Ya a finales del siglo XV, Lebrija recogía la lámpara en su diccionario, sugiriendo que su material (metal), cumplía funciones reflectoras de la luz :

Pero un par de siglos después, el aprendiz de ilustrado[1] Covarrubias, pasaba por alto esa función y se ceñía al soporte de la mecha y llama, aunque al final recurría al brillo: “τι λάμπει” (ti labi, lo que brilla).

Esta relación con el resplandor no debió ser casual en toda la antigüedad, porque hasta bien entrado el siglo XX se usaron quinqués y candilejas como la de la imagen siguiente, aparatos que, fijando la llama del aceite o petróleo en el foco del espejo parabólico plateado del fondo, proyectaban un chorro de luz hacia el objeto apuntado que yacía en la oscuridad, iluminándolo con precisión. Esto y otras cuestiones llevan a pensar que el “lampei” griego tiene una semántica ajena, mucho más relacionada con la lisura y el pulimento, con la reflexión y proyección del chorro de luz, que con su generación. (imagen de portada)
Son muchas y de naturaleza muy variada las voces que lo apoyan; algunas verdaderamente antiguas y naturales; por ejemplo “las lamas” y su derivado, las láminas, que la hipercultura quiere derivar del latín “lammina”, pero que su existencia abundantísima en la toponimia española (más de 2.500 casos, desde A Lama a Zalama, pasando por Lama Redonda y Lamacide…) y su uso aún conservado, como poza somera en amplias áreas del interior y recogida en varios atlas lingüísticos, indica con claridad que a ciertas horas del amanecer y ocaso, con la atmósfera limpia y en calma, las superficies de estas charcas se comportaban como verdaderos espejos, primero reflejando nítidamente la luz y luego las formas y colores cercanos[2].

A lo largo de semanas, durante el proceso de secado, las lamas pasaban de tener una superficie perfectamente plana de agua, a otra efímera, pero igual de lisa y brillante, de barro, limo o arcilla.
Finalmente, esta frágil laja superficial de la lama comenzaba a cuartearse y a rizarse, dando origen a las “láminas”: “lama eiña”, producto de la lama…
Es decir, antes de que el aplastamiento de la plata llegara a dar láminas brillantes, la plástica arcilla ya había dado su nombre al fenómeno.
Además, el euskera de Bizkaia, conserva la voz “lama” con el valor de reflejo, visos, destellos y “lamada, lamara”, como flujo, irradiación, no siendo extraño que una de las formas de llamar a las brujas en euskera, “lamiña” (“lama eiña”), procediera de la imaginaria actividad mañanera de las mismas peinándose con peines de oro en las pozas, desde donde emitirían reflejos para atraer a los varones.
Con estos antecedentes, la lámpara, no sería definitivamente el vaso que sostiene la mecha, sino el reflector que “recibe y emite” el brillo concentrado de la llama “apara” es en euskera el hecho de recibir, incluso sufrir; así, “lam apara” es la pantalla pulida.
[1] Aunque la hipercultura se devana en halagos a la Ilustración, la verdad es que entre Renacimiento e Ilustración hubo multitud de retrocesos culturales por la asignación excesiva de méritos a las lenguas clásicas, con claro perjuicio para otras como el vascuence.
[2] La primavera de 2011 fue lluviosa en La Mancha y tuve la suerte de observar durante un amanecer desde la Sierra de La Virgen en Villarrubia de los Ojos mirando hacia las cuencas del Guijuela, Záncara, Guadiana y Azuer, docenas de ojos que brillaban como espejos, en un espectáculo momentáneo inolvidable.
