Arnedillo y alrededores (el mundo y la Toponimia).
Este ensayo se presentó en las Jornadas Encuentro de Orígenes, “El despertar de la Memoria” promovidas por Editorial Cauca en Arnedillo, desde el pasado 28 de Junio.
La toponimia se parece un poco a la familia, un ámbito en el que tendemos a “enredar” primero entre los parientes más cercanos sin darnos cuenta de que -con frecuencia- es entre familiares que viven lejos donde se conservan claves de personalidad y fisonomía que los cercanos carecen.
Por eso la gente tiene una fortísima tendencia a estudiar con profundidad la toponimia de “su terruño” esperando encontrar ahí mensajes y enlaces del pasado.
Es posible, pero no probable que surjan esos recados del estudio intenso de un ámbito pequeño, porque la huella de la humanidad es tan extensa y sabemos tan poco de ella, que suele ser necesaria una inmersión tan amplia como abierta para comenzar a encontrar indicios que puedan soportarse mutuamente y lleven a conseguir un edificio consistente.
Esto va en oposición a la pasión que nos lleva a querer resultados ¡ya!, pero que, en los temas de Toponimia y Etimología, es un sentimiento engañoso: El camino es larguísimo; hace tan solo tres siglos, los sabios creían con vehemencia que el mundo tenía 4.700 años; ahora sabemos que es probable que los humanos dispusieran de una organización “elevada” y de lenguaje, hace dos millones y medio…
Y nuestra civilización no es el producto de 2500 años, sino de un recorrido mil veces mayor.
Así, las enciclopedias nos ametrallan con sentencias como que “Arnedillo” es un diminutivo de Arnedo y que éste procede de “arnetum”, supuesto arenal, voz que, aun no existiendo en latín, la Hipercultura la da por latina y la relaciona con “arenal”[1] y con esta sentencia aleja cualquier intento de análisis profundo sobre el verdadero significado de ambas poblaciones, saturando las páginas de diccionarios y panfletos con asignaciones peregrinas y sin confirmación física alguna.
Porque la onomástica de los nombres de lugar[2], muy a pesar de las corrientes que nos arrastran desde Isidoro y que se hacen torrenciales con el Renacimiento, casi nunca se deben a un origen de gestas, de personajes destacados o de hagiónimos, sino que estas asignaciones han sido -casi siempre- componendas que han alterado los nombres originales, acercándolos a los de personajes adulados, mágicos o divinos.
La realidad es -en general- otra que tiene que ver con una forma de vida radicalmente distinta a la actual; una vida dinámica en la que las personas “ancladas” a un territorio eran escasas y sin posibilidad estructural por no existir la agricultura como forma basal de economía y supervivencia social. Un recorrido que en un gran esfuerzo de síntesis trataba de asignar los nombres de los lugares a variables como las siguientes:
- Geografía del ámbito; referente el país
- Geología, geomorfología y mineralogía
- Fisiografía, formas y modelado; potencial del lugar
- Comunicaciones, abundancia, dificultad o escasez de las mismas
- Hidrografía en todas sus modalidades
- Exposición, clima y elementos
- Sucesos llamativos
- Tipo de suelo
- Vegetación y sus variantes
- Acciones e intervenciones humanas
Como se trasluce de esta clasificación, la práctica actual se limitaría a las aplicaciones “históricas” comprendidas en el parágrafo décimo, cuando la realidad es que la gran mayoría de los nombres “no evidentes, como Ciudad Real”, son netamente PREHISTÓRICOS.
La Prehistoria es algo de lo que nuestra cultura huye, asignándole en los libros de divulgación apenas una centésima parde del espacio y dedicación que se otorga a la Historia, época que la “damos por buena” porque disponemos referencias gráficas de ella. Así, desde hace cuatro o cinco siglos cuando empezó lo que luego se llamaría “Renacimiento”, desde que se inventó la imprenta y se tradujeron a libros los documentos de Grecia y Roma, se han exagerado de forma increíble las bondades de los sistemas y métodos de estas dos realidades (ciudad e imperio), a la vez que se han -prácticamente- descartado los indicios que había de otros modelos.
La consecuencia es que en los temas humanísticos (y la Toponimia es uno de ellos) se encuentran infinidad de asignaciones de nombres a sucesos, personajes y fantasías relacionadas con la dinámica agraria y militar de esos mundos y apenas alguna con formas pastoriles[3] y con lenguas como el euskera o el hebreo.
Las prospecciones arqueológicas centradas en ciudades, castros y cuevas por ser los entornos más “productivos” (pero que no representan ni el uno por mil del territorio) han colaborado a crear una convicción centrada en que la civilización se ha creado en esos lugares y solo descubrimientos casuales como el de “Otzi” entre Italia y Austria o la red encontrada en Antrea (Finlandia), nos aportan elementos físicos que rompen esa creencia que relaciona progreso y concentración urbana y amplían el ámbito temporal hasta hace ocho ó diez mil años.
Un caso especial es la Arqueología del Lenguaje, una disciplina que no acaba de despegar, pero que en casos como el del vascuence o euskera, permite montar un esquema lógico y coherente en el que no es difícil retroceder hasta el nivel de las “raíces”, hasta ahora algo apenas estudiado en el sánscrito y chino, pero que en nuestra lengua pasa ampliamente de 1.600 partículas que son la base de un sistema “semántico” que con una increíble coherencia liga a pequeños fonemas un potencial indiscutible que describe desde materiales a fenómenos y desde nombres de plantas y animales, a procesos físicos, químicos, bióticos y mentales.
En El ADN del Euskera en 1500 partículas se recogen casi 1600 lexemas de una o dos sílabas que sintetizan una gran parte de los cimientos de la lengua vasca y por ende de la mayor parte de las cercanas, suponiendo un primer paso imprescindible para hurgar en cómo fue la Prehistoria y hasta donde pudieron llegar los límites de una forma de vivir ahora ignorada.

