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Los Puntos Cardinales

Norte, septentrión, bóreas, aquilón, ipar.

Sur, austro, meridión, egoalde.

Este, oriente, levante, sortalde.

Oeste, occidente, ocaso, poniente, mendebal”.

Los promotores del indoeuropeo como lengua madre de las europeas, quieren que “north”, deducido analíticamente como abajo, izquierda, haya sido el origen de todos los “nortes”; para ello, rechazando lo de “abajo”, que no tiene cabida, habría que asumir que los antiguos se orientaban mirando a la salida del sol… Lo cual es una incoherencia a efectos prácticos.

Norte equivalente a polo, “populus” en latín, ya en la edad media los flamencos se atribuían su propiedad (“noort”) aunque no explicaban su génesis. En cuanto al septentrión, no parece haber dudas de que se refiere al grupo de siete estrellas que circundan a la polar y para “bóreas” no hay duda de que así llamaban los marinos griegos a un viento del norte parecido a los “etesios”.

Caso muy parecido al aquilón, relacionado con el dios romano del viento Norte, pero que se duda que un viento de una región defina a un territorio.

Si el norte proyecta dudas, el sur las plantea crecidas. La corriente indoeuropea se aferra a germanismos imaginarios relacionados con el sol, como “sunthaz” (lado del sol) para plantear que primero fue asumido por las lenguas germánicas y luego, a partir del francés “sud”, pasó a las latinas. Punto.

Para “austral”, se sigue el modelo anterior de fijarse en el nombre de un viento del sur en Roma (el llamado “auster”) y generalizarlo para todo un punto cardinal. Más sencillo y fácil de asumir es el meridión, que se refiere al centro del día.

El zafarrancho es creciente para el este, cuyo origen se disputan erráticos pretendientes: Los indoeuropeístas ven signos de “aus” (brillo) en el “east” inglés que deciden como evolución de la forma medieval “eest”.

Para oriente, en cambio, hay certeza como derivado de “oriri”, aparecer, levantarse en latín.

El oeste está según los mismos indoeuropeístas, relacionado con una raíz propia que debió existir y que describen como “wesperos”, luego “west” y “ouest” antes de llegar al castellano oeste; un “wesperos” que asimilan a víspera, atardecer, sin tener en cuenta que el origen de esta bella voz relacionada con el toque de campanas del atardecer es “be iz (p) era”, una frase en euskera, donde “era” es el momento, la situación, “iz”, el sol y “be”, hacia abajo: Periodo en que el sol baja.

Occidente, ocaso y poniente ofrecen menos dudas, el primero y segundo, relacionados con “occidere”, caer.

No hay conclusiones claras en este baile de nombres y atribuciones, pero el euskera puede hacer algunas aportaciones que ayuden a reflexiones sobre cómo pudo ser la denominación de la orientación general, si como un ejercicio urbano planteado desde palacios y observatorios o como la experiencia diaria, periódica de los pueblos nómadas que vivían al aire libre.

Para el norte y para cualquier inteligencia que tratara de crear un mapa de la tierra, es inverosímil que se plantee izquierda ni abajo, porque las referencias han de ser absolutas, no estar al albur de la postura que alguien tome.

En este sentido, la evidencia de que viajando al norte te acercabas al frío y a nuevas dificultades, unida a la certeza de que sus vientos eran fríos y todo un mundo animal de rumiantes y aves se ponía en circulación cuando el frío aumentaba, pudo hacer que a esa parte del mundo se le llamara “lor te”, donde “lor” resume el sufrimiento, el esfuerzo y la lucha y “te” es su generalización espacial.

La mutación de “lorte” a “norte” sucede sin apenas sobresalto, aunque la forma actual, “ipar”, trae reminiscencias de sobresaltos y suspiros.

El sur, para los habitantes del hemisferio norte, era distinguido por lo contrario que el Norte; era el ámbito en que se movía el sol y desde el que llegaban los vientos cálidos, así que no es imposible que la propia voz germánica “sun” que se aporta como guía, sea en realidad un constructo vasco a partir de “su”, fuego y “une”, “sun”, ámbito, entorno, esto es, el imperio del sol, un destino atractivo; actualmente “egoalde”, que algunos traducen por “lado del día”, pero también se presta a “zona para estar”.

Para el este se puede coincidir en que originalmente fuera “eest”, “iz te”, ya que “iz” no solo es en vascuence el sol, sino los astros de luz propia, las estrellas, “izar” en euskera, en detalle, “soles malos” o deficientes, de “ar”, incompleto, escaso.

Así, “izte” que evolucionó a “este”, sería la línea por donde aparecen los astros. En el euskera actual, la forma más común para el este es “sortalde”, en esencia lo mismo lo mismo, lado por el que asoman (los astros).

Aunque “oriri” parece sugestivo para oriente, la coda no aporta nada a menos que se recurra al euskera, donde “ende” es un límite territorial que se expande y “ori” es el color amarillo. Imagen de un amanecer intensamente amarillo, mucho más frecuente hacia el este.

Para el oeste, que no quedaba nada claro, también hay una explicación en parte poética porque “oheeste” se puede interpretar como la recogida (“este”) de los astros en la cama (“ohe”).

Su forma actual, “mendebal”, indica el dominio (“mende”) de la oscuridad (“bal”).

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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