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Tribus de Hispania

Arévacos, astures, ausetanos, autrigones, berones, cántabros, carpetanos, celtas, contestanos, edetanos, galaicos, layetanos, lusitanos, pelendones, sedétanos, turmogos, vacceos, várdulos, vascones y vetones comprenden la mayor parte de las tribus españolas, que la tradición historiográfica basada en citas romanas y griegas dividía en celtas, iberos y celtíberos con una disposición territorial parecida a la de la siguiente imagen de portada:

Estrabón llamaba “Aravaci“, (Aravacos o Arávacos) a los habitantes celtíberos del entorno soriano del Duero y algunos autores aseguran que ese nombre significaba “dignos de Dios” en celta, en tanto que otros porfían ahora en que es prerromano e incluso vasco, aunque las traducciones que aportan alteran mucho un nombre que es elemental y compuesto por “ara”, llanura, “bæ”, baja, relacionada con valles y vegas de ríos y “ko”, “perteneciente a”…, es decir, llamaban así a gentes sedentarias de las riberas.

Hoy en día, el propio nombre del territorio histórico de Álava (“ara bæ”) en euskera, se da por lo representativa que es la llanura vitoriana en un entorno muy montañoso. Imagen de la llanura alavesa.

Para los astures, ocupantes de todo lo que es hoy en día Asturias, pero también territorios al Sur, ya en la meseta, es también Estrabón el primero en mencionarlos y describirlos, aunque no explica el significado de su etnónimo, que la hipercultura moderna trata de traducir echando mano del sánscrito “sthura”, amplio, ancho… sin que nadie pueda relacionar tal apelativo con un territorio tan montañoso en el que la anchura no es un atributo.

En vasco, “ur” como adjetivo, indica agudo, afilado y “aitz” es el nombre genérico de las rocas; “i” es el plural y “az” es el arranque o comienzo, por lo que “aitz ur i az” apela al comienzo de las rocas agudas. Imagen del Naranco y su entorno.

Las citas romanas sobre las guerras con Anibal, hablan de los “ausetanos” que vivían en el entorno de lo que ahora es Vic y las explicaciones que se dan a tal nombre son tan absurdas como peregrinas, yendo desde “dorados como el sol” (a partir de “aura-ausa”) ó “los que toman el sol a mediodía”, sin tener en cuenta una característica geológica de La Garrotxa, como es su origen volcánico y la abundancia de bordes de conos y fracturas de la corteza; “aus” en euskera, que con el frecuentativo “eta” señala la abundancia de grietas y la desinencia “ena”, perteneciente a…, completa ausetano, como el que pertenece al territorio rasgado. Imagen de Castelfollit y su brecha.

En el siglo anterior a Cristo, Tito Livio menciona a los autrigones en el Norte, palabra que más adelante se alterna con “allotrigues” o extranjeros en griego, y que sucesivos historiadores “encajan” entre La Bureba y los ríos Asón y Nervión, coincidiendo mas o menos con partes de las actuales Cantabria, Burgos y Bizkaia.

Aparte de esa alusión al griego “alos”, nadie se arriesga a proponen un significado para este pueblo, a no ser que su forma original fuera “aurt i (g) oi”, que considerando que el diptongo “oi” (habitual, frecuente), suele mutar a “on”, hubiera quedado “aurt i (g) on”, que el tiempo ha metastizado a “autrigón” y que en esencia significaría, “los que cambian la palabra” a partir de “aurt”, alterar, explicación que podría encajar en el alias que aún usan los bizkaínos para los cántabros: “dos caras”; es decir, los que cambian su palabra.

En cuanto a los berones que dejaron muy pronto de salir en las crónicas, los historiadores les prefieren celtas, así, mientras unos explican su nombre por “bero”, oso en germánico, debido a su bravura en la lucha, otros entienden que significa “los armados” y otros, los brillantes; sin embargo, el recurso al euskera y a su voz “bere oiak”, sugiere que se refiere a gentes que eran “muy suyas”, celosas de su personalidad, a partir de “bere”, lo suyo y “oi” habituación, insistencia.

Los cántabros han sido desde hace siglos traducidos por la similitud de su nombre con la voz celta “Kant”, piedra, pero es difícil relacionar las piedras con las gentes de la costa Norte, especialmente si se tiene en cuenta que en vascuence “kantu” es el borde superior de una superficie rocosa vertical, el borde de un acantilado.

Simultáneamente, “bria” es una discontinuidad, un salto o caída, lo que define bastante bien la gran cornisa o salto que separa la costa cantábrica oriental de la meseta.

Un ejemplo insuperable de este tipo de relieves se da en la Peña Amaia: “Ama aia”, la peña madre, límite sur de Cantabria. Imagen.