Estos elementos están “entreverados” en los idiomas cercanos, especialmente en las lenguas latinas, pero también en las germánicas y -menos- en las eslavas, celta y túrquicas, pero que, en esas primeras, obliga a reconsiderar completamente cuanto se ha planteado desde el siglo XV para la supuesta creación de las lenguas latinas a partir del latín.
Lo mismo sucede con el invento llamado Indoeuropeo, por cuanto el sereno recurso al euskera ofrece un paradigma mucho más coherente que el recreado a toda prisa por los indoeuropeistas.
Lo mismo es aplicable -sin restricción- a la Toponimia del Sur y Oeste de Europa y del Noroeste de África y con menos densidad al resto de la Eurasia, llegando al extremo Nororiental y también al área entre Somalia, Arabia e Irán.
Centrándonos primero en “Larrioja” y acercándonos progresivamente al valle del Cidacos, haría falta toda una semana para recorrer solo este último territorio y viajar en una especie de abstracción hasta la época que sigue a la última glaciación (unos 18.000 años) e ir entendiendo esta tierra desde sus cumbres hasta el colector inferior que es el Ebro mediante el análisis de los diez factores citados.
Trataremos de dar una visión refrescante en estas Jornadas:
Sea La Rioja como se escribe, una región configurada por siete ríos: El Ebro estructurador, el Tirón (con el Oja o Glera como afluente), Najerilla, Iregua, Leza, Cidacos y Alhama[4], surge la duda de que el nombre de la región se deba a un afluente que ni siquiera tiene un nombre estable y apenas supone el 5% de la superficie, el Oja.
Hay largas, casi eternas porfías entre sabios de distintos calibres e ideologías, todos ellos discutiendo sobre “ogga, oxa, oia y oja” en base a menciones mínimas y tangenciales en documentos administrativos desde los siglos X a XVII que hablan del río, siendo a partir de esta última época cuando se encuentra “la rioja” como territorio, que es la modalidad que tiene la explicación más coherente citada en el párrafo anterior y explicada por el euskera, lengua que varios de los investigadores mencionan, pero que a juzgar por sus planteamientos, no conocen en profundidad.
Además, no deja de ser curioso que de seis lugares llamados “La Rioja” que hay en España, solo uno esté en las cotas altas del Alhama, estando el resto en Plasencia, Teruel, Huelva y Almería, amén de una Larriogia en Orbaizeta, Navarra.
Comenzando una investigación diferente, ya con una sola consulta a una gran base de datos es patente que se encuentran doce veces más de topónimos que comenzando con ese sonido “larri…” se escriben separando “La Ri…”, en vez de “Larri…”, tendencia que se repite con todas las vocales (once veces más con la “a”, cuatro veces con la “e”, veintinueve veces más frecuentecon la “o” y otras once con la “u”), lo que indica un sesgo por corrección “hipercultural” al creer los académicos, que “la” en el comienzo, era un artículo determinado, separándolo de la voz original, que, seguramente fue “larrioia”[5], compuesta por “larr i”, pastizales y “oia”, depresiones, valles o surcos, en referencia, precisamente a esos ríos que bajan hacia el Norte, desde las sierras de La Demanda, Urbión, Cebollera y Alba, creando sendos pasillos que antaño debieron ser surcados por numerosos corredores paralelos con ganados que en apenas diez o doce leguas, podían pasar de una zona árida a otra fresca en verano o, a la inversa, de una fría a otra templada en invierno.
Asumir esta posibilidad es un duro encargo para El Despertar de la Memoria. Imagen de portada.

