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Avería

En este mundo tecnológico llamamos avería a la “malfunción” de cualquier elemento de los que son necesarios para que el aparato funcione, pero esto no fue siempre así; la primera mención a la avería se encuentra en el diccionario de Terreros a principios del siglo XVIII y se refiere únicamente a un concepto comercial que considera los daños que las mercaderías pueden sufrir durante la navegación y su significado se compara con “continjencias o eventus fortuitus”.

Ya entonces, Esteban Terreros decía ser “voz vascongada”, basándose en Manuel Larramendi y ahora  quizás haya que darle la razón, porque las explicaciones oficiales no son en absoluto satisfactorias, comenzando por que se achaca su llegada al italiano “avaria”, que la cedió al catalán antes del castellano, voz que los italianos  tomarían del árabe “awar”, defecto, pero tanto en el árabe clásico, como en el hispano, lo averiado se dice “maksura”, “mudalal”, “xasar”, a lo defectuoso “maybon”, lo que no encaja con la propuesta de “awariya” > “avaria” > avería y suena a un apaño típico de lingüistas.

Que el comercio marítimo aumentó exponencialmente con la era Moderna no lo discute nadie y que en consulados y mesas de contratación se discutirían cuestiones como los daños a los materiales, productos o animales, tampoco.

Pero esto no es una novedad, el transporte con caravanas de camellos, yeguas y otros animales de carga, ha sido una constante durante milenios y los daños a las cargas por problemas de tempestades, en los vadeos, por montajes y desmontajes cada jornada, por sisas o porque los animales se encabritaran o accidentaran, han tenido que ser una constante que luego se aplicó al mar.

En los demás romances, aparte del catalán, todos tienen acepciones distintas y divergentes: “avaria, colpa, faute, culpa, corpa, falta, vinâ, curpa…”.

La cuestión es cómo relacionar “avería” con el perjuicio a las mercaderías y lo más viable puede ser el manejo del nombre vasco del ganado mayor, “abere” para crear “abere eia”; “eia”, originado, debido a…, en resumen, provocado por los animales u originado por ellos, eximiendo de culpa a los guías al sugerir que las acciones deliberadas o accidentales citadas arriba que surgen por la imposibilidad de control permanente de los animales, han sido el origen del daño.

Una vez establecido el nombre durante largos periodos, no parece un problema el que los daños marítimos copiaran esa apelación  aunque no se debieran a “aberes” (acémilas, camellos o jacks).

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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