Para los carpetanos ni para su tierra, “Carpetania”, nadie se atreve a dar orígenes ni etimologías aparte de apuntar tímidamente que pudieran ser celtas. Como en otros casos, el recurso al euskera apunta a que “garra pe” son las tierras aluviales, tierras bajas arrastradas por ríos y torrentes para formar fértiles llanuras irrigadas como las del Jarama y sus afluentes; así, “garrape etana” serían los de vegas como la del Manzanares que se ve en la siguiente imagen.

El tema de los celtas exigiría por sí solo todo un libro debido a las controversias, desconexiones e irregularidades que se concentran cuando se habla de su génesis. En principio, su nombre anotado por los griegos era “geltoi” (se lee gueltoi), que, curiosamente en euskera significa “los de hábitos sedentarios”, explicación que no colisiona con la que puede entenderse de su nombre tradicional basado en “zel tar”, literalmente, “los de los seles”, aquéllas configuraciones circulares de las que han perdurado muchos indicios en zonas montañosas de España, Bretaña, Suiza y algunos países nórdicos, modelo que es probable que antes de refugiarse en las montañas, se haya dado en las tierras llanas, aunque ya no quedan restos. (Ver Arancel en Eukele.com)

Es muy probable que la primera forma de acceso a la propiedad o al dominio de la tierra, se diera en tierras llanas y fértiles y con forma circular, evitando la tangencia para permitir el paso franco a las gentes y ganados que lo gozaban anteriormente; así, “celta” no sería un etnónimo sino una identificación por la forma de vida: Los sedentarios, los que se quedaban a vivir en los seles.

La Contestania abarca desde Almería hasta Tarragona; toda una franja predominantemente lisa del litoral levantino, formada a lo largo de milenios por las tierras arrastradas por cientos de barrancos, ramblas y rieras, a la que se le añadían los arrastres litorales para formar el sustrato de una huerta fertilísima. Foto inferior.

Sus habitantes se solían asignar al sustrato ibérico, pero nadie ha dado clave alguna para explicar el nombre de esta tierra, de no ser la opción del euskera, donde “kondera” se llama a los depósitos antiguos de lodo y detritus orgánicos asentados como los que se dan en la llanura litoral levantina.

La frecuente mutación de “r” a “s”, da el que el término “condesa, contesa”, sea abundante en la toponimia española y especialmente en la Contestania, nombre que se habría formado mediante la fusión de “kontes ta andi a”, el gran conjunto de lodazales.

Igual que para los contestanos, sucede para los edetanos, que nadie sugiere etimología ni otra razón que la de haberse conocido en el entorno de Liria. Para este nombre, la única explicación disponible es la que se basa en “edatu”, verbo vasco que se refiere a la propagación, la extensión o incluso la invasión por parte de un grupo sobre otros…

Según esta interpretación, los edetanos no serían habitantes de Edetania, sino unos invasores. Ver grafismo en un vaso de Liria.

Para los gallegos o galaicos, algunos historiadores se van a los “Gálatas” de Anatolia, pero lo tradicional era explicar que se derivaba del latín “gallaeci”, no habiendo consenso ni significado, porque hay investigadores que denuncian errores de interpretación y otros que quieren que esté enraizado con “callus-collis”, colina en griego o con las lenguas celtas “caled”, duro… en fin un festival en el que nadie estudia las principales características de un territorio granítico y de gran pluviosidad en el que hay infinidad de lugares llamados “lagoa”, donde de los antiguos lagos solo queda un círculo de tierras fértiles y -si acaso- las señales de los canales que se cavaron para el drenaje.

Lo más verosímil es que una alteración mediante metátesis parcial del nombre “laga i tia”, lugar de muchos lagos a “galaitia”, haya sido como los primeros visitantes llamaron a Galicia. En la imagen siguiente de alrededor de 1930, se ve un grupo de inspectores observando cómo marchan los trabajos de desecado de la Laguna de Antela.

A los layetanos, gentes ibéricas localizadas en tiempo de los griegos en el borde costero, de las faldas de Collserola entre los ríos Besós y Llobregat, también llamados layeskos, nadie les asigna origen etimológico, quizás porque se ignora lo que es una “laia” o herramienta para hacer surcos en vascuence; un término que originalmente dedicado a los arroyos erosivos, que hacían surcos, luego se aplicó a la agricultura y al laboreo de volteo por surcos que se hacía por grupos de peones. Imagen antigua.

Esta falda de la Sierra de Collserola, ahora totalmente edificada por la ciudad de Barcelona y su periferia, llegó a tener una decena de arroyos con sus vegas e interfluvios, que formaba un conjunto de “laias” o surcos muy adecuados para la agricultura, edificación y acceso al mar. Imagen.

