente la primera y solo algunas veces la segunda función, o -incluso- una tercera que apunta como indicativo de participar de ciertas condiciones (como “técnico, diabólico…”) para los casi 3000 lugares cuyo nombre termina así, como América, Barrika, Casarrica, Delika, Enderika, Font de l’Arnica, Garnica, Gernika, Langarika, Jérica, La Brica, Llano de la Tarica, Malpica, Muxika, Navarrica, Perica, Romica, Sondika, Tetica, Zulaika…
Tampoco aparece “oca”, aunque en los mapas se acerquen a 1000 los nombres de lugar que tienen esa terminación, como Aroca, Balloca, Caloca, Coca, Daroca, Espioca, Iruña de Oca, Jiloca, La Oka, Malvaloca, Montes de Oca, Nambroca, Retoca…
Retóricamente muy recurrida con aire cariñoso en Cantabria, la terminación “uca”, no es tan abundante en los mapas y Monlau la recoge como diminutiva y despectiva, lo que tampoco encaja siempre con la toponimia: Arroyo de la Peluca, Bayuca, Casa Nuca, Churruca, Fuente de la Uca, La Peñuca, Manduca, Regata Isuca, Santoñuca, Txurruka…
Hay quienes aseguran que de las cinco vocales que actualmente manejan Castellano y Euskera, la primitiva por excelencia es la “i” y de los cinco componentes de este epígrafe, son las de la forma “ica-ika-iga” las más sugerentes a la hora de descubrir tendencias o propiedades de los lugares que las usan como denominación, con el objetivo de acercarse a lo que significaban originalmente.
Si el investigador no acostumbra a hojear la Toponimia, si no se dedica de vez en cuando a la Onomástica o si desconoce las mil seiscientas raíces del Euskera, es altamente probable que no disponga de pistas para ir más allá de donde se han atascado cuantos han querido ver mensajes del pasado plasmados en trabalenguas descifrándolos por el Latín, el Griego, Árabe o el invento que llaman Indo-Europeo, porque en aquéllos tres ámbitos (Toponimia, Onomástica y raíces) está la “masa madre” que hará que su pan ácimo se hinche como una vela con viento de popa y multiplique los sabores de la salsa que yace en la olla.
Aún es pronto para enunciar en forma de “leyes” las morfologías y las trayectorias que han seguido las voces hasta llegar a las formas gráficas y fonológicas en que hoy se encuentran en el lenguaje común y en otros registros de un ámbito que supera al del Estado Español, porque el trayecto ha sido muy largo y hay ramales difíciles de sentenciar, pero se ha avanzado mucho desde que Internet ofrece bases de datos infinitas y características físicas, geológicas, florísticas, ecológicas y sociales y en ese Ensayo se ofrece una muestra, incidiendo en aspectos “no academicistas”, que conviene recordar que existen.
Por ejemplo, nombres que hace tres o cuatro milenios significaban algo en las lenguas de quienes frecuentaban esos parajes (digamos, pastores); en el amplio valle del Valderaduey, a unos cientos de metros, dos topónimos se disputan el sentido, ¿es Las Calabazas ó Calavacas? ¿O ninguno de ambos?

En la vista que se aporta no se aprecia bien que la zona ha sido sometida a un larguísimo proceso de desecación mediante la cava de canales (se aprecia el trazo recto de las acequias “sek eia” o secaderos) como lo ha sido gran parte de las llanuras palentinas, pero, tanto aumentando como rebajando la escala se aprecia la intensa modificación ortogonal del suelo, indicio de colonización en régimen de cooperación o “kinta”[2], como la vocación lagunar del territorio que llena un círculo de diez kilómetros donde aún queda, muy disminuida, la otrora gran laguna de Barillos (Barrillos?).
La zona que se analiza es una ligera depresión horquillada por los altos de El Trasmuelo y El Esparragal y tuvo que ser una zona donde el barro era más persistente, de ahí el nombre vernáculo “kalá baz a”, donde “kalá” indica profundidad y “baz”, barro. Según se fue olvidando el idioma arcaico, quedó para un punto, la designación “corregida”, Las Calabazas (porque una calabaza aislada sería nombre absurdo) y en el otro punto cercano, la interpretación “mejorada” de “Cala Vacas”, que tendría explicación al ser una zona de piso falso, que obligaría a las vacas a demostrar su carácter (calar las vacas en cuanto a su poder de tracción), lo cual sería coherente con los barrizales.
Esto no es una elucubración, sino un profundo trabajo de rastreo y contraste que hoy está al alcance de cualquiera que maneje cartografías temáticas e históricas y las combine con registros de Nomenclátor.
“Eca” aparece en infinitas Muñeca, Manteca, Peña Hueca y en numerosas navas, paradas y “serras secas”, muchas de ellas conceptos absurdos que apoyan la sugerencia de que la terminación “eca” indica la propensión o abundancia de una circunstancia en un lugar, por ejemplo, en 98 lugares llamados La Muñeca, donde hay múltiples indicios de que no son muñecas de trapo las que parece citar su nombre, sino lugares propensos a pozas o lamas (“lam une eka”), siendo “lam” una poza de escorrentía somera, “une” el entorno y “eka”, lugar propenso.
Tenemos La Meca en Barcelona, cerca de la cima de Collserola, fuente donde nace el torrente Durán que antiguamente bajaba por El Carmel y el Parque Güell (cuello) y por el actual L’eixample, hasta bordear la Ciutat Vella y salir al mar. En Alicante, cerca de San Vicente del Raspeig, al borde del Río Magre, en Utiel, en La Mancha, cerca de Minaya, donde la forma redondeada de las parcelas de ese lugar rememora los bordes de antiguas lamas, en un campo donde todo lo demás es ortogonal… Foto siguiente.