Otras perlas;
Con Logroño, nombre de la capital y antigua denominación de la provincia[6], surge de otro elemento, este puntual, como es una colina roja; así que puede que sea Logroño, la alegre capital de Larrioja el paradigma más llamativo de un elemento “rojo” destacado de la toponimia que ha pasado desapercibido. Se trata de la colina o muela conocida como “Monte Cantabria”, que estando en la orilla izquierda del Ebro, parece “meterse” entre las casas de algunas calles de la capital y que se muestra “especialmente roja” con el sol del atardecer. Foto de la Colina de Cantabria desde las calles de Logroño.

Se postula que el topónimo antiguo denominaba a este impresionante cerro, a cuyos pies y entorno cercano hay evidencias de asentamientos prehistóricos, pero, después, al desplazar la agricultura a la ganadería, el poblamiento pasó a la riquísima terraza de la margen derecha aguas abajo del Iregua y la nueva población tomó el nombre “Logroño”, elemento llamativo que estaba al otro lado del río.
Logroño es la gran colina de limos rojos.
“Lo, loi”[7], son los detritos fluviales/aéreos o limos, “gro” es el “gor” metastizado y “oño”, como en Ogoño o Loroño, es el corte grande, la muela roja.
Acercándose al lugar de celebración de estas jornadas, al occidente de Arnedillo está la Sierra de La Hez, para la cual, ¡seguro que coincidimos todos en negar que su nombre se refiera a excrementos!, así que ya ha habido investigadores que han postulado que este nombre tiene aires vascos como “alaitz” (“alatze”, pasto), queriendo evitar la aparente relación con algo despreciable (mierda, hez), pero siendo posible este nombre pastoril, no es probable, porque el euskera suele ser muy determinante en Toponimia y evita generalidades, ya que toda la vertiente desde La Demanda hasta Alba, tiene buenos pastos y tal nombre no aportaría nada.
Es mucho más probable que el nombre esté correcto, aunque sobre la “h” protética: “la ez”, como corresponde a los conglomerados de tipo pudinga y areniscas “muy sueltas” que componen la masa principal de la sierra (ver en la siguiente figura, un extracto de la hoja 242 del Mapa Geológico Nacional que comprende Arnedillo). “La” es la raíz vasca que implica cohesión, unión consistente de las partículas o sedimentos y “ez” es la negación, así que La Hez viene a querer decir en lenguaje técnico, “Rocas meteorizables”, no consolidadas; un descriptor exacto y concreto.