Los occidentales lusitanos tampoco tienen una etimología creíble, porque algunos libros señalan a un primer padre “lus” ó “Lusis”, mientras las obsesiones de los historiadores y cronistas han querido ver en su nombre la relación con el dios celta “Lugh”, origen que aplican a casi todo lo que tocan, cuando los pueblos sedentarios solían denominarse por características de sus territorios, los guerreros por sus indumentarias o armas…

Para los lusitanos es posible que el nombre original fuera “luz itai ena”, donde “luz” es largo, “itai” un tipo de espada y “ena” el genitivo: Los de espadas largas.

De los pelendones se dice que eran pastores de ovejas y vacas, pero no hay sugerencias para su nombre aparte de quienes leen en clave germánica, “pen”, alto, cabeza… y “land” tierra, esto es, los de tierras altas. La lectura en euskera es la contraria, porque “behe, peh”, es lo bajo, “lehen” origen y “oi” hábito, según lo cual serían los primeros en bajar de las montañas y ocupar las vegas.

Los Turmogos ó Turmódigos son menos conocidos aunque los mencionara Estrabón y sean citados en el Itinerario de Antonino y la única explicación que circula para explicar su nombre, es la de que debió haber una ciudad llamada Turmaka o algo así, estando claro que estos sabios de gabinete no han consultado el euskera, donde “tur” es generalmente una fuente, sustantivo que complementado con “mo-mu”, raíz de la movilidad y alternancia señala claramente a las Fuentes Tamáricas que Plinio situaba en Cantabria y que finalmente se han identificado con la fuente de La Reana en Velilla de Carrión; fuente “intermitente” que se llena y vacía periódicamente.

Imagen siguiente.

Para los Vacceos, que suelen ubicarse en las riberas de la cuenca central del Duero se asigna origen céltico y la especialización temprana en la producción cerealícola y venta de excedentes a los vecinos, basándose en citas sobre el suministro de cereal a Numancia; además, las muestras arqueológicas siempre con cerámica variada y abundante, sugiere que dominaban la alfarería, quizás gracias a la disponibilidad de arcillas adecuadas en todo el territorio.

En el asunto del posible significado de su nombre tribal, lo que se ofrece actualmente es que hay alguna raíz céltica asimilable, que significa elementos tan diferentes como vado, valle o ganado, así que, ante semejante indeterminación, la opción vasca apunta a “basa eo”, frase compuesta por “basa”, arcilla, barro y “eo”, amasado, lo que supondría un alias relacionado con esa alfarería que ellos dominaban: Los que amasan arcilla. Imagen mixta de enterramiento y hogar o lugar de trabajo vacceo.

Los várdulos, que Estrabón describía como Bardulai, debían de ser una tribu montaraz vascona, que nadie ha traducido y que incluso eruditos que debían conocer el euskera, como Julio Caro Baroja, se apresuran a “meter la pata” y negar origen vasco a un nombre que cualquier escolar traduciría como apodo gracioso formado por “barda”, panza y “aul”, floja: Los de barriga floja, quizás por su glotonería o su disposición permanente para sentarse a comer, adicción que aún hoy practicamos muchos de nosotros y que en la mitología infantil se representa con el Gargantúa, ogro benévolo pero que es capaz de comerse niños enteros. Imagen.

El apelativo genérico de vascones se ha atribuido tradicionalmente a su propia lengua vasca, según “baso”, bosque, por aquello del “saltus vasconum”, pero es poco probable que sea acertado, aunque la tradición historicista ha tratado de referir su tosquedad a que eran gentes del bosque.

“Bask” en euskera hace mención a la comida principal del día (“gozari, bazkari, afari”, desayuno comida, cena) y “oi” es la habituación o tendencia, así que es posible que igual que para los várdulos, para los vascones se usara su afición a comer: “bask oi”, sabido que el diptongo “oi” al final, suele evolucionar a “on”, daría “baskon”.

Para los vetones parece adecuada la similitud con los pelendones que, siendo pastores, mudan su cabaña cada poco tiempo, lo que los lleva a dormir en el suelo, no en la añorada cama elevada donde duermen los sedentarios. Esto se explicaría según “bæ oheak”, “bæ (t) oiak” los de camas bajas, explicación mucho más lógica que las de consumo en la red, donde se pretende que fueran de origen celta y que su nombre se acerca a “marcial, guerrero…” o que la terminación “…tona” se asimila al “domus” latino y les identificaría como domiciliados o propietarios de tierras… todo demasiado elaborado.

En la imagen, vetones pastores y guerreros en amable plática en un lugar referencial.

El resumen que se puede obtener de este artículo es que tanto la toponimia española, como los nombres recogidos de supuestas antiguas poblaciones diferenciadas en este territorio, pueden explicarse con bastante coherencia por el euskera, hecho que es perfectamente extensible hacia Europa, África y las islas mediterráneas y macaronésicas.

Para ello hay que sacudirse muchos hábitos culturales que han sido promovidos, primero por la exaltación a las culturas griega y latina y -luego, desde el siglo XVIII- por la obsesión germánica de su conquista de Europa y profundizar sin complejos en la lengua vasca.

 

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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