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Ballesta en la toponimia

Según unas referencias, en el siglo XII la ballesta fue prohibida como arma por la iglesia, pero según otras como el “romance de un prisionero” había ballesteros que cazaban con ellas avanzada la edad media. Sea como sea, los etimologistas juran que su nombre deriva del “ballein” griego, lanzar, aunque los propios griegos la llamen “toxo”; pero lo que es difícil de entender es que en la toponimia española se encuentren más de quinientos lugares que mencionen a la supuesta arma, a usuarios o usuarias de la misma, otros derivados como Ballestón, Ballestones, Ballestuela o Ballestar e incluso un par de pueblos con reminiscencia ballestera, como San Sebastián de los Ballesteros y Ballesteros de Calatrava, así como una Serra de la Ballesta.

Un amigo me decía que en la toponimia, también aparecen otros nombres de armas como Puñal, Espada, Sable, Lanza, Escudo, Pistola, Fusil, Bomba o Cañón…

¡Es cierto!, pero son en número mucho menor y varias de ellas como cañón (estrechamiento), sable (arenal), escudo (corteza rocosa)… tienen explicación inmediata y las demás, una exposición menos complicada que la ballesta; ballesta y aparentes derivados que siempre aparecen con “B” (¿será para confirmar al “ballein”?) menos en el Reguero de los Vallesteros, un barranco en la Sierra de la Cabrera entre Zamora y León y hasta hace poco, un lugar llamado Vallesteras en el valle del río Trueba, que en la última edición del mapa 1:25.000, ya han “corregido” a Ballesteras.

Porque si ballesta se escribiera con uve, recordaría más a un valle y la academia ya ha sentado que las ballestas vienen del griego y de ahí su “be”, así que casi es un milagro que hayan sobrevivido lugares que aparecen al rebuscar y que se llaman Vallestá, Vallestar o Vallesteras, aparte del arroyo que se cita arriba, porque la “b” ha prevalecido.

De los veinte Arroyo Ballesteros ó de Ballesteros que se encuentran con facilidad (Cáceres, Jaén, Granada, Zamora, Salamanca, Toledo, Ciudad Real, Badajoz, Huelva, Sevilla y Málaga), casi todos están en lugares remotos, donde no tendría sentido que hubiera ballesteros y si alguna característica común pudiera destacarse, es que en casi todos ellos hay pozas naturales o ampliadas y signos de haberlas habido.

En la imagen siguiente un ejemplo en Zamora del Arroyo de Ballesteros que iba al río Salgado, afluente del Valderaduey y su tramo final está plagado de antiguas lagunas, pozas y numerosos hidrónimos.

También hay algunos arroyos “de la Ballesta” o de “las Ballestas” (Burgos, Palencia, Madrid), que nadie puede creer que tengan algo que ver con el arma.

En lugares más áridos (como Lécera, Teruel), aparece Ballestero en un lugar con varios vallecitos de apenas un kilómetro de extensión, que muestran la tierra completamente escalonada por el trabajo de siglos, formando “esteros” o celdas que remedan -salvando escala y clima- a las de Java; ¿quizás la forma híbrida “valle-estero”?. Formas parecidas en Galve, también Teruel y Requena, Valencia, en Monforte del Cid, Alicante, Mazarrón, Murcia… Imagen de portada, Embalse de Ballesteros en Monegros.

El Cerro Ballestero en Aroche, Huelva, muestra en sus vallejos una configuración inversa: En lugar de aprovechar las vegas, se ha aplicado una repoblación reciente de los interfluvios.

Buscar algún elemento común a los cientos de lugares restantes, exige tal trabajo que lo sensato es dejarlo para cuando los Sistemas de Información Geográfica estén manejados por la Inteligencia Artificial y se puedan manejar y evaluar en segundos las características físicas y los datos estadísticos de los lugares además de que se puedan establecer relaciones de parentesco entre los que manifiestan similitudes.

Mientras tanto para esta serie de lugares que parecen recordar a las ballestas, se han planteado dos posibilidades.

Una sugiere que los nombres originales podrían parecerse a “bals estero”, donde “bals”, un precursor de las balsas, denominaba a las charcas, cenagales o recogederos temporales de agua en los álveos de algunos arroyos, que los antepasados seleccionaban para recrecerlos y formar esteros[1] o estanques que alargaran el periodo conteniendo agua, para abrevar al ganado o para disponer de ella.

A esta tipología se podrían asignar casi todos los arroyos y lagunas que se citan al principio.

Otra parece estar relacionada con los aterrazamientos de origen antrópico que son abundantes en España en zonas áridas o semiáridas y que se ejecutaban en valles estrechos, movilizando los depósitos aluviales, quizás aprovechando lluvias puntuales o después de estas, cuando los áridos eran fáciles de mover para crear esas terrazas como amplias escalinatas.

En esos casos se habría mantenido el nombre genérico del entorno, “valle”, el adjetivo “est”, angosto, apretado, estrecho y el artículo “a”, para formar “valle est a”, el valle angosto transformado en recurso agrario.

Quedan barrancos, cabezos, cerros, cañadas, collados, dehesas, alguna peña y alguna rambla de Ballesta, Ballesteros o Ballestares, que no son fáciles de comprender, pero lo que debe de quedar claro, es que los nombres solo en algún caso raro pueden tener algo que ver con las ballestas.

[1] El nombre estero, no deriva de “aestuarium”, sino de “esi (t) ero”, habitualmente cercado.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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