Tocando el tema de sucesos, poca gente sabe que hace dos siglos, un terremoto generado en el subsuelo de esta zona (entre Arnedo y Arnedillo), aparte de numerosos daños en edificios y cantiles, hizo que las aguas termales cesaran durante cuatro meses; es probable que el nombre de estos dos pueblos, no tenga nada que ver con las arenas -que aquí están en todos los pueblos-, sino con el rumor que se suele sentir en la vertical del hipocentro, “ærne”, vibración, meneo, siendo posible que esta zona sísmica fuera conocida desde la antigüedad, porque el ganado es especialmente sensible a ella y muestra nerviosisimo a la mínima vibración.
Así, Arnedo, sería en origen “ærne du”: tiembla, y Arnedillo, “ærne (d) eillo”, réplica de temblor, retiembla, punto en que la gran falla que separa la montaña del valle del Ebro, se manifiesta con mayor frecuencia. Imagen de un desprendimiento reciente de rocas afectadas por movimientos imperceptibles previos de la corteza.

Entre Arnedillo y Arnedo, está la población de Herce, cuyo casco viejo se acomoda en el barranco o Yasa de Valera, hendidura que secciona el impresionante frente de casi tres kilómetros que separa la Sierra de la Hez del río. Frente señalado en amarillo.

En este caso, es una alegría reconocer que ya ha habido investigadores que aseguran que el nombre de Herce, se ajusta al euskera “ertze”, borde, límite. Es un buen paso hacia la lógica.

Otra voz muy riojana, que aparece también cerca de Arnedillo, en los Montes del Cierzo, es “muga”, palabra corta pero contundente, que significa “hito”, mojón, referencia inamovible y su nombre se compone de la raíz del movimiento, “mu” y la de ausencia de lo previo; “ga”; es decir, algo fijo, como una roca hincada o un trazo en una gran piedra.
Muga se ha consolidado como frontera o límite. Imagen de vino de Rioja, “Muga”.

En cuanto al río Cidacos, que tiene una réplica de menor entidad en Navarra (un pequeño afluente del Aragón), si bien hay algunos investigadores que sugieren que su nombre pudiera proceder del euskera, aunque nada proponen, son cohorte los que quieren que sea una versión latina, persa o árabe como por ejemplo, Sid Didaco (variante de Señor Diego y hasta de Tiego, Tiago, Santiago)… tal es la cultura que hemos mamado de antropónimos por encima de todo, más dispuesta a cambiar todos los signos y la fonología de un nombre para que se ajuste a sus tesis, antes de mirar las características del río y considerar si la versión local (originalmente vasca), ofrece una solución menos esperpéntica.
Este río, aparte de recibir aguas termales, tiene una curiosa propiedad pasada la mitad de su curso; tal es, que los materiales subálveos son granulares (gravas, bolos y arenas) y gran parte de su caudal se disipa cuando el acuífero subyacente está mermado y lo hace hasta el punto de que la corriente principal llega a desaparecer y solo se recupera aguas abajo una parte de cuanto se ha perdido. Estos terrenos y materiales “no sólidos”, sino porosos, carcomidos, permeables o esponjosos, se llaman en euskera “sit, sita”, así que con la terminación “ako” que indica pertenencia a una tipología, vendría a describir un cauce permeable, “sit ako”.
El plural vasco, que generalmente se elabora con una “k”, sufre a menudo sonorización a “z ó s”, como la “t” pasa a “d”, con lo que la insistencia de esa condición de permeabilidad en varios tramos daría “sitakoz” y finalmente “zidakos”, con lo que el nombre que mantiene el pueblo sería una ajustada descripción al comportamiento hidrográfico y no una fantasía arabista.
Nuestra cruzada está centrada en reconsiderar las ensoñaciones a que se ha abrazado la etimología por siglos de dejación de los técnicos y científicos que no han cortado de raíz la dependencia de las gentes de letras respecto a latín, griego, árabe y godo y su pasión por la antropología y hagionimia con desdén por las ciencias físicas y el sentido común.
Bustarrio, El Paúl, El Palacio, Enciso, Estanca, Estrella, Barranco Galindo, Gurugús, Hoyo Agustina, Isasa (peña), La Murga, Languilandil, La Rad, Larraz, Larriba, La Redonda, La Rode, La Uganda (“lau gan da”), Las Raposeras, Las Rameras, Obispos, Prailas, Puerto Anguila, Ra, Sancabrás, Yasa…
Este proceso ha sido durante los siglos XVIII, XIX y XX, cuando los datos de antiguos registros y censos[8] se han ido pasando masivamente a la cartografía militar y civil.
La Uganda -por ejemplo- es una depresión en cota elevada, de uno de los afluentes por la derecha del Cidacos que si se mira con detalle, el saco se ve formado por cuatro cumbres que rondan los 1050 metros y que se han señalado con estrellas en el siguiente dibujo. “Lau gan ta”, tradudido por los genios de la geografía en La Uganda, nada tiene que ver con el país africano, sino con el conjunto (“ta”) de cuatro (“lau”) elevaciones (“gan”).

Agustina no es tan abundante como Agustín, pero es fácil encontrar una cuarentena de lugares que lo llevan, como la Yasa Agustina o el Hoyo Agustina, una brecha de 150 metros donde los materiales blandos han desaparecido y de igual manera con semejante número de “Angustina”, se puede relacionar con materiales deleznables “angu”, que han desaparecido “uts”: “angus”, “eina”, que por mayor familiaridad ha quedado con el nombre femenino. Vista del Hoyo Agustina cerca de Munilla.

Peña Isasa, punto notable por su altura y presencia, también destaca por la gran fractura que muestra la roca de la cima “is”, grieta, sima, fractura “atx”, peña: “Is atx a”, “Isasa”, la peña rajada, cortada. Ver imagen cenital con la brecha señalada y perspectiva desde el valle.


Yasa, un localismo riojano con el que se designa a los barrancos bien definidos por los que se desarrollan periódicas avenidas con grandes arrastres e inundaciones, viene a equivaler a las ramblas mediterráneas. Su origen está posiblemente ligado a “iæ”, transecto, pasadizo profundo y bien definido y “as a”, comienzo, arranque; nombre que se da inicialmente a las descarnaduras de laderas como ocurre en la solana de Arnedo, con una docena de yasas o barrancadas.

Luego el nombre puede conservarse si el cauce continúa, llegando a alcanzar más de 20 kilómetros, como la Yasa Agustina.
Esteban y Estanca, son hidrónimos aunque no lo parezca, ambos relacionados con la retención ocasional de agua en los ríos, por acumulación de ramas y arrastres (y en algunos lugares, por los castores[9]) y por la liberación repentina o progresiva de esa masa de agua “estan”; así, “estan ka” y su variante estanque es la balsa estable, la que no revienta (“ka” es la negación) y “estan ban”, la balsa principal o distinguida, que ha dado “esteban” y la piedad religiosa ha transformado en hagiónimo, de manera que casi todos los San Esteban[10], están en orillas de ríos.
El precioso Barranco de las Rameras en la Sierra Cebollera, lugar de ensueño para los senderistas y de martirio para los funcionarios estrechos que no pudiendo cambiar el nombre, se han inventado una historieta parecida a la de las rameras romanas, aquéllas que nos dicen los ñoños historiadores, que montaban cabañas con ramas para “atender” a sus clientes… Imagen del cartel en el itinerario.

No había chamizos de ramas en las afueras de Roma ni señoras con ramas en sus manos que fueran a recibir a los pastores en el Barranco de Las Rameras sino apresuramientos calenturientos de la hipercultura para resolver desde su ignorancia algo que les parecía inmoral, indigno y desafiante. El hermoso Camino y Barranco de las Rameras, es como una docena más de casos en España, la descripción de la entrada en una gran zona de pastos de alta calidad; pastos hoy no tan conspicuos porque casi un siglo de declive del pastoreo ha ayudado a los bosques naturales a ganar temporalmente a los pastos en esa lucha ancestral que ambas formas de ocupación del suelo disputan: “Larra”, pastizal y “mera”, apreciado, superior, que con la coda “atx”, peña, hizo “larrameras” que la hipercultura corrigió a “las rameras” con el artículo que correspondía al aparente plural.
Prailas es la versión riojana de los numerosos “frailes y frailas” que hay en la Toponimia española y se refiere a bordes de mesetas y oteros, donde los materiales duros han prevalecido y se observan desde el valle como hitos de piedra. Su nombre original, “bra ail atx”, rocas bravas visibles, a partir de “bra”, desafiante, “ail”, muy visible y “atx”, peña.

Paúl y El Paul, Paúles, etc, son otros hidrónimos que originalmente fueron “bæ aul” con el significado de suelo flojo, suelo blando; lodazales saturados que tardan en secar. Algo parecido a Palacio, los Palacios, antiguamente “bæl a zi o”, donde “bæl” es el ciemo o lodo negro y “zi o” equivale a juncal extenso.
Enciso puede relacionarse con “entz”, cúmulo, amontonamiento y su plural “entzi”, formación en abanico que suele darse en los deltas de las ramblas o yasas y sobre las que -a veces- se edifica, como en Enciso.
El Gurugú de Arnedillo puede ser un neologismo, pero es un topónimo frecuente en España y Norte de África, que viene a significar “cumbre agotadora” a partir de “gur”, elevación y “ugú”, cansancio, fatiga.
La Rad, Larraz, Larra y multitud de La Redonda, La Rode, La Raposa, Larriba… y hasta, simplemente, Ra, son variantes de “Lar…”, pastizal con diferentes complementos o pérdida de “la”, siendo abundantísimas en España, Portugal, Francia, Suiza, Italia, etc. nombres que dan fe de un sistema económico previo a la agricultura, basado en la ganadería extensiva y dinámica. La Rioja es una de las muestras más claras de ello.
Fin.
[1] La propia “arena” (“sabulum” principalmente en latín), es la forma compleja de “har ea”, piedra triturada en euskera, luego es un préstamo en esa lengua.
[2] La referencia es al ámbito de Eurasia y el Norte de África; el nuevo mundo es otra cosa…
[3] Quizás algunas torás del Viejo Testamento
[4] Sus longitudes y superficies de cuencas respectivas por la derecha: Tirón, 65/1280 (el Oja incluido en esta cuenca, 42 km y 280 km²); Najerilla, 100/1100; Iregua, 62/663; Leza, 45/530, Cidacos, 82/700, Alhama, 78/1250 y el Ebro con unos 130 km y alrededor de 50 km² asignables
[5] También pudiera ser “larri osa”, donde “osa” se refiere a pozas o embalsamientos temporales en los ríos: “Pastizales de las balsas”
[6] Nombre curioso que solo aparece en Larrioja y en el Alto Palancia, en Castellón.
[7] Los famosos limos finos o “loes” que son masivamente transportados por el viento, toman su nombre de que no están fijos; en efecto, “lo ez”, significa “no fijos o quietos”, aunque los británicos digan que es de “loosely cemented”, pobremente cementados.
[8] Floridablanca, Javier de Burgos…
[9] Kas (t) orr, literalmente, perro constructor.
[10] De Gormaz, de los Patos…

Hola Javi. Te felicito por este genial trabajo sobre La Rioja, región que he tenido el placer de visitar en Semana Santa de este año.
Sobre la villa de Enciso me llamó la atención las huellas de icnitas de dinosaurios que aparecen en varios yacimientos, y eché mano del euskera por si podría aportar alguna solución.
OINATZ es huella de pie, I es abundante y OSO/SO es grande.
OIANTZISO > OINTZISO > ENCISO explicaría que en la villa y sus alrededores hay muchas huellas fósiles, en este caso de dinosaurios. No sé si encajaría.
Por otro lado, la raíz euskérica entz/entzi (acumular, amontonar), ¿se emplea en el actual vasco? No consigo ubicarla.
Saludos
Hola Jose; en El ADN puedes ver la explicación de Entz, ens, endj, como rellenar; saludos.