También en la llanura abulense, cerca de Sanchidrian, en una zona de lavajos, vuelve a aparecer La Meca como en las laderas del barranco Pedroches en Córdoba, siempre relacionada con agua, hasta el punto en que hace pensar si no sería este el nombre de “la Beca” o “makha” de Arabia como luego llamaron los musulmanes al pozo sagrado de “Zamzam”… de La Meca.
Jaca es una sentencia relativamente reciente, que en cualquiera de las formas en que aparece, sola, articulada o complementando a otro nombre: “Jaca, La Jaca, Belijaca, Matajaca, Hoz de Jaca, el Pueyo de Jaca, La Vall de Jaca, en Huesca, Lérida, Cáceres, Zamora, Salamanca, Ávila, Valencia, Badajoz o Tenerife, siempre tiene relación con algún camino estratégico antiguo, que hoy puede estar desaparecido por falta de uso o porque que las nuevas carreteras se han hecho sobre su trazado. Imagen de portada.
Los casos más llamativos están en el Pirineo Central, donde los dos itinerarios principales por los puertos de Somport y Portalet, atraviesan sendas zonas con presencia de “Jaca”, una por el valle del Aragón con la ciudad de Jaca (que los historiadores se empeñan en que sea el ámbito de los “iacetanos”, incluso aquitanos) y la otra por el Gállego (Hoz de Jaca, El Pueyo de Jaca), relacionados ambos itinerarios con “ia ka”, contracción de “ia aga”[3], los pasos, en referencia a la posibilidad de cruzar los pirineos que no volvía a ser posible hasta Viella y Andorra.
Una disputa clásica entre eruditos suele ser el origen del nombre de África (que para griegos era Libia y para los romanos, Cartago).
Para confirmar lo dicho antes sobre la abundancia de la terminación “ica-iga” y la curiosa coincidencia de numerosos topónimos terminados así, que están en cimas o en altos relativos, se van a describir algunos de los más graciosos, como Alto de la Hormiga, Alto de Veiga (varios), Pico Bejiga, Cabezo de la Viga, Cabezo la Hormiga, Cancho Barriga, Castillo de la Alfándiga, Cerrillo de la Bóliga, Cerro Barriga (varios), Cerro de Chavarriga, Cerro de la Biga, Cerro de la Canóniga, Cerro de la Hormiga (varios y con desniveles mayores) Cerro de la Viga (varios), Cerro Viga, Coll de la Biga, Collado de la Viga (varios), Collado de Riga.
En Galicia se encuentran hasta nueve lugares llamados Pena de Aiga.

Este, cerca de Hinojal, puede recibir su nombre de la alteración de “lab iga” en referencia a que está en lo alto de la cuesta (“iga”) de la cercana laguna (“lab”), lo cual también podría ser válido para este otro Cerro de la Viga entre Tomelloso y Albacete.



Quizás sea La Higa de Monreal, cerca de Pamplona, el paradigma de “iga”, cumbre picuda. Plano y foto.
O el llano de Zúñiga que es un altiplano donde nacen varios arroyos, Cabuérniga, Albóniga, el Cerro de la Canóniga y casi todos los lugares acabados en “…briga” y “…brica”, así como infinidad de Puig, Serrat, Roc y Roca de l’Áliga.

La Toponimia es un recurso inagotable de investigación que ha de estudiarse desde una perspectiva múltiple y en la que el euskera es clave.
[1] Define desinencia como la forma en que terminan los “derivados ideológicos”.
[2] La Quinta se vende como una explotación de terrenos ajenos, donde el colono pagaba la quinta parte de lo producido. Aquí se postula que “kinta” es el trabajo comunal necesario para transformar un erial en finca.
[3] “ia”, transecto, pasadizo.
