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Arancel

Ayer oí que esta voz se iba a proclamar “palabra del año” a raíz de que Trump se había empeñado en “hacer caja” subiendo lo que en su lengua llaman “tax” (como los suecos, tasas), pero que por aquí se llaman aranceles. Imagen de portada.

Si se buscan asuntos relacionados con el arancel, lo primero que se ve es que lo más común en las lenguas cercanas es llamarlo con nombre cercano a la tarifa (alemán, árabe, corso, danés, francés, gaélico, hebreo, inglés, irlandés, italiano, maltés, neerlandés, noruego, polaco, portugués, rumano, turco, como el ruso y otros eslavos y bálticos… así lo hacen).

Pero si lo que se pretende, es dar con la etimología del arancel, lo oficial es que viene del árabe “al inzal”, alojamiento; esfuerzo intelectual que se trata de adornar diciendo que era un impuesto que se cobraba a los ciudadanos que no querían alojar tropas en su casa…, es decir que era un mecanismo de la época de los imperios, de los ejércitos, de las invasiones y de las ciudades, todo ello muy endeble porque hay argumentos para pensar que es una voz prehistórica.

Hace casi cuatro siglos que Covarrubias comenzó la novela académica de su significado, pues como no le encajaba que arancel viniera del latín “vectigal”, se dejó presionar por sus asesores de árabe, que le decían que “rancel” o decreto en esta lengua cuajó en arancel. No es fácil ver relación directa entre un decreto y una tasa, pero ante la ausencia de algo mejor… se daba por buena la explicación.

Tampoco extraña a los expertos en etimología que los propios árabes llamen “altaerifa” ( التعريفة) al arancel ni que solo gallegos y catalanes la llamen como en castellano, “arancel, aranzel”.

El caso es que los propios vascos, usamos últimamente “tarifa”, en lugar de “salneurri zerrenda”, “ordarau” ó “zerga arau”, voces artificiosas y no nos hayamos preocupado de buscar una explicación más imaginativa y fundada.

Lo que sigue es una hipótesis que no se puede apoyar en hechos reales que hayan guardado la historia, las lenguas originales o la arqueología, pero que puede basarse en una “reconstrucción” lógica y científica de cómo fue el largo, penoso y arriesgado paso desde el nomadismo y la itinerancia continental de los rebaños hasta la fijación paulatina y progresiva de población en los lugares más aptos para el binomio Agricultura-Comunicaciones.

Esta transición apenas despierta interés en revistas, monografías, textos ni grandes volúmenes de antropología y evolución social, resolviéndose en dos párrafos que transforman a los imaginarios contingentes de cazadores-recolectores en agricultores, seducidos al oír lo que les contaban quienes habían pasado por tres o cuatro lugares de desarrollo agrícola en el mundo[1].

La transformación “neolítica” no fue como se cuenta, sino un camino temporal mucho más largo en el que los nómadas pastores “ensayaban” cultivos de ciclo corto en sus cuarteles de parada o estación (más a menudo estival que invernal) que eran cosechados antes de reiniciar la marcha.

Los megalitos llamados “crómlech” (imagen siguiente), que las corrientes románticas del siglo XIX coaccionaron para que fueran recibidos como monumentos funerarios (“burial sites”), no eran sino huertos incipientes que se blindaban con losas de piedra para que el ganado no arruinara las tiernas cosechas y las cenizas e indicios de fuego en ellos, no eran crematorios de humanos fallecidos, sino los fuegos que todo hortelano hace al final de la cosecha con los restos mustios y en los que -de paso- se queman restos y despojos de animales y utensilios inútiles.

Si se compara la hechura de estos megalitos con las “cortinas de piedra” como se llama en Zamora a las particiones de algunas fincas (imagen siguiente), es inevitable percibir una similitud constructiva y -quizás- funcional entre ellos.

De los “crómlech” que en alguna época hubo, quedan rasgos suficientes como para saber que eran circulares y como para estudiar su densidad en algunos lugares tales que el Pirineo occidental, pero el nombre con que los conocían los últimos pastores vascos, “jentilbaratza/mairubaratza” (huertos de los gentiles, huertos del moro), o simplemente, “baratza” (huerto), deberían haber despertado la curiosidad de los estudiosos y ahondar en los indicios que apuntaban a este uso, en lugar de plegarse a las ideas británicas (que son las que perduran en los ambientes académicos).

