La voz “lamera”, es escasa en la toponimia, apenas media docena de lugares (Acequia de Chalamera, Cortijo de La Lamera, Fuente de La Lamera, Lamera, Lamera de Covanedes, O Lameral, Chalamera y Xalamera), sospechándose que está relacionada con charcos y balsas temporales.
El Cortijo de La Lamera en el noroeste sevillano rayando con Portugal, conserva aún un par de pozas en sendos arroyos, que rondan la hectárea.

La lamera de Covanedes en Cantabria, es una zona pantanosa provocada por un estrechamiento que retiene los arroyos de Lizares, La Canal y Balturbio.

Xalamera en el Baix Ebre, ahora parte de un embalse pudo ser en origen una “charca profunda” a partir de uno de los significados de “sa”, cavidad.

En plenos Monegros, la Acequia de Chalamera fue originalmente un gran aguazal.

A diferencia de “lamera”, “lameira” y “lamela”,(derivadas de “lama”, cieno), que en gallego significa lodazal, ciénaga, charca, son muy abundantes en el norte del huso 29, tanto articulada como no, lo mismo en singular como en plural y en nombres compuestos, no habiendo duda de que aún cuando esos lugares, hoy en día sean labrantíos o incluso zonas edificadas, en su día fueron lugares de sedimentación de los caolines y arcillas de degradación de los feldespatos graníticos locales que arrastraban los numerosos regatos y la simple escorrentía.
Igualmente, es interesante recordar que, aunque ya apenas se usa porque las labores agrícolas han acabado con todo signo de naturalidad, “lama” es en castellano el cieno de color oscuro que se forma en el fondo de charcas y recodos o remansos de arroyos (ver referencia del diccionario de Terreros de finales del XVIII).

Y en euskera, hay una acepción de “lam a”, que es el reflejo del sol, fenómeno que en ciertas condiciones se da sobre las charcas muy tranquilas e incluso sobre el cieno húmedo cuando desaparece el agua, forma que pudo usarse para llamar a las zonas propensas a contener charcas temporales como sucedía en los infinitos ojos de La Mancha (“lama an txa” gran conjunto de charcas).
Por fin, el “cuarteo” que sufre el limo del fondo al secarse formando trozos de láminas incipientes (siguiente foto), puede estar en el origen de la palabra lámina que suele asignarse al latín “latus”, ancho, pero que no parece un acierto etimológico, sino que pudiera venir de “lam mina”, donde “lam” es el fango y “min”, las llagas o cortes que se forman con el secado, produciendo miles de escamas o láminas.

En Bermeo[1] hay varios topónimos que llevan el lexema “lam”: Lamera, Lameratxiki, Lamerapunte, Lamiaran…, todos ellos en lugares totalmente antropizados.
El primero, un hermoso parque de más de hectárea y media, el segundo, el ensanchamiento de un arroyo con unos mil metros cuadrados de superficie, hoy una inhóspita plaza, (dos fotos siguientes) el tercero, un pequeño cabo o promontorio sobre el arroyo Lamiaran, más conocido como Lamiaren, que es el cuarto nombre de esa lista, arroyo (hoy entubado) sobre el que pasaba la antigua carretera Bi-2235 mediante el llamado “Puente de los Gitanos”[2] y que sobre su antiguo cauce se ha establecido el acceso al Puerto Comercial de Bermeo, tercera foto.



De las dos ortofotos que siguen, en la primera no es difícil de adivinar (por la textura del tejido urbano) cual era el perímetro del Bermeo amurallado con su pequeño “Portu zaharra”, que -más o menos- conserva la antigua forma, pero nadie que no sepa la historia reciente de este pueblo, podría imaginar que frente a la muralla urbana, un gran convento franciscano edificado en pleno desagüe se protegía tras otra “muralla de inundación (en la siguiente foto se aprecian sus restos), porque si bien el pueblo estaba sobre una soleada espalda a salvo de las aguas, eran nada menos que cinco, los ríos que desaguaban en el Artza (pedregal), uno de los cuales, el Artigas, era navegable hasta la gran curva que se ve en el segundo mapa y los demás inundaban con frecuencia las riberas, cuando periodos de mucha lluvia coincidían con mareas vivas y grandes depresiones atmosféricas.



Para lo que se va a terminar de contar aquí, es necesario tener en cuenta dos aspectos que son regidos por ritmos de carácter geológico.
Uno, es que toda la línea de costa vasca y aún la que llega hasta Asturias, está en un proceso de emersión lento pero que hace que los acantilados costeros se eleven a la vez que los ríos pierden profundidad en las desembocaduras, fenómeno que ha hecho perder la navegabilidad a todos los ríos vascos[3] incluido el Artigas, a pesar de que el nivel del mar lleva casi 20.000 años elevándose.
Como consecuencia de esa pérdida de navegabilidad, pero también porque los avances técnicos empujaban hacia barcos mayores y porque con la ausencia progresiva de ataque corsarios, se fueron eliminando las murallas y las leyes liberales comenzaron a permitir la enajenación de marismas y riberas, surgió una gran presión urbanística y las “zonas llanas” de las riberas, dejaron de ser áreas públicas de trabajos varios y carena, para ser canalizadas y en muchos casos para que los cauces fueran entubados y en algunos casos (como en el del Artigas), derivados a túneles.
Esta situación ocupó todo el tercio final del siglo XIX y se prolongó al principio del XX, cuando el material de la muralla se destinó a crear un dique que le quitaría un tercio de la superficie a la antigua ensenada de Artza; concretamente la rasa de Lamera, terreno intermareal que, tras décadas para conseguir su relleno, se dedicó a espacio público con el nombre oficial de Parque de Ercilla, aunque el pueblo siguió llamándole “Lamera”.
Ya avanzado el siglo XX, los eruditos del pueblo, ignorantes de lo que este nombre significaba, buscaron en el castellano posibles mecanismos que lo explicaran, decidiendo que se le llamó así porque para transformar el relleno en parque, se plantó una alameda.

Este postulado es absolutamente falso, primero, porque los árboles que se plantaron fueron principalmente olmos y plátanos, algún castaño de indias, acacia y palmeras y segundo, porque el nombre no surgió tras la modificación del terreno, sino que era una expresión de las charcas someras que permanecían durante la marea baja, a partir de “lam á”[4], charca y “era”, abundancia, presencia.
De forma parecida, Lameratxiki, fue originalmente una zona de deposición aluvial y retención de agua tras la confluencia de los arroyos Landabaso y Sollube, que era aprovechada para labores de limpieza y salado de pescado, actividad que dio nombre al entorno de “Adubiʤe” (adobadero, imagen de portada de un adobadero antiguo) y que desapareció con el inicio de industrialización de las salazones, expansión que se dirigió hacia el barrio de San Martín. Con la desaparición de la actividad, el suelo ocupado por la antigua balsa se transformó en la plaza pública con pavimento y bancos mostrada arriba: No hubo alameda alguna.
Lo mismo hay que decir de Lamiaren, cuyo significado no es tan claro, porque sin un estudio físico profundo, se abre a interpretaciones (como ya inició en Eukele.com), según se admita “lami alen”, “lamiaren” o “lam iarden”, significando respectivamente, “charcas persistentes”, “el de las charcas” o “charca desecada”, pero que nada tiene que ver con las lamias, figura mitológica creada en una época muy posterior a la de implantación masiva de nombres de lugar, que Bermeo (¿o Mundaka?) interpretó como la provocadora ninfa Xixili que colocó en el morro del contramuelle de Lamiaren.

Lamerapunte es el cabo cercano del que arranca el contramuelle del puerto, nombre que se refiere al promontorio que cierra el arroyo de Lamiaren por oriente. Vista desde el Norte, donde se representan el arroyo y la antigua carretera.

[1] Ya se trató en Eukele.com, en Toponimia de Bermeo.
[2] En su ensanchamiento final se creaba un área adecuada para acampar.
[3] Bidasoa, Urumea, Oria, Urola, Deva, Artibai, Oka, Artigas, Butrón, Nervión y Barbadún.
[4] Esta acepción, que en diminutivo era “lama jo”, se ha usado en varias regiones españolas para llamar a charcas temporales, como “lavajo”.