El que fueran circulares es una condición de puro diseño, economía de materiales y prevención de puntos “débiles” como los rincones, por donde los animales pudieran derribar el cierre y aniquilar los cultivos. Su ejecución con piedra, al tiempo que aportaba la ventaja de la durabilidad, imponía dos límites elementales, primero el del esfuerzo de su construcción por el acarreo y puesta in situ del material y luego, la creciente complicación de hacerlos y conservarlos según aumentaba el diámetro. Por eso, por su modesta dimensión de huerto de apoyo, resultan “familiares” a cualquiera que haya practicado la horticultura en lugares hostiles.

No hay mucha gente que haya oído hablar, haya visto en persona o haya leído algo sobre los “seles”[2] o los restos de los mismos, pero quien quiera documentarse puede encontrar monografías muy bien instruidas sobre ellos. Yo los conocí con apenas veinticuatro años en el desarrollo de mi primer trabajo para una gran papelera, cuando tenía que reconocer las plantaciones de pino a talar en los montes y tierras intermedias de Bizkaia y Gipúzkoa y desde entonces tengo la sensación de que son el eslabón que queda entre los crómlech y la forma inicial de agricultura independiente del pastoreo que se empezó a desarrollar en las grandes vegas aluviales y continuó por llanuras y cuestas hasta conquistar páramos y laderas.

La misma carencia sobre el modelo administrativo con que se debieron regir los pastos y los crómlech, se padece con respecto a los seles, aunque en algunos de ellos se conserva el mojón central con algunos datos. El caso es que su configuración era circular, con diámetros que oscilan entre los 200 y 400 metros, entre unas cuatro y doce hectáreas, tenían un mojón central donde se establecía el fogón u hogar y su extensión era suficiente para mantener ganado y labrantío para contingentes de dimensión familiar o tribal.

Se ha especulado mucho sobre cómo podían trazar un círculo tan perfecto en zonas inicialmente arboladas, cómo mantenían el perímetro (posiblemente con “living hedge” o setos vivos como en de la siguiente imagen) y cómo se arreglaban para mantener pasillos entre seles, para garantizar el paso franco a otros usuarios del espacio no acotado y otras exigencias de la vida rural.

De la forma inicial de agricultura en lugares fértiles citada arriba, no hay indicio físico ni histórico alguno y solo algunas voces del euskera apoyan la hipótesis que se describe a continuación.

El razonamiento se basa en plantear que las primeras tierras en ser explotadas sistemáticamente mediante agricultura debieron ser las más ricas y fáciles de colonizar, esto es, las llanuras aluviales, tierras peri planas, formadas por aluviones y con vegetación arbórea de raíces poco profundas, modelo de espacio que en euskera se conoce como “aran”.

En los comienzos del sedentarismo, con una fuerza de trabajo limitada, con aperos modestos, penuria de semillas y con innumerables amenazas “naturales”, la forma inteligente de ir teselando la tierra, era la de usar el círculo para limitar las áreas de trabajo intensivo. Se debieron trazar seles circulares que fueron eficaces durante largos periodos, pero finalmente, cuando la presión pedía labrar toda la tierra, se pasó de los círculos a formas ortogonales que son las que han perdurado hasta la agricultura actual.

De los círculos originales en las tierras llanas, solo quedó el nombre: “aran sel”, el elemento implantado en un suelo comunal, que -seguramente- pagaba algún tipo de gravamen en especie o servicio a los primeros usuarios del territorio, los pastores tradicionales o la autoridad que se hubieran atribuido entre ellos.

Este “aran sel” se ha perpetuado en el arancel como testigo de una contribución de los particulares a un ente administrativo comunal.

[1] Creciente fértil o Mesopotamia, Egipto, China y algunos lugares de centro América

[2] También conocidos en euskera como “sarobe, basokorta, kiño…” y en castellano como braña, se suele postular que los había de verano e invierno